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UNIVERSIDAD DE BARCELONA
ISSN:  0210-0754 
Depósito Legal: B. 9.348-1976
Año XII.   Número: 68
Marzo de 1987
 
PENSAMIENTOS SOBRE LA GEOGRAFÍA
 
Peter Gould



ÍNDICE

Notas sobre el autor y sobre este número
PENSAMIENTOS SOBRE LA GEOGRAFÍA
Introducción: una visión personal
¿No hay humo sin fuego?
Geografía unidimensional por necesidad narrativa
Del espacio a la estructura
Los ordenadores y la geografía: un arma de doble filo
Modelos globales: Una renovación de la perspectiva macrogeográfica
La tensión del pensamiento geográfico
La duda como medio para la verdad
Bibliografía


NOTA SOBRE EL AUTOR

Peter Gould, profesor de Geografía en la Universidad estatal de Pennsylvania, es uno de los más brillantes e innovadores geógrafos de lengua inglesa. Nacido en Gran Bretaña en 1932, luego de viajar por medio mundo realizó estudios universitarios en los Estados Unidos de América, doctorándose en la Universidad de Northwestern. En 1959 y 1961 pasó dos largas estancias en África (en Ghana y Tanzania respectivamente) dedicado al trabajo de campo y a la geografía aplicada. Ha dictado conferencias e impartido cursos en numerosas universidades europeas y americanas, y es doctor honoris causa por la Universidad de Estrasburgo. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, ha publicado una docena de libros y más de un centenar de artículos científicos. La biografía intelectual de Peter Gould está estrechamente asociada al desarrollo de la geografía cuantitativa en los años sesenta. Un excelente manual universitario, escrito en colaboración con Ronald Abler y John Adams, ofrece de hecho una de las mejores y más conocidas síntesis de los logros de esta corriente de trabajo:

Spatial Organization: The Geographer’s View of the World, Englewood Cliffs, N.J., Prentice Hall, 1971, 587 págs.

Sus primeras investigaciones versaron sobre problemas de modernización económica y desarrollo en el Tercer Mundo. En algunas de estas publicaciones primerizas aparece ya una clara intención de aplicar nuevos métodos de estudio a los problemas geográficos. Cabe citar. en este sentido, los siguientes títulos:

Transportation in Ghana, 1960. Africa: continent of change, 1961. The Development of Transportation Pattern in Ghana, Evanston, Northwestern University Studies in Geography, n.º 5, 1961. A geographical and queuing analysis of congestion, «East African Economic Review». vol. X, n.º 2, 1963. Wheat on Kilimanjaro: The Perception of Choice within Game and Learning Model Frameworks, «General Systems», vol. X, 1965, págs. 157-166.

La preocupación por mejorar las herramientas de análisis de los geógrafos, y una amplia atención a los problemas teóricos, son constantes en la obra de Gould. Sus trabajos de carácter metodológico cubren una amplia diversidad de temas: técnicas de análisis matemático y estadístico, procedimientos informáticos, modelos teóricos y diseño curricular de las enseñanzas geográficas. Los artículos que se citan a continuación dan cuenta de esta variedad de intereses:

Man against his environment: a game theoretic framework, «Annals of the Association of American Geographers», vol. 53, 1963, págs. 290 297. Methodological developments since the fifties, «Progress in Geography», vol. I, 1969. Computers and spatial analysis,«Geoforum»,vol.I,n.º1,1970.

Is statistic inferents the geographical name for a wild goose?, «Economic Geography», n. 46, 1970, págs. 439-448.

Entropy in urban and regional modelling: A pedagogic review, «Annals of the Association of American Geographers», vol. LXII, n. 4, 1972.

The creation and transformation of spaces by multidimensional scaling, First Lund Conference on Forms and Transformations of European Space, 1973.

The open geographic curriculum, en R. Chorley (ed.): Directions in Geography. Londres, Methuen, 1973 (Trad. cast.: El plan de estudios abierto en la enseñanza de la geografía, en Nuevas tendencias en Geografía, Madrid, IEAL, 1975, págs. 375-426).

Les mathématiques en géographie: révolution théorique ou apparition d’ un nouvel outil?, «Revue Internationale des Sciences Sociales», vol. XXVII, n. 2, 1975, págs. 319-347.

Signals in the noise, en Stepehn Gale y Gunnar Olsson: Philosophy in Geography, Boston, D. Reidel Pub. Co, 1979, págs. 121-154.

So Human a Science, «The Sciences», The New York Academy of Sciences, vol. 21, n. 5, mayo-junio 1981, págs. 6-9.

Letting the data speak for themselves, «Annals of the Association of American Geographers», vol. 71, n. , junio 1981, págs. 166-176.

The Cova da Beira: An applied structural Analysis of Agriculture and Communication, en Space and Time in Geography. Essays dedicated to Torsten Hägerstrand, Lund Studies in Geography, Ser. B, Lund. 1981, págs. 183-214 (en colaboración con Jorge Gaspar).

Things that worry me: Peer review and correcting error; Things I do not understand very well: 1, Mathematics and thinking in the Human Sciences; 2, What happens in an algebraic hierarchy of relations?: 3, Are algebraic operations law? Guest editorials en «Environment and Planning, A», 1982.

The tyranny of Taxonomy, «The Sciences», New York, mayo-junio, 1982 págs. 7-9. Settlement Models in Archaeology, «Journal of Anthropological Archaeology», 1, 1982, págs. 275-304 (con Susan Evans).

On the Road to Colonns: Or theory and perversity in the Social Sciences, «Geographical Analysis», 15, n. 1, enero 1983, págs. 35-40.

Entre el ensayo teórico y la sistematización de nuevas corrientes de trabajo, una obra de sintesis publicada por Gould en 1969 constituyó un brillante análisis introductorio sobre la teoría de la difusión espacial y su uso por los geógrafos:

Spatial Diffusion, Washington, D.C., Association of American Geographers, 1969.

Peter Gould se mostró también tempranamente sensible ante nuevos desarrollos como la geografia de la percepción y del comportamiento. Sus originales trabajos acerca de los mapas mentales fueron pioneros en el ámbito geográfico y abrieron una sugestiva linea de estudio:

On mental maps, Michigan Inter-University Community of Mathematical Geographers, Discussion Paper, n. 9, 1966; Reimp. en English, P.W. y Mayfield, R.C. (eds.): Man, Space and Environment, Nueva York, Oxford University Press, 1972, págs. 260-282.

Structuring information on spacio-temporal preferences, «Journal of Regional Science», vol. 7, n. 2, 1967, págs. 259-274.

The Mental Maps of British School Leavers, «Regional Studies», vol. 2, 1968, págs. 161-182 (con R.R. White).

The structure of space preferences in Tanzania, «Area», vol. 4, 1969, págs. 29-35.

The perception of residential desirability in the Western Region of Nigeria, «Environment and Planning», vol. 2, nº. 1, 1970, págs. 73-88 (con D. Ola).

People in information space: the mental maps and information surfaces of Sweden, Lund, C.W.K. Gleerup, 1974.

Mental maps,. Nueva York, Penguin Books, 1974, 203 págs. (con R. White).

Acquiring spatial information, «Economic Geography», vol. 51, n. 2, abril 1975, págs. 87-99.

De entre sus numerosas y estimulantes investigaciones publicadas en los últimos años (algunas de las cuales que aquí no repetimos pueden encontrarse relacionadas en la bibliografía del trabajo que publicamos a continuación), creemos que es preciso destacar los novedosos estudios acerca de las redes de comunicación de masas y su estructura. Los siguientes trabajos se refieren a este tema:

The Structure of Jamaican Television: A Pilot Study, International Television Flows Project, University Park, Pennsylvania, 1981 (con A. Lyew-Ayee).

Television: The World of Structure/Structure: The World of Television, Londres, Pion, 1983 (con J. Johson y G. Chapman).

Television in the third world: a high wind on Jamaica, en Burgues, J. y Gold. J.R. (eds.): Geography, the media and popular culture, Londres, Croom Helm, 1985, págs. 33-62.

Ha prestado también atención a la teoria de los juegos, como se observa en algunas de las referencias que antes hemos citado, y ha realizado sugestivas aplicaciones a campos diversos:

A structural Analysis of a Game: The Liverpool y Manchester United Cup Final of 1977, «Social Network», 2, 1979-80, págs. 253-273 (con A. Gatrell).

Some Methodological Perspectives in the Analysis of Team Games, «Journal of Team Psychology», 4, 1981, págs. 283-304.

Investigador inquieto y versátil, Peter Gould es asimismo un escritor vigoroso y un imaginativo divulgador. Uno de sus últimos libros ofrece una personal, elegante y muy bien escrita revisión de los rumbos más recientes de la disciplina geográfica:

The Geographer at Work, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1985, 351 págs.

TRADUCCIÓN

La traducción del manuscrito original en inglés ha sido realizada por Azucena Gozalo y Jesús Angel González.
 

PENSAMIENTOS SOBRE LA GEOGRAFÍA

Por Peter Gould
 

INTRODUCCION: UNA VISIÓN PERSONAL

Es un gran honor, un gran privilegio y una gran responsabilidad «pensar sobre la geografia» ante una audiencia de habla española, y les estoy muy agradecido a los editores de Geocríhca por brindarme semejante oportunidad. Es tentador suponer que tales pensamientos pueden ser «objetivos», que es posible ofrecer una visión general abstracta y distanciada de los recientes desarrollos, una visión que tome en cuenta todas las referencias esenciales. Esto, por supuesto, es imposible, y yo no puedo pretender que mis pensamientos sobre la geografia sean otra cosa que unos pensamientos personales. Y en cuanto a la inclusión de cientos de citas, lo cierto es que éstas sólo consiguen convertir los ensayos en largas y aburridas bibliografias anotadas. Listas semejantes se parecen, demasiado a menudo, a las hileras de medallas que lucen las guerreras de los generales de la Patagonia: escaparates públicos de devoción a la causa sin comprometerse realmente en la batalla. De modo que este articulo sólo pretende ser una visión de una persona, y las referencias son sólo aquéllas que se me ocurrieron en el momento, y que aparecen aquí para aquellos que quieran profundizar un poco más en algunos de los aspectos aquí señalados. Son siempre puntos de partida, no afirmaciones tajantes y definitivas.
 

¿NO HAY HUMO SIN FUEGO?

Hace ya treinta años que comenzó la serie de desarrollos que se dio en llamar Revolución cuantitativa o la «nueva geografía». El ímpetu inicial vino dado por notorias conjunciones de gente en las universidades de Washington, lowa, Northwestern y Lund, pero estas perspectivas nuevas y diferentes se extendieron con sorprendente rapidez, casi como si una generación joven e insatisfecha estuviera esperándolas. Aunque estas nuevas aproximaciones y perspectivas causaron una enorme tensión en su momento (Gould,1974; Billinge, Gregory y Martin,1984), hoy en día ya se han aceptado, ensalzado, evaluado, menospreciado, criticado, condenado, ridiculizado, asumido y examinado históricamente en función de un cambio paradigmático (Sttodart,1981,1986; Johnston 1983a, 1983b; Johnston y Claval, 1984; Holt-Jensen, 1981). Ahora está de moda negar que haya pasado nada realmente revolucionario (Mikesell,1984): «Sólo una pequeña y desafortunada perturbación, queridos, que alejó a los geógrafos temporalmente del camino de la verdad y la razón». Pero ya sea por el excesivo entusiasmo inicial, o por haber generado fuertes reacciones en contra, las preocupaciones metodológicas y teóricas de la revolución cuantitativa catalizaron una disciplina académica adormecida, demasiado complaciente y básicamente desprestigiada, convirtiéndola en el campo apasionante e intelectualmente vital que es la geografía de hoy. Toda la esgrima intelectual de los debates positivistas, humanistas, marxistas, teóricos, estructurales, pragmáticos, realistas, matemáticos, filosóficos, utilitaristas, idealistas... que giran hoy en día en torno a «Geographia» llegaron después de que esa «pequeña perturbación» sacudiera a los geógrafos y les hiciera empezar a pensar de nuevo. A los que crean que esto es una exageración, les reto a explicar la siguiente experiencia personal.

La primavera pasada (1986) se me pidió que diera una conferencia-seminario en la Universidad de Princeton, la universidad con la segunda cátedra de geografía de América1. Desgraciadamente no había ocupado el puesto un geógrafo desde la jubilación de Guyot, en la segunda mitad del siglo XIX, hasta que se concedió otra cátedra a Julian Wolpert en 1973 (la fecha no es en absoluto anecdótica). Como yo iba a dar una conferencia a estudiantes «desvalidos», que tenían la mala suerte de estudiar en una universidad sin departamento de geografía (Wolpert es catedrático de Planificación en la Woodrow Wilson School), pensé que les gustaria ver lo que los geógrafos habían estado escribiendo en los últimos años. Sin pensármelo demasiado, ojeé mis estanterías y seleccioné unos pocos libros recientes que mostraban la variedad de temas que preocupan a los geógrafos hoy en día. Rechacé por completo los libros de texto típicos, y todos los escogidos menos tres (clásicos como el monumental Traces on the Rhodian Shore de Glacken, que data de 1967) se habían publicado a partir de 1980. Confieso que yo fui el primer sorprendido: esta selección fortuita de libros me podría haber ocupado dos maletas, y me sentí como un vendedor de libros cuando los presenté en el seminario como un muestrario para los estudiantes.

Bueno, ¿y qué? ¿a cuento de qué viene semejante anécdota personal? Pues viene a cuento de que hace treinta años, cuando era estudiante post-graduado no había casi ni un libro en este campo que yo hubiera podido ofrecer a mis colegas de la universidad sin sentirme avergonzado. Los pocos libros de texto existentes eran recopilaciones de hechos carentes de estructura, en su mayoría ineficaces por lo banales y cuya finalidad era su memorización y reproducción maquinal en los exámenes2. Entonces ¿por qué habia personas inteligentes que se hacían geógrafos? ¿por qué había algunos que, a pesar de todo, se sentían llamados a esta antigua disciplina y manera de ver las cosas? No deberíamos olvidar que aquellos que originaron el pensamiento catalizador a finales de los años cincuenta habían tenido una educación geográfica completamente convencional. Sin embargo todos compartían la profunda convicción de que la investigación geográfica y su grado de percepción e iluminación podían convertirse en algo mejor, más exigente y desafiante desde el punto de vista intelectual.

Permítanme recordar que, a pesar de todo lo escrito sobre la reciente historia intelectual de la geografía, aún no comprendemos a causa de qué conjunciones extrañas de gente y sucesos de repente se produce el descontento con el «status quo» del sistema. Pero hay un par de cosas en las que valdria la pena pararse a pensar. La primera es que la mayoría de estos cambios ocurrieron primero en departamentos norteamericanos con estructuras menos centralizadas, quizás menos autoritarias, donde los profesores se relacionaban con relativa facilidad con los estudiantes y les animaban a explorar en nuevas direcciones. Los profesores que sufren el síndrome congénito del «Señor Profesor» producen en general estudiantes más convencionales, menos creativos. En segundo lugar, el redescubrimiento de unos pocos trabajos teóricos pioneros (The Isolated State de von Thünen (1966), Central Places in Southern Germany de Christaller (1966), Economics of Location de Lösch (1954) demostró que organizar principios geográficos (muchas veces geométricos) podría servir para iluminar un paisaje humano complejo (Gould, 1986). No se necesitaban muchas más palabras de aliento, y pronto los nombres de Berry, Bunge, Morrill, Tobler, Marble, Nystuen, Dacey y Getis se hicieron conocidos.

Todos fueron estudiantes de William Garrison en Washington a finales de los cincuenta, en una época en que Torsten Hägerstrand se encontraba allí en lugar de en Lund. Este no es el lugar para analizar la fascinante y aún reciente historia intelectual de todos los enlaces, influencias y conexiones de finales de los años cincuenta, pero el fermento, la preocupación, y la profesionalidad vital de la geografía actual son su resultado directo, aunque las preguntas y sus respuestas sean diferentes y, pienso, merecedoras de un examen más cuidadoso y meditado.
 

GEOGRAFÍA UNIDIMENSIONAL POR NECESIDAD NARRATIVA

La geografía ha sido tradicionalmente un campo de investigación ecléctico por su mismo interés en los mundos humano y físico. Como la historia, ciertamente no se define por su tema de estudio, y yo personalmente creo que es más bien un punto de vista, un modo de observación que conlleva fuertes implicaciones holísticas y que resulta cada vez más difícil de mantener en un mundo tan especializado como el de la universidad. Sin embargo es una visión que se hace cada vez más esencial por la misma razón: adiestramiento (de animales) no es sinónimo de educación (de seres humanos). Precisamente porque somos seres pensantes y cultos en el tiempo y en el espacio debemos tener conocimiento de nuestra herencia histórica y del «escenario» geográfico que recibe su compleja estructura tanto del mundo físico como del humano. Sin duda, hay muchos hoy en día que negarían la separación de la dimensión temporal y espacial de la existencia humana -incluso por motivos conceptuales de conveniencia, que son en definitiva dañinos (Pred, 1981; Gregory, 1981)- y, en un sentido redescubierto y reinterpretado, aquellos que se interesan por infundir consciencia espacial en la teoría social son los herederos de una noble e iluminadora tradición (Braudel, 1966).

Dada la riqueza del pensamiento geográfico actual, y la profundidad de algunas de las preguntas que se plantean -preguntas que van desde la supervivencia humana hasta la validez conceptual de gran parte de la investigación contemporánea sobre las ciencias humanas- es imposible dar una imagen completa de nuestro campo en la actualidad, una imagen que es altamente dinámica y que cambia incluso mientras yo estoy escribiendo esto. Las conexiones e influencias entre las diferentes partes de la geografía forman una estructura increíblemente compleja y multidimensional3, e incluso si tuviéramos tiempo y espacio ilimitado, tendríamos que reducir tal complejidad multidimensional a la dimensión única de la narración escrita. Se me ha pedido también que exprese mis "pensamientos" sobre la geografía de modo personal, ofreciendo una visión general, sintética en lo posible, pero teniendo en cuenta a la vez mi propio trabajo de los últimos 25 años. En cierto extraño sentido, me siento como si estuviera paseando por un hermoso jardín multidimensional, escogiendo un camino intelectual particular para llenar mi cesta de encantadoras flores. Pero, téngase esto en cuenta, al escribir este ensayo me veo forzado a seguir sólo un camino de los muchos posibles, y en otra ocasión podría escoger una ruta diferente y flores distintas para la cesta. Como geógrafos sabemos que el mapa que creamos depende de la proyección que utilicemos y todas las proyecciones necesariamente van a distorsionar la verdad de algún modo.
 

DEL ESPACIO A LA ESTRUCTURA

Pensamos en palabras, y las palabras reflejan nuestro pensamiento. Uno de los mayores cambios que se produjeron a finales de los 50principios de los 60 fue el uso adjetivo de la palabra «espacial» para lo que antes se podía haber llamado «geográfico». Se habla desde entonces de interacción espacial, organización espacial, estadística, relaciones, comportamiento, modelos, planificación, aplicaciones, patrones, difusión... y estructura espacial. La generación nueva e inconformista quería disociarse de todas las connotaciones y significados de la «geografia» del viejo sistema, y mostrar así a todo el mundo que había nuevas maneras de pensar y de plantearse la investigación geográfica. Parte del cambio terminológico reflejaba cierta inseguridad intelectual, parte era pura presunción4, pero a un nivel más profundo la palabra «espacial» indicaba un cambio genuino y bastante significativo. No nos pilla de sorpresa, pues, que los nombres de von Thünen, Christaller y Lösch fueran citados constantemente, porque ellos habían ya destacado su propio interés por las ordenaciones, patrones, relaciones y estructuras dentro del espacio geográfico. Esto condujo a un interés explícito y bastante natural por las propiedades geométricas que entraban en juego y consecuentemente al establecimiento de analogías teóricas entre el mundo físico y el humano (Bunge, 1966)5 . Pero esto, a cambio, hizo surgir una pregunta fundamental: si los rayos de luz, y otros fenómenos físicos minimizaban de modo «natural» sus rutas y estados de energía, ¿cuál era el equivalente en el espacio geográfico de los fenómenos humanos? Por primera vez (al menos que yo sepa), la cuestión de la disposición óptima («optimal arrangement»), la mejor localización («location») y la solución de menor coste apareció en la investigación geográfica. Es decir, surgió la cuestión de la optimización, y con ella el uso de modelos normativos, particularmente la programación lineal, y, como objetivo más general, o multiobjetivo, los modelos de programación. Algunos los consideraban demasiado mecánicos, demasiado poco realistas: «Después de todo, la gente no se comporta de esa manera "matemáticamente óptima''; y, de todos modos, ¿qué quiere decir usted con "óptimo"?, ¿quién tiene derecho a decidir qué es "óptimo"?»

Ahora nos damos cuenta, claro, de que tales métodos de optimización no tienen por qué ser mecanicistas e inhumanos en absoluto. En primer lugar, pueden utilizarse como modelos cuidadosamente especificados de disposiciones óptimas (localizaciones o movimientos) con los que se pueden comparar ejemplos reales. De este modo, el grado en que los agricultores no escogen los mejores patrones de aprovechamiento de la tierra -ya sea estática o dinámicamente-se puede analizar como una función de su cultura o de la información que tienen (Wolpert 1964). En segundo lugar, si queremos situar hospitales, servicios de ambulancias, parques de bomberos, etc., un conjunto óptimo de localizaciones que disminuya el tiempo de acceso puede ahorrar unos segundos preciosos en los que se pueden salvar vidas humanas. Incluso las localizaciones óptimas de cooperativas y colegios electorales tienen importantes consecuencias para la participación democrática. Además, los modelos formales de programación multiobjetiva no fuerzan a la gente a adoptar soluciones mecánicas, sino que pueden crear condiciones bien delimitadas, para que se den diálogos entre geógrafos, planificadores y politicos -como ha demostrado recientemente un estupendo estudio sobre la escasez de agua en Cali, Colombia (Ridgley, 1986). Muchos paises del tercer mundo tienen escasos recursos económicos para proyectos de desarrollo, y en tanto en cuanto los procesos de optimización sean apropiados, estos métodos formales pueden multiplicar el valor de su dinero. Provoca inquietud también el tema del «criterio de eficacia», y muchos señalan que hay más cosas en la vida que la simple y fría eficacia mecánica. Esto es cierto, y siempre deberíamos utilizar tales métodos con mucho cuidado. Pero lo contrario de eficaz es ineficaz o antieconómico. Esto quiere decir que recursos muy valiosos se echan por la borda, de modo que hay menos escuelas, menos carreteras, menos hospitales, menos... casi todo lo que pudiera llevar a una vida mejor.

Fue en este sentido de profunda preocupación humana, combinada con criterios matemáticamente óptimos como Alan Wilson (1970, 1974) empezó un proyecto original y revolucionario en el campo de la representación geográfica, inspirándose en una analogía de la mecánica estadística para ofrecer una derivación del modelo de la gravedad. Su método de maximización de la entropía intentaba describir el trayecto diario al trabajo como el estado más probable de un complejo sistema sujeto a aquellas restricciones que se pudieran especificar de manera razonable. Su interés surgió de las condiciones urbanas de las viejas ciudades de Gran Bretaña, condiciones que, según él, estaban produciendo entornos ambientales que difícilmente podrían conducir a vidas humanas aceptables6.

Vale la pena señalar y pensar sobre su trabajo aquí por dos razones. En primer lugar, cualquiera que, para una simulación, haya jugado (oficialmente «experimentado») con esos modelos, observará rápidamente una fuerte sensación de «encierro». Todo es internamente consistente en un sentido matemático (técnicamente, todos los multiplicadores langrangianos se mueven por el sistema para equilibrar cualquier pequeño o gran cambio producido del modo que sea), pero tal consistencia interna puede no reflejar en absoluto todos los sistemas humanos reales y abiertos sujetos a cambios estructurales reales. Un nuevo proyecto de urbanización puede aparecer en un barrio residencial y provocar un aumento de la población que debe trasladarse hasta el trabajo desde esa área de viviendas, pero puede ser que las oportunidades de trabajo no estén a la misma altura, de manera que la misma condición necesaria (que el número de gente debe equivaler al número de empleos) no se puede cumplir. Incluso cambios a corto plazo -una huelga, o un epidemia de gripe-pueden matemáticamente reflejarse con los desplazamientos langrangianos, pero nadie esperaría que el modelo predijera los cambios en los movimientos.

En segundo lugar, los modelos representan una descripción a un nivel muy alto de agregación geográfica, en el que casi toda la estructura real de la red de transportes desaparece de la existencia (Atkin, 1977a; Johnson, 1976). Esto significa que no pueden examinarse cosas tales como las capacidades de las carreteras, las calles de sentido único, los cruces, conexiones, estrangulamientos de carreteras, los efectos de los accidentes de tráfico, etc., que son preocupaciones concretas y genuinas de los planificadores urbanos. Esto es un ejemplo especifico del problema mucho más general de la comprensión de los efectos de la agregación espacial (Couclelis. 1982)7, la cuestión de lo que ganamos y perdemos en comprensión cuando simplificamos la complejidad extrema de lo que llamamos eufemísticamente «el mundo real».

Simplificar y obtener analogías físicas puede ser muy sugerente, y son tentaciones difíciles (¿quizá imposibles?) de evitar por completo. Y, sin embargo, de alguna manera debemos intentar pensar en todas las implicaciones, incluso a riesgo de hacernos un poco impopulares. Permítanme señalar un ejemplo concreto para destacar esta obligación intelectual que como geógrafos tenemos de responder a la llamada para dar luz sobre algunos aspectos de la condición humana en el espacio y en el tiempo, en lugar de dejarnos llevar por juegos matemáticos8.

Hace unos años la teoría de las catástrofes naturales dejó el sumamente complejo reino matemático de Rene Thorn y entr en un terreno más popular, lo que podríamos llamar el dominio de la revista Scientific American. Biólogos y sociólogos se valieron de los revolucionarios diagramas, pero no analizaron todas las implicaciones. Cualquier cosa desde la existencia de perros agresivos hasta la anorexia nerviosa de ciertas mujeres jóvenes se describía como una catástrofe. Más o menos por la misma época una preocupación paralela y en cierto modo semejante por el cambio repentino y discontinuo apareció en la química física (Prigogine, 1980). Ciertos tipos de reacciones químicas parecían poderse describir correctamente con ecuaciones bastante simples, aunque no lineales, que podían presentar la propiedad de la bifurcación9. Desgraciadamente, el comportamiento más complejo de los sistemas no lineales se hizo tan intrigante matemáticamente hablando que la propiedad de la bifurcación, con todo su poder de programar el pensamiento, se llevó a otros terrenos no-físicos sin pensarlo dos veces. De este modo, diversos sistemas vivos, ya sea biológicos o ecológicos fueron reducidos a estas estructuras matemáticas, y poco después recibieron el mismo tratamiento ciertos sistemas humanos. incluidos algunos claramente geográficos (Allen y Sanglier, 1979, 1981b). Al final se llegaron a afirmar algunas atrocidades por analogías simples e irreflexivas; John Locke y Napoleón se convirtieron en puntos de bifurcación de la historia europea (Prigogine y Stengers, 1984)10.

Para aquellos que piensan seriamente sobre la historia y la geografia, semejante mecanismo resulta absurdo, aunque las estructuras matemáticas permitan el cambio repentino y la discontinuidad11. El problema no está en las matemáticas, que son fundamentalmente clásicas y están bien entendidas, sino en la posibilidad de poder ordenar la evidencia histórica y geográfica concreta a través de procesos de bifurcación teniendo en cuenta trayectorias espaciotemporales únicas (Gould 1987). Este paralizante exceso de entusiasmo por la posibilidad matemática, más que por el examen concreto del desarrollo histórico de un sistema espacial en particular es de lo más desafortunado. Sería de gran interés intentar examinar incluso un aspecto limitado de un sistema geográfico de evolución a través de la «lente» de un modelo semejante, para analizar, además de otras cosas, el grado en el que una descripción mecanicista como ésta sirve para algo cuando se centra en una visión particular de relaciones productivas económicas y similares. Las estructuras espaciales dinámicas generadas por un planteamiento teórico como éste (Allen y Sanqlier 1981a) son extremadamente sugerentes, y merecen ser comprobadas en estudios de casos reales12.

Lo que es común a estos y otros estudios de geógrafos contemporáneos es el intento explícito de describir el cambio en el tiempo y en el espacio simultáneamente, y de reconocer que el modo como el espacio geográfico esté estructurado es crucial para nuestra comprensión. No pretendo afirmar que un fenómeno particular, o el modo de estudiarlo, corresponda a una sola disciplina -que es a su vez un concepto humano y contingente- pero para mí la fascinación intelectual y el interés por el dominio espacio-temporal se hallan en el mismo centro de lo que podríamos llamar la perspectiva geográfica. El problema principal es convertir esas nociones intuitivamente válidas de «estructura espacial» en algo bien definido, operativo y consiguientemente comprensible. Los historiadores, por ejemplo. pueden asegurar que el descontento social se extiende como una enfermedad contagiosa (Hobsbawn y Rude, 1974), pero se necesita un geógrafo para hacer ver que este proceso social es esencialmente (literal y etimológicamente de esse... en su ser) espacio-temporal, y su desarrollo está enormemente controlado por la estructura de las comunicaciones -en este caso los caminos y diligencias de la época (Charlesworth, 1983). Otros pueden afirmar que un proceso de asentamiento está muy controlado por la estructura del terreno físico (por ejemplo el movimiento de los pioneros a través de la topografía lineal de la clásica área de valles y cordilleras del Este de los Estados Unidos), pero un análisis geográfico puede dar cuenta de la mayoria de las etapas de asentamiento con un simple modelo de difusión, revelando los elementos fisiográficos (rios, pasos montañosos, fronteras de mesetas, etc.) como efectos residuales (Florin, 1965). Siempre tenemos que ir «a las cosas mismas», y examinarlas en sus propios términos concretos como lo que son.

Incluso temas como el aprendizaje humano o la mezcla genética pueden verse fuertemente influenciados por la estructura del espacio geográfico, incluído el efecto de la misma distancia. En Suecia el modo como se desarrollan «las superficies de información» de los niños puede verse muy influído por la estructura de la red de carreteras (Gould, 1975), y la mezcla genética de una población se altera con las innovaciones tecnológicas a través del tiempo (las bicicletas que aumentan la facilidad de contacto entre jóvenes amantes en un ambiente rural) y el espacio (el mayor porcentaje de endogamia en las poblaciones rurales italianas a medida que uno va del valle del Po hacia el Piamonte y hacia los Alpes). Es importante observar que estas estructuras espaciales parecen ser muy estables, canalizando ideas, innovaciones y enfermedades de modos similares a lo largo de muchas décadas, incluso siglos, como señaló Torsten Hägerstrand hace unos años (Hagerstrand, 1965; Gould y Törnqvist, 1971).

De hecho, es en el área general de la difusión espacial donde surgen las cuestiones estructurales con mayor prominencia, no sólo en sus manifestaciones espaciales y geográficas, sino también en su contexto social e histórico particular. La gente estructura el espacio, no simplemente con innovaciones tecnológicas de reducción y deformación espacial, sino creando acceso diferencial a recursos que permiten y prohiben el uso de tales estructuras espaciales. En general los ricos tienen mayor movilidad, y por tanto mejores accesos que los pobres. En cuanto a la accesibilidad a cosas como una buena información sobre temas agrícolas, la mera proximidad geográfica puede no tener mucho que ver. Por el contrario, son las estructuras humanas creadas por conexiones humanas, generadas, a su vez, por relaciones de respeto en una jerarquía social las que realmente importan (Gaspar y Gould, 1981). El problema es siempre qué estructuras son relevantes y cómo definirlas y describirlas de un modo efectivo.

En ninguna parte está más claro el enfoque estructural en su marco geográfico que en el área de la epidemiología y la expansión de las enfermedades. Incluso se puede «dar la vuelta» al hecho de que la misma enfermedad se pueda extender repetidamente en una población (epi- demos): analizar el modo como se extiende la enfermedad puede revelar cómo está estructurado el espacio. Un estudio clásico de Pyle (1969) ha mostrado cómo el cólera, tratado como un elemento trazador («tracer») reveló la reestructuración radical de los Estados Unidos en el siglo XIX, cuando las innovaciones tecnológicas, como el barco a vapor y el tren, alteraron el proceso de expansión, que pasó del contagio espacial a uno fuertemente estructurado por la naciente jerarquía urbana. Otro estudio, llevado a cabo con un colega de historia (Pyle y Patterson, 1984), ha demostrado que las olas epidémicas de gripe se movian dos veces más deprisa a través de Europa entre finales del siglo XVIII y finales del XIX, y cómo determinadas conexiones históricas (por ejemplo, entre España y los Paises Bajos en 1580) formaron las estructuras pertinentes para el encauzamiento de las enfermedades. Un estudio reciente del sarampión en Islandia (Cliff et al, 1981) se ha convertido rápidamente en un clásico de la geografia, al indicar la gran complejidad de movimientos de una enfermedad contagiosa al extenderse por una población humana muy dispersa y estructurada mediante conexiones que presentan una forma jerárquica. No cabe duda de que, en general, los geógrafos están más adelantados que sus colegas médicos en su capacidad para describir y representar estos procesos espaciotemporales, muchos de los cuales tienen consecuencias humanas tan devastadoras. Verdaderamente, en muchos casos (la gripe es un ejemplo particularmente pertinente), las restricciones para nuestra comprensión no son geográficas sino médicas; en otras palabras, la necesidad de mejorar los diagnósticos y de registrar meticulosamente diferentes casos para proporcionar una base de datos para los estudios epidemiológicos que iluminen de verdad el proceso13.

Lo que es de particular importancia aquí es la forma como nuestro interés por los procesos espacio-temporales está haciendo considerar algunas cuestiones metodológicas de modos nuevos y originales. Se registra ahora una menor tendencia a rebuscar entre los instrumentos matemáticos convencionales, y encontramos un interés creciente por describir estos fenómenos de un modo más apropiado. Veamos un ejemplo que ilustre estos conceptos tan generales. Un estudio reciente de la rabia en Europa describe cómo esta enfermedad se ha recuperado lentamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, expandiéndose de Este a Oeste a través de la población de zorros (Kallen, Arcuri y Murray,1985). Como los autores eran matemáticos y zoólogos, la idea del «proceso de expansión» pronto pareció sugerirles la utilización de ecuaciones diferenciales clásicas como un primer paso -como si se tratara de la transmisión de calor a través de una placa de cobre. Desgraciadamente, el espacio de Europa no es un material homogéneo; al contrario, se estuctura como un espacio «celular» finito para los territorios de los zorros14, los cuales, en ausencia de la rabia, forman territorios bien respetados, es decir generalmente inconexos. Por lo tanto, si el espacio está fragmentado en un conjunto de células virtualmente inconexas ¿cómo puede una enfermedad viajar a través de él? La respuesta es que la enfermedad misma altera el comportamiento de los zorros, y por lo tanto la estructura espacial. Un zorro con rabia puede comportarse de dos modos diferentes. Se puede poner enfermo muy rápidamente, y simplemente morir dentro de su propio territorio. Pero también puede incubar el mal poco a poco, desorientarse geográficamente y empezar a hacer lo que es en esencia un paseo bidimensional fortuito. Estas condiciones de desorientación hacen que el zorro pueda cruzar la generalmente bien respetada frontera territorial y vagar por el área de un vecino -una «célula» adyacente del espacio. Aquí el propietario retará al intruso, luchará, recibirá algún mordisco y así contribuirá a la difusión de la rabia. Por supuesto las variaciones en la densidad de la población de zorros crean efectos de frontera. Sin duda, una manera de tratar de frenar la expansión de la enfermedad es dejar caer desde un helicóptero un cordón sanitario de cabezas de pollo inoculadas con vacuna. Los zorros comen las cabezas de pollo, se inmunizan y forman una barrera de células no susceptibles de contagio en el espacio. El espacio tiene ahora un «hueco» en el sentido literal homotópico de la topología. La rabia ahora tiene que viajar rodeando la barrera.

Lo que nos importa destacar aqui es que después de todos los elaborados métodos tradicionales, el matemático observó que cualquie! representación del problema ha de tener en cuenta la naturaleza finita, no continua de la estructura espacial. Esto era precisamente lo que ignoraban las estructuras matemáticas clásicas en que se basaban las ecuaciones diferenciales, y la representación se hizo realmente operativa por medio del análisis de elementos finitos en una computadora. Dada la larga historia de los modelos de difusión espacial de Monte Carlo en nuestro campo (Hägerstrand, 1953, 1967), un geógrafo bien podría haber empezado por ahí desde el principio, describiendo la estructura espacialmente inconexa, celular y el modo en que su comunicabilidad se alteraba a medida que la rabia (lo que se estaba transmitiendo por la estructura) se movía en ella.

Lo que me gustaría sugerir es que todos los procesos suceden en el tiempo y en el espacio, y que lo que necesitamos es un «lenguaje» común capaz de describir todos estos procesos aparentemente diferentes, de una manera esencialmente igual. Necesitamos un lenguaje estructural que capte la esencia de la descripción estructural en su forma esencial finita. Ya no estamos en el siglo XVII, que requería unas matemáticas del continuum para captar lo que se ofrecía entonces al entendimiento humano en el mundo de la mecánica celeste. Hoy estamos acercándonos a un mundo del siglo XXI, que nos exige describir, con la mayor fidelidad, los mundos biológico y humano como son, no como parecen ser al organizarlos en estructuras matemáticas creadas para otros fines y en otras épocas (Gould, 1985a). No se me malinterprete: no estoy menospreciando en absoluto el genio de Newton -no soy tan necio. Al contrario, Newton es un excelente ejemplo del científico que piensa profundamente sobre el problema de describir el mundo de lo puramente físico en su continuo movimiento. Y creó su «cálculo infinitesimal», una estructura puramente matemática, precisamente para describir estos tipos de fenómenos. Ya va siendo hora de que los cientificos naturales y sociales, incluidos los geógrafos, demuestren poner el mismo cuidado y atención.

Si somos capaces de pensar en avanzar hacia un lenguaje estructural, muchos temas que comparten la misma esencia estructural pueden verse simplemente como aspectos de la misma cosa. Por ejemplo, el fuego en una habitación se extiende en una estructura conexa de objetos inflamables, y nosotros deliberadamente desconectamos esa estructura (mediante materiales no inflamables, puertas...), para obstruir ese movimiento -como sabe cualquier guarda forestal cuando hace cortafuegos. Este ejemplo también pone de relieve que debemos pensar en jerarquías de estructuras (Gould, 1982b): el cigarrillo quema la alfombra, que quema la cortina... el dormitorio está conectado con otros a su alrededor... Ia casa pertenece a una hilera en una calle... Ia calle forma parte de la vecindad... y finalmente las vecindades forman la ciudad. Situaciones auténticas y concretas requieren descripciones auténticas y concretas, no una elegancia teórica que ponga trampas al pensamiento humano y se burle de él. Después de un año de trabajo, y con un gasto considerable para el contribuyente, dos ingenieros (cuyos nombres y universidad piadosamente omitiremos) consiguieron escribir y resolver ecuaciones diferenciales clásicas describiendo como el fuego se podría extender en un cubo homogéneo. La elegancia matemática era extraordinaria, pero la iluminación de aspecto alguno de la condición humana o física era nula. ¿Hay hoy en día geógrafos que debieran reflexionar sobre este ejemplo? (Griffith y Haining, 1986).

No quiero dar la impresión de que exista hoy en día un lenguaje estructural que pueda resolver todos los problemas de la descripción estructural, pero no me cabe duda de que debemos movernos en esa dirección si queremos captar con rigor esta noción intuitiva de estructura. Hablamos de la estructura de una región, una molécula, un poema, una economía, una sociedad, una ciudad, un departamento de geografía, una universidad... y, o bien dejamos este importante concepto inoperante y sin definir, languideciendo en la categoria de una trivial charla de salón, o damos el difícil paso de describir lo que de verdad queremos decir. En las ciencias humanas, incluyendo la geografía humana, esta preocupación actual es sólo el último aspecto de un movimiento largo y sin duda demasiado esporádico para precisar el término «estructura». Es un movimiento que se remonta a Lewing (1936) en psicología, a matemáticos deseosos de tener en cuenta las aplicaciones de la teoria gráfica (Berge, 1958), a arquitectos (Alexander, 1966), a geógrafos humanos (Garrison y Marble, 1964; Kansky, 1963), a sociólogos, y una vez más a matemáticos (Atkin, 1974; Johnson, 1975). Vale la pena señalar que desde el principio todos apuntaban hacia la topologia como un terreno más apropiado15, ya sea por la descripción estructural directa o como una fuente de conceptos para la teoría social (Marchand, 1974). No es éste el lugar apropiado para repasar la fascinante historia intelectual que sirve de base a los desarrollos actuales, una historia que ve como el rizoma de la preocupación por la estructura aparece y desaparece continuamente en la tradición investigadora; tampoco es el lugar para pasar revista a las posibilidades actuales -hay abundante, y creciente, literatura al respecto (Atkin, 1977b; Johnson, 1981a, 1981b, 1982b), incluídas algunas introducciones (Gould,1980,1982); pero quizá si valga la pena apuntar unas pocas características fundamentales.

Cualquier «lenguaje» matemático capaz de describir las estructuras finitas que ocupan a los científicos humanos (y probablemente también a los biólogos) debe basarse en conjuntos bien definidos y en relaciones igualmente bien definidas en y entre conjuntos. Tales relaciones definen operativa y concretamente las estructuras que permiten y prohiben, pero no necesariamente exigen, que existan cosas en ellos y que se transmitan entre ellos (Johnson, 1982a). De este modo, tenemos que hacer una distinción fundamental entre telón de fondo (toile de fonde en francés) y tráfico -palabra ésta que crea confusión, porque en general conlleva la noción de movimiento, mientras que en este sentido, altamente técnico, simplemente se refiere a algo que existe en una parte de una estructura-, entre la geometria de sostén y la sostenida. Ésta es una relación dual, no exactamente en un sentido estricta y formalmente matemático, sino en el sentido de que uno (el tráfico) exige la existencia del otro (el telón de fondo), y puede afectarlo (el fuego destruye la geometria de la estructura en la que se mueve; los zorros alteran la geometría del «espacio de la rabia»; una congestión de tráfico altera la comunicabilidad de una red de comunicaciones, etc.). Conceptos como estructura global y local, fragmentación, vulnerabilidad y excentricidad se incluyen en tales descripciones y se hacen operativos a la hora de una medición. Se puede pensar en el cambio en términos newtonianos, como una simple redistribución del tráfico en un telón de fondo preexistente debido a una fuerza (el buen tiempo hace descender un tráfico de televidentes en una estructura televisiva), o, en términos einsteinianos, como un cambio en la misma geometria (por ejemplo, la pérdida de un profesor de geografía en un departamento), que afecta a todo lo que dependía de esa pieza de la estructura (estudiantes, clases, etc.). Sobre todo, es un método muy disciplinado, que nos fuerza a definir y hacer operativas todas nuestras ideas estructurales. Por esta razón, es incómodo e incluso impopular; a veces uno tiene que observarse a si mismo y decir: «¿Sabes qué? ¡Eres tú el que no sabe de lo que está hablando!». Éste es un buen punto de partida para cualquier científico o geógrafo.

Una de las razones por las que hemos empezado a caminar en esta dirección es simplemente que ahora tenemos una oportunidad de describir la complejidad estructural de una forma fácilmente accesible. Esto se debe casi completamente a la disponibilidad de los ordenadores, algunos de los cuales nos ofrecen la posibilidad de acceder a una capacidad de almacenamiento y de cálculo de los que hace diez años sólo eran capaces enormes máquinas en las universidades, y de los que ahora podemos disponer de modo personal, gracias a una pequeña máquina en la oficina. Precisamente porque su impacto ha sido tan grande, y sin embargo tan contradictorio y lleno de tensiones, vale la pena pensar sobre los ordenadores y la geografia un poco más detalladamente (Gould, 1985b).
 

LOS ORDENADORES Y LA GEOGRAFIA: UN ARMA DE DOBLE FILO

No cabe ninguna duda de que la revolución de la informática es en muchos sentidos la base de cualquier (r)evolución actual. Vastas áreas de la investigación geográfica que se dan por sentadas hoy no serían en absoluto prácticas o posibles sin la disponibilidad de estas máquinas veloces y de enormes capacidades de memoria. Como geógrafos, hoy podemos plantearnos ciertos problemas e investigar en términos concretos y prácticos, precisamente porque tenemos la «capacidad de la máquina» como ayuda, como una forma de apoyo protésico, para nuestras propias capacidades fisiológicas (el cerebro). Esto incluye la recuperación y reinterpretación de tentativas de investigación clásicas como la descripción y la síntesis regional, el análisis de las relaciones complejas de muchas variables, tanto humanas como físicas, in situ. Incluye también la primera verdadera oportunidad de usar métodos de simulación para intentar comprender las consecuencias dinámicas de los procesos temporales en el espacio. En muchas áreas de la geografía, el entusiasmo de la explosión intelectual reside en el crecimiento extraordinario de la maquinaria informática.

Pero estamos empezando a comprender que «encubrimiento» y «descubrimiento» se dan la mano (Heidegger, 1962; Kockelmans, 1986). Aparecen nuevas posibilidades, pero tienen la capacidad de programar el pensamiento, obligándolo a abrir profundos canales en ciertas direcciones, pero al mismo tiempo haciendo cada vez más difícil pensar en otras posibilidades. Al final, esos «ríos de pensamiento» basados en las máquinas abren profundos cañones en el paisaje intelectual de la geografía y de la ciencia, pero hemos de ser conscientes de que el fondo de los cañones es a menudo oscuro, y el sol iluminador rara vez llega hasta allí. Hemos caído en un mundo de «tecnicidad» (una palabra con un significado particular, holístico, derivado de una expresión filosófica alemana difícil de traducir a otra lengua y que no se debe confundir con «tecnología»: Heidegger, 1977a, 1977b), en el que la distinción hombre-máquina es confusa16. Al mismo tiempo que se le ofrecen nuevas oportunidades a nuestro pensamiento, el síndrome del «obseso por la informática» restringe el campo del pensamiento de tal modo que sólo se toman en consideración aquellos problemas para los que se necesita la máquina.

En ningún campo se ven tan claras las tensiones como en el área de la percepción remota («remote sensing») y la cartografia informática. Una sola imagen obenida por percepción remota desde el viejo EARTHSAT, hecha de 7,6 millones de pixels, cada uno de los cuales puede tener hasta 128 valores grises sirve para mostrar que nadie necesita hoy que le expliquen que sólo los ordenadores pueden manejar semejantes cantidades de datos. El simple hecho de manejar tales datos ha creado la necesidad de especialistas para el naciente campo de los Sistemas de Información Geográfica (GIS), y las personas que trabajan ahí deben estar informados de los avances en inteligencia artificial y áreas adyacentes. El reconocimiento automático se vuelve «necesario», transfiriéndose a la máquina, incluso la más fundamental y tradicional tarea visual del ser humano. ¿De qué otro modo podría hacerse? Sin embargo, incluso aquí se aprisiona el pensamiento, forzándolo a ir en ciertas direcciones, y frecuentemente un acercamiento «ingenuo» y desconocedor incluso de los supuestos y procedimientos convencionales, paradigmáticos y aceptados, puede ofrecer una perspectiva diferente sobre un problema al plantearse preguntas nuevas y frescas (Johnson, 1985; Holroyd, 1985; Johnson, Rao y Denham, 1986).

El problema es que el «jugueteo» técnico puede oscurecer la finalidad para la que se adoptó en principio la percepción remota, y las formas nuevas e imaginativas de cartografía. Un reciente y entusiasta canto de alabanza a las nuevas técnicas informáticas (Taylor, 1985), 11evaba con emoción al lector a través de la nueva estructura de datos basada en hipergrafos, las estructuras «Quad tree», KBGIS, CPS, Telicharts, AP-GRID, MULTIMAP, GGI, Videotex, chips ULSI, NAPLDS, TELEMIGS, TELIDON y RGB, como alguien que acompañara a un niño por una tienda de juguetes, pero el artículo se olvidó por completo de mencionar un sólo ejemplo o aplicación que pudiera demostrar que ese perfeccionismo técnico servía para algo, que era el medio para un fin, no un fin en sí mismo. Se están produciendo un montón de gráficos preciosos (y muy caros), pero pocos saben qué hacer con ellos aparte de colgarlos en las paredes de los pasillos de los departamentos de geografía. Tengo el terrible presentimiento de que estamos asistiendo a una versión moderna del viejo ejercicio estudiantil de hacer un mapa de aprovechamiento del terreno. Se dedicaban cientos de horas a elaborar detallados mapas con los que nadie sabia muy bien qué hacer una vez que estaban acabados17. Hoy, los estudiantes se pasan largas horas sentados frente a terminales de ordenadores haciendo mapas digitales, corrigiéndolos, elaborando archivos de datos, etc. para producir un mapa deleznable desde el punto de vista estético, cuyas "líneas rectas" están hechas de rayitas diminutas, y cuyo aspecto general depende totalmente de las instrucciones preprogramadas de la máquina. En muchos casos el mismo mapa se podría haber dibujado a mano en la cuarta parte del tiempo18.

Aunque estoy señalando aquí algo que considero un problema claro y acuciante, no quiero dar a entender que la cartografía informatizada es inútil. Por el contrario, puede tener un papel fundamental, y algunos de los lenguajes de software producen gráficos que realmente nos dan una nueva perspectiva sobre ciertos problemas, particularmente de visualización de superficies complejas y tridimensionales. Pero sería bastante sensato colocar un gran cartel encima de cada terminal de gráficos del ordenador de un departamento de geografía que dijera «POR QUÉ ESTA USTED HACIENDO ESTE MAPA?». Se nos está sometiendo a una inundación de datos obtenidos mediante satélites, la mayoría de los cuales ni se usan ni se usarán nunca19. Afortunadamente hay una excepción singular a esta tendencia general en un área de la geografía física que se ha revitalizado gracias al manejo de datos y la revolución de la informática. La climatología, que ha sido casi siempre un campo bastante estático -tanto en el sentido intelectual como por el hecho de estar confinada a aspectos no dinámicos- ha estallado verdaderamente en los últimos diez años, y parece ir a la cabeza en el proceso de ayudar a todos los geógrafos a concienciarse de la escala global en otras áreas de la investigación geográfica.
 

MODELOS GLOBALES: UNA RENOVACION DE LA PERSPECTIVA MACROGEOGRAFICA

Tengo la fuerte sospecha de que nuestra habilidad en el uso de los satélites para registrar información sobre nuestro propio planeta -ese pequeño puntito azul flotando ahí, en la oscuridad- ha creado una revolución conceptual y ética más profunda de lo que pensábamos al principio. En revistas populares, en la televisión, casi todo el mundo ha visto nuestro globo en su totalidad, y la notable fotografía del «amanecer terrestre» que tomaron seres humanos desde la luna nos da una perspectiva que nos hace recapacitar y ser más sensibles respecto a nuestras responsabilidades. No hay fronteras humanas en esas fotos, ni divisiones dentro de la única familia humana, sólo suaves gradaciones de color que van del verde al marrón, sólo los contrastes entre el agua, la tierra y el hielo, cubiertos y descubiertos repetidamente por las idas y venidas de nubes blancas. Es Gaia (Lovelock, 1979), el único hogar que tenemos.

De alguna extraña manera esta perspectiva global y la mayor consciencia que hoy compartimos todos es una perspectiva que los geógrafos han tenido siempre, hasta cierto punto, como parte de su herencia cultural, incluso si a veces olvidábamos que éramos la única ciencia humana (y durante siglos la única ciencia física también) en la que estábamos a veces preparados para pensar en esta escala global o macro-escala. Ocasionalmente, algún historiador extraviado se nos sumaba, pero el etnocentrismo de los historiadores ha sido marcado, y deberíamos admitir además nuestra propia tendencia a mirar de dentro a fuera, del Nosotros al Ellos, desde un punto egocéntrico local o nacional hacia los bárbaros que viven allá en las afueras, definiendo las afueras desde el centro, o sea, Nosotros, claro. Nuestra arrogancia humana es abrumadora y no nos permite ver las posibilidades de otros modos más maduros de percibir las cosas.

En estos momentos se está produciendo un regreso hacia ese modo de ver las cosas. Esos remolinos de nubes no son independientes de los marrones y los verdes de los suelos y la vegetación, ni de los ritmos vibrantes de las mareas estacionales del hielo. Y el suelo, Ia vegetación y las capas de hielo no son en absoluto independientes de las nubes que traen, o dejan de traer, el agua necesaria para la vida. Y siempre hay otro elemento, demasiado pequeño para que lo vean ojos electrónicos o sensores, pero de enorme importancia colectiva. Es, después de todo, la presencia humana la que acaba con los bosques cuando termina la edad del hielo, es la presencia humana la que azota y quema las selvas hoy en día, igual que quema los combustibles fósiles que elevan los niveles de CO2 a alturas nunca vistas en 100.000 años. Es esta misma presencia la que inyecta fluoruro en la troposfera para cambiar el contenido de ozono, mientras arroja DDT sobre una frágil superficie del océano, cargada de plancton... y Gaia responde.

¿De qué manera?

¿Cuál es el sentido humano, las consecuencias para nosotros? Y recordemos que se trata de todos Nosotros, porque ya no existe el Ellos.

La consciencia de la interconexión, la realimentación, la estabilidad, el equilibrio dinámico y el cambio, la consciencia de la preocupación por la presencia humana y la consciencia concomitante de la responsabilidad ética para con el futuro20, todos estos aspectos son la base del cambio de pensamiento hacia la escala global. En ninguna parte se ve esto más claramente que en las recientes tentativas de comprender y representar las complejas interacciones entre la circulación atmosférica y la oceanográfica, y de usar esas representaciones para calcular los efectos a largo plazo que puedan producir los cambios en algunos de los componentes principales y sus relaciones con otras partes del sistema general, global. El dióxido de carbono aumenta, la radiación del espacio exterior desciende, el calor sube, la capa de hielo se reduce, la capa de nubes se extiende, el calor sube (¿o baja?), las cosechas de alimentos aumentan (¿o se reducen?)... ¿quién sabe? El resultado es un esfuerzo mucho mayor por entender estos efectos interrelacionados por medio de la construcción de Modelos de Circulación Global (GCM). En esencia, éstos son simples en el sentido clásico, ya que las ecuaciones diferenciales de movimiento, ímpetu, flujo de calor, etc. se aplican y evalúan secuencialmente respecto a una red de puntos que cubre todo el globo. En términos prácticos son pesadillas computativas, que requieren enormes ordenadores que alcanzan velocidades casi increíbles (billones de bits en la memoria de ferritas, y capaces de cientos de millones de operaciones por segundo), y para calibrarlos se necesitan enormes entradas de datos sobre diversas formas de radiación. No estamos hablando de predicción meteorológica aquí, restringida en la actualidad a tres o cuatro días y a un límite finito práctico de quizás catorce días, cualquiera que sea la información y el poder computativo de que se disponga (Lorenz, 1969). Nos preocupa aquí más bien el producto medio final de los factores meteorológicos, como clima. De momento los GCM están todavia sin perfeccionar, pero los mejores parecen dar resultados razonablemente plausibles. Una gran proporción del presupuesto de la instrumentación para futuros viajes espaciales (asi como satélites completos designados exclusivamente para obtener datos atmosféricos y oceanográficos: NASA, 1986) está destinada a mejorar la base de datos que se puede usar para calibrar modelos mayores y más detallados21. Lo que es necesario ahora es trasladar nuestro pensamiento al campo de las consecuencias humanas del cambio climático a largo plazo y lo que se podría hacer para poner las variables climáticas esenciales en niveles más aceptables -si no es demasiado tarde. Dada la existencia de ciertos efectos umbrales en los que podrían aparecer discontinuidades, estos cambios podrían fácilmente ser significativos para el hombre dentro de ciencuenta o cien años. De modo que no estamos pensando necesariamente en problemas con los que se enfrentarán las personas que vivan dentro de miles de años, sino nuestros propios hijos y nietos. ¿Cuáles podrían ser las consecuencias? Sin duda la expansión de las inundaciones costeras (Henderson-Sellars, 1986), sin duda cambios en la agricultura. Pero ¿Qué... en concreto? Y si no exactamente, ¿qué es al menos «probable»? ¿Y hasta qué punto es probable? Sabemos demasiado poco de la reacción del "sistema" humano-agrícola a la variación climática (Sontia, et al., 1986; Winkler, Murphey y Kurtz, 1983), y muchas de las reacciones analizadas en la historia reciente (digamos en los últimos cincuenta años) se han confundido con otras cosas; por ejemplo los programas intensivos de investigación dedicados a la hibridización de cultivos de grano básicos, una de cuyas finalidades esenciales es la creación de variedades resistentes a la sequía. Si el clima del «Medio Oeste» norteamericano se ha hecho perceptiblemente más seco, a la vez que la investigación agrícola ha producido variedades más resistentes a la sequía, no se podría además aumentar, en vez de reducir, el cultivo de trigo y maíz? ¿Y qué hay de las reacciones de los agricultores ante las fluctuaciones de los precios? ¿Y ante los programas de subsidios agrícolas? ¿Y ante la fluctuante demanda de la exportación? ¿Y ante...? Todo parece estar interrelacionado.

Esta recién encontrada habilidad (o quizá debiéramos decir recuperada, o recobrada) para contemplar la tierra como un sistema total no está restringida a la variación y el cambio climático, aunque nuestra concienciación de la circulación atmosférica se ha acentuado desde el transporte radioactivo del desastre de Chernobyl22. Pensar a escala global también agudiza nuestra concienciación de las interconexiones de los sistemas humanos -el económico, el politico, el educativo, etc. Pensar sobre la primera y la segunda guerras mundiales, sobre el centro y la periferia, sobre los ricos y los pobres, obliga de verdad a adoptar una visión global, a ser consciente de las relaciones y conexiones que transforman las formas tradicionales de localización en espacios relativos de coste, cultura, lengua e ideología, espacios en los que el término «distancia» puede adoptar otros significados, radicalmente transformados. Yo me atrevería a mantener que ésta es la perspectiva del geógrafo contemporáneo, una perspectiva en la que sólo él o ella tiene los antecedentes disciplinarios que pueden iluminar y dar información sobre este aspecto particularmente humano de nuestro mundo. Y sin embargo, a pesar de toda nuestra creciente sofisticación metodológica de base técnica, cada vez parecemos saber menos como geógrafos del sistema global en términos humanos, aunque las fuentes de datos nunca han sido tan abundantes23.

Esto resulta desconcertante, porque lo que podríamos llamar la «macrotradición» es una tradición antigua y honorable dentro de la geografía humana, entre otras cosas, porque los mapas siempre nos han dado una visión general, holística, del espacio, una vista de pájaro, «desde arriba», que ninguna otra ciencia humana poseía en el mismo grado. El mismo problema, a escala algo menor, continental, es evidente en la Europa actual. A pesar del Mercado Común, y de niveles de integración entre países que hubieran sido impensables hace cincuenta años (aunque quizás no tanto hace 1700 años), pocos geógrafos (y, del mismo modo, pocas personas de otros campos) intentan ver Europa como un todo, aunque vista desde ese satélite antes mencionado no se observa frontera alguna. Exceptuando quizás una, esa franja de alambre espinoso, terreno minado, puestos armados, torres de control y el muro de Berlín, que constituye la más horrible división que Europa haya vivido nunca. Esa grieta, esa falla en la fisiografía humana se puede ver ahora en las más modernas imágenes de alta resolución accesibles a la población civil.

De todos modos, a pesar de la existencia de esa división ideológica, totalmente inhumana, Europa sigue siendo Europa, y aquellos a quienes nos tocó vivir en el «mundo» del extremo continental -las penínsulas e islas de los iberos, los lusitanos, los anglosajones, los nórdicos y los celtas- deberíamos recordar dónde estaba el centro de Europa antes de nuestros propios, y ya agonizantes, días de esplendor. Durante toda la historia, las tribus de Europa han hecho alarde de una trágica capacidad para la fragmentación y el odio, pero todavía hoy muchas de las palabras que expresan nuestra humanidad diaria apuntan a ese tronco indoeuropeo común del que somos las ramas. ¿No sería magnífico que los geógrafos jóvenes se reunieran y trabajaran juntos en busca de una iluminación común de Europa en términos geográficos contemporáneos?24. Hoy en día tenemos la tradición de ver las cosas «como un todo», la capacidad conceptual de una nueva visión geográfica que ayude a otros a pensar en los espacios relevantes y relativos, y la habilidad técnica para transformar esas ideas en análisis detallados y en representaciones espaciales concretas. ¿No sería posible asociarnos en una tarea común de investigación geográfica, de tal modo que para 1992 pudiéramos ofrecer una perspectiva global de la «vieja Europa» a la vez que celebramos el 500 aniversario de la «nueva Europa»?

Una visión holística como ésta de la Europa contemporánea no debiera confundirnos, porque la investigación no implicaría un olvido del resto del mundo. ¿Cómo podría hacerlo si el inglés, el español, el portugués y el francés se han convertido en las lenguas de prestigio de gran parte de ese mundo? Tampoco implicaría una homogeneización conceptual de Europa, que borrara o ignorara la individualidad regional, cultural y paisajística. Lo que es más, si pensamos en la visión europea como el nivel N en una jerarquía de escalas humanas y espaciales, veremos, apreciaremos y respetaremos más profundamente el nivel N+1 de Europa en un mundo más extenso, y el nivel N-1 de las Castillas, Eslovaquias, Cataluñas, Bretañas, Bohemias, Gales, Suavias, Bavieras, Escanias, Mezzogiornos, Laponias, etc., que crean la Europa del nivel N con sus variedades regionales, culturales, políticas y lingüísticas. «Conócete a ti mismo», rezaba el dicho socrático que compartimos todos aquellos que participamos de la herencia griega. Pero como geógrafos sabemos que «conocerse a uno mismo» es conocerse a muchos niveles jerárquicos, y que todos son necesarios para una vida plenamente consciente y responsable. Si nos centramos exclusivamente en los niveles N-1 o N-2, o región y micro-región, se pierde la noción de un mundo y un escenario mayores, de los que somos una parte. Si nos centramos exclusivamente en el nivel N+1 del mundo como un todo, perdemos toda la individualidad que nos hace diferentes. Llegamos así a la simplista visión homogeneizadora dictada desde el Órgano Central del Partido, o a un mundo «coca-colarizado» y «punk-rockizado» hasta el punto de la semejanza material y la sumisión cultural. Como geógrafos, debemos estar preparados para vivir en la tensión de esos niveles jerárquicos, y ayudar así a otros a ver las partes y las totalidades. De no hacerlo así, es preferible abandonar y seguir el ejemplo de esos economistas que creen en un mundo sin espacio y que se preguntan cuántos precios pueden bailar en la cabeza de un alfiler.
 

LA TENSION DEL PENSAMIENTO GEOGRÁFICO

La yuxtaposición que presento, que confronta la tradición cuantitativa-técnica-computerizada con la idea de aprender algo sobre nuestra humanidad desde nuestra propia perspectiva geográfica es bastante deliberada. Es una yuxtaposición y confrontación que refleja muchos de los avances de los últimos treinta años en nuestro campo, y que, en su sentido más positivo, puede llevar a ese tipo de diálogos intelectuales que caracterizan la geografía como el campo más atractivo de todas las ciencias humanas actuales (Gould y Olsson,1982). En su sentido más negativo puede llevar al cisma, a la mezquindad mental, a la estrechez de miras y a las penosas pretensiones de poseer la verdad que siempre caracterizan al pensamiento que se ha encerrado en sí mismo, que ha buscado su propia cárcel, que ha escogido algo cercano a la revelación cuasireligiosa, que ha estado dispuesto a pagar cualquier precio por la comodidad de un sistema, cualquier sistema, que parece responder todas las preguntas. Una vez que nos restringimos a un marco y una perspectiva exclusivos, y consecuentemente a la verdad que siempre se encontrará dentro de ese marco, estamos perdidos, perdidos como geógrafos, y perdidos como auténticos seres humanos. El pensamiento, el de verdad, siempre se da dentro de un horizonte que es históricamente contingente, pero aspira a expander esos horizontes, a pensar más allá de ellos, a no descansar dentro de un sistema de pensamiento que lo confina y lo limita a una visión única.

Y, una vez más, «pensar sobre la geografia» nos lleva a «pensar sobre el pensamiento». Lo que quiere decir que hemos aterrizado de plano en la más vieja de las tradiciones, la filosofía, y la condición de la posibilidad que nos permite pensar sobre el pensamiento, reflexionar sobre lo que somos y lo que hacemos. Lo que hemos visto en lo mejor de la discusión geográfica de la última década es una firme resolución de renovar esa vieja unión con la tradición filosófica, que es en definitiva un elemento constitutivo de la tradición occidental en general. En el medio de una universidad, cuyo propio nombre sugiere una unidad de intereses y propósitos intelectuales, nos descubrimos a nosotros mismos metidos en una estructura fragmentada de compartimentos inconexos, compartimentos que se subdividen en otros compartimentos cada vez más especializados. En estas circunstancias familiares, cotidianas, es difícil recordar que fue la filosofía la que sirvió de base a la ciencias físicas (o «filosofía natural», como se las solía llamar) que surgieron en el siglo XVII, a las ciencias de la biologia que aparecieron en el XVIII y a las ciencias humanas, que se separaron en disciplinas diferentes en el siglo XIX. Me atrevería a afirmar que hemos pagado un precio demasiado alto por esa falta de conexión, entre otras razones porque se nos podría olvidar por completo la idea de que puede ser necesario reflexionar sobre lo que hacemos y pensamos dentro de uno de esos compartimentos disciplinarios. Olvidar esa necesidad en el reino de los mundos físico y biológico es triste, porque el pensamiento se encauza por rutas aceptadas, e incluso «aprobadas» por las editoriales. Pero olvidar esa misma necesidad en el reino de lo humano es aún más grave, porque aquí nuestra investigación se refiere siempre a nosotros mismos -«hemos encontrado al enemigo, que somos nosotros».

Es imposible analizar aquí todos los temas de interés y preocupación, pero conviene quizás mencionar dos áreas generales que parecen encerrar en sí mucho de lo esencial de los debates actuales, a la vez que plantean la una a la otra problemas de difícil solución. Eso, claro está, a no ser que se haya hecho profesión de fe con alguna de ellas. De todas las reacciones y «contrarreacciones» que se han dado ante lo que podríamos llamar, aunque pecando de inexactos, la división positivismo/humanismo25 surgen dos preguntas fundamentales: 1. ¿Existe un esquema o sistema teórico general que pueda iluminar y que nos permita comprender la condición del hombre contemporáneo en su enclave espacio-temporal? y 2. ¿Qué implica el estudio científico de la condición humana, incluída la típica matematización? Por supuesto, habrá quienes por convicción, pereza o mero agotamiento intelectual, dirán que esas preguntas ya no tienen interés. Esos, sin lugar a dudas, mirarán con recelo y desconfianza a los que están demostrando claramente su propia ingenuidad al preguntar tales cosas. Si estás en posesión de la verdad (quizá deberíamos decir La Verdad), ya sea una teoría social o una metodología matemática, no puedes sino ser condescendiente con aquellos que todavía están buscando el camino, la verdad y la luz. Y claro, esos son tu camino, tu verdad y tu luz ¡Demos gracias a Apolo por ello! ¡Pobre de mí!, yo soy un niño inocente, ingenuo e ignorante, y sigo preguntándome por qué ese emperador tan tonto siempre se pasea sin llevar nada de ropa.

Una de las más pujantes tendencias de la geografía actual es la de incluir la investigación de la geografía humana en el marco más amplio de la teoría social. Algunos ven esto como una necesidad para inyectar las dimensiones geográficas del espacio, y las preocupaciones espaciales subsiguientes, en las teorías políticas, económicas y sociales que han ignorado tradicionalmente estas dimensiones fundamentales de la existencia humana (Giddens, 1977, 1979, 1981). Otros ponen énfasis en la tendencia opuesta, infundir la investigación de la geografía humana de una profunda preocupación por las dimensiones sociales, económicas y políticas que con demasiada frecuencia se han olvidado. Otros dirían, en mi opinión con mucho acierto, que esos dos aspectos no son sino dos caras de la misma moneda, enfoques diferentes que pretenden llegar a una misma concienciación espaciotemporal en la investigación de la condición social (Gregory, 1984; Gregory y Urry, 1985; Pred, 1982; Soja, 1983, 1985; Harvey, 1985; Giddens, 1985; Johnston, 1986). En resumen, un estudio geográfico no tiene sentido si se ignora el marco más amplio de lo socio-económico, del mismo modo que un estudio socio-económico no tiene sentido si se ignoran las circunstancias sociales y el enclave geográfico espacial. Todo esto parece tan absolutamente obvio que uno se pregunta por qué les llevó tanto tiempo a los geógrafos y a los teóricos sociales llegar a semejante punto de partida para emprender su tarea común. Y no cabe duda de que algunos aún no han llegado. La ignorancia y la «falta» son mutuas26: los geógrafos han tendido a vivir vidas protegidas y de miras estrechas27, y los teóricos sociales han tendido a adoptar una posición en la que simplemente no sentían la necesidad de tomar en consideración las dimensiones espaciales .

Dentro de la teoría social, la información más destacable nos viene de la mano del marxismo, y, en tanto en cuanto está basada en la indignación moral de Marx, su influencia ha sido enorme. Hace treinta años era difícil encontrarse en la investigación geográfica a alguien que cuestionara el orden social, un orden social que producía enormes contrastes en los ingresos, lo que daba como resultado un acceso diferencial a los servicios sanitarios, la educación, la vivienda y la alimentación -la «economía de bienes básicos»-tanto entre unas naciones y otras como dentro de cada una de ellas. Al intentar encontrar una explicación a tales contrastes, resultó natural volverse hacia el corpus teórico del siglo XIX para buscar un sistema, una estructura teórica que pudiera dar cuenta del horror humano que se contemplaba, y que tantas veces se aceptaba, en el medio de las revoluciones industriales de Inglaterra, Francia y Alemania. Moralmente indignado, Marx investigó las causas y los mecanismos profundos que dieron lugar a tales condiciones, en una época en que muy pocos podían siquiera ver el problema.

No es este el lugar apropiado para examinar todos, ni siquiera la mayoría, de los postulados de la posición marxista (Gould, 1986a), pero, dentro de la postura filosófica de mantener receptivo el pensamiento, vale la pena señalar una dificultad fundamental. Se trata simplemente de que la adopción de la posición marxista conlleva algo que se parece a un acto de conversión religiosa. Por supuesto, un marxista negaría, incluso con vehemencia, esta afirmación, defendiendo que la adopción de la posición marxista y sus conceptos teóricos constituye un acto de raciocinio, no de fe. Pero sus argumentos nos recuerdan con demasiada frecuencia los esgrimidos por un jesuita del siglo XVII tratando de convencer a un pobre campesino de que el universo es como un gran reloj, de que todo sucede de una manera ordenada e inevitable, porque el relojero hizo el universo de esa manera. La «armonía de las esferas» es un concepto puramente mecanicista.

El ejemplo no pretende ni ser gracioso ni ofender. El hecho es que tanto los argumentos marxistas como los argumentos teológicos simplistas están basados en una visión mecanicista que traicionan continuamente tanto Marx como sus seguidores en el siglo actual (Johnston, 1986). Tengamos algo muy en cuenta: la finalidad de la reflexión filosófica no es condenar las bases del pensamiento mecanicista, sino comprender cuáles eran, y siguen siendo, las condiciones de la posibilidad de tal pensamiento para obtener una visión mecanicista de la sociedad y el cambio social. Si estamos dispuestos a seguir pensando sobre esto, observamos que Marx fue claramente hijo de su época, que en cierto modo la teoria marxista no podría ser distinta de lo que es, y usar el término «hijo de su época» no implica ningún tipo de condescendencia: todos somos siempre hijos de nuestra época (Gould. 1986).

Imaginémonos a Marx metido en ese mundo de la industrialización de principios a finales del XIX. Es un «mundo» en el que Kant acaba de intentar sentar las bases de la razón pura y práctica, bases que han servido a Hegel para construir uno de los sistemas de pensamiento más ponderables que haya visto Europa. Este sistema, hecho de hierro, donde cada pieza lógica tiene su lugar, podría erigirse perpetua y eternamente como la estructura dentro de la cual se podría buscar la Verdad -y encontrarla. Harían falta más de cien años para que alguien se diera cuenta de que Schelling ya estaba cercenando sus vigas con el soplete soldador de su propio pensamiento al mismo tiempo que la estructura se erigía en toda su gloria (Schelling, 1909, 1936; Heidegger, 1985). Era también un mundo en el que el hombre casi había triunfado sobre la Naturaleza, en el que techne había sustituido a physis28. El mundo de Newton, elaborado y extendido por Boltzmann, Maxwell y muchos otros, se había mantenido durante 200 años, y a finales del XIX muchos físicos pensaban que sólo se trataba ya de hacer unos pocos ajustes, de encajar las pocas piezas que quedaban sueltas. Una vez hecho eso, el trabajo de los físicos estaría esencialmente acabado29.

¿Qué podría hacer en esa situación un hijo de ese «mundo», al tratar de comprender y explicar las terribles consecuencias humanas y la miseria que veía a su alrededor? Crear un sistema mecanicista y enunciar las leyes de la historia humana, conceptos acordes con la mecánica y las leyes del mundo físico. Ese sentido del mecanicismo, y la ley concomitante que hace caminar a la condición humana inexorablemente por un camino teleológico hacia el suceso escatológico, existe hoy en día. Quizás incluso más acentuado, en un mundo de «tecnicidad» que no permite apenas cuestionarse la conveniencia de tal visión mecanicista. Los herederos, los verdaderos herederos intelectuales de Marx, no son necesariamente los que se dicen a sí mismos marxistas, sino los que hacen representaciones matemáticas y los practicantes de la llamada «inteligencia artificial», que creen en la reducción de la sociedad humana a la formulación y la expresión mecanicista.

Los postulados mecanicistas de la posición marxista provocan a veces fuertes tensiones entre los que han escogido tal estructura teórica como guía de su trabajo erudito. En primer lugar, la investigación, que debería ser búsqueda abierta de la verdad, se transforma con frecuencia en algo cada vez más parecido a un acto de exposición30. Para aquellos que creen estar en posesión de la Verdad, la mayoría de las conclusiones se «conocen» antes de empezar la investigación, y lo que se observa se puede seleccionar cuidadosamente para confirmar esos resultados preconcebidos (pero siempre, claro está probados por la teoría). El resultado es una distorsión de la erudición, que se descarta como poco importante porque, después de todo, no es sino «erudición burguesa». Esto nos lleva a un segundo problema: el lenguaje, en el que pensamos y existimos, se usa demasiado a menudo para ocultar, por medio de la omisión31. No hay necesidad de concentrarse en un caso particular concreto, ni de preocuparse si entra en contradicción con nuestra estructura teórica (Gore, 1984)32. Dado que estamos en posesión del sistema verdadero, las excepciones sólo son aparentes, y existen únicamente porque no se las observa «correctamente». No se puede permitir una interpretación que pueda cuestionar en lo más minimo la base teórica. Como señaló un distinguido antropólogo económico en otro contexto, «... Ia función de la investigación es el engrandecimiento de la teoria» (Hill,1986. p.31).

La perspectiva marxista también provoca otras dificultades. Si uno cree de verdad en las leyes decimonónicas de la historia humana, sólo queda esperar el acontecimiento escatológico de la revolución como los primeros cristianos esperaban la Segunda Venida (Blumenberg, 1985). La única gran diferencia es que este acontecimiento sería revelado por la infinita sabiduría de Dios (y consecuentemente convendría estar preparado, por si acaso), mientras que el anterior se basaba en un sistema mecanicista cuasi-hegeliano que, por lo tanto, permitiría un cierto grado de predictibilidad. El resultado es que encontramos a geógrafos de esta tendencia intelectual calculando como locos proporciones históricas de beneficios y examinando esas cifras como si fueran antiguos augurios, para predecir el total derrumbamiento del sistema económico actual. Parece ignorarse el hecho de que las proporciones de beneficios han sufrido cambios cíclicos históricamente. Se ignora igualmente la capacidad del sistema económico de adaptarse y modificarse a sí mismo, de tal modo que hablar del capitalismo actual como si fuera un sistema decimonónico único, identificable y nunca reconstruido, implica un olvido de sus enormes adaptaciones y cambios, de su variedad y complejidad. Lo que sí está claro es que en muchos casos las personas, las sociedades, las regiones y los países son cada vez menos capaces de escoger por si mismos lo que les interesa. Las viejas áreas industriales del Reino Unido y de Estados Unidos, por ejemplo, parecen tener poco control sobre las decisiones que afectan a las oportunidades de empleo de los habitantes de la zona, porque muchas decisiones, relacionadas con la nueva inversión, puede que se tomen a miles de kilómetros de allí. Incluso en un mundo altamente interrelacionado, pocos, o nadie, ven las consecuencias, y a algunos ni siquiera les importa. La alternativa existente, la propiedad estatal de todos los medios de producción, no parece resolver gran cosa, a juzgar por el modelo soviético. Incluso ahí, las decisiones centralizadas y la increíble ineficacia de la burocracia parecen estar llevando hacia cierta experimentación con un grado mayor de descentralización y preocupación por la eficacia. Lo que es más grave, esos regímenes parecen requerir para su existencia un aparato policial que suprima eficazmente cualquier disensión, si es necesario por las armas, como han demostrado Budapest (1956). Praga (1968), Gdansk (1980) y Varsovia (1986). Es difícil encontrar el camino, la verdad, la luz.

Esta dificultad de organizar, dirigir, controlar y predecir economías, naciones y regiones ha llevado incluso a algunos geógrafos de tendencia fuertemente marxista a dar marcha atrás para alejarse de las pretensiones de la predicción (Johnston, 1986), aunque sus escritos estan aún, contradictoriamente, saturados de las palabras «teoría» y «mecanismo». Parece que las categorías decimonónicas sirven muy bien para explicar a posteriori, y consecuentemente iluminar, las condiciones del siglo XIX, como ha mostrado brillantemente Harvey (1986a, 1986b), pero, ¿no será así porque Marx las consideró y formuló cuidadosamente, prestando atención a ese mundo del XIX que le tocó vivir, en vez de tratar de explicar ese mundo con conceptos del siglo XVII? ¿Tenemos aquí acaso una lección que convendría aprender?

Pero la dificultad con que se enfrenta la teoría marxista hoy en día a la hora de predecir acontecimientos, y la creciente tendencia a negar a la teoría todo tipo de predictibilidad específica plantea problemas aún más profundos. Estos problemas no se pueden plantear dentro del ámbito de la misma teoría social, porque la teoría social no contiene en si la capacidad de reflexionar sobre sí misma, como la física no puede reflexionar sobre sí misma (Heidegger, 1977b). Este «mirar de afuera a adentro», esta cuidadosa reflexión es en esencia la actitud filosófica, que se concentra en las condiciones de la posibilidad y en el significado de conceptos tales como la teoría y el mecanicismo en el reino humano.

Así llegamos a nuestra segunda pregunta: ¿qué significa analizar la condición humana de un modo científico, un modo que implica el uso de la matematización para formalizar la tan repetida visión mecanicista de la sociedad humana? Ésta es una pregunta amplísima y sólo podemos comentar aquí uno o dos de los problemas que plantea. En primer lugar, el significado de la palabra «teoría» nos viene dado hoy en día por las ciencias físicas. Hablamos, correctamente, de la teoría newtoniana clásica, de la teoría de la relatividad de Einstein, de la teoría cuántica, etc. Tales teorías dicen predecir el curso de grupos limitados de acontecimientos del mundo físico -los movimientos de los planetas, los efectos gravitatorios a escalas astronómicas y los efectos de partículas subatómicas a escalas cuánticas. Para que la «teoría» tenga sentido, debe tener algún poder de predicción; si no, se la considera inútil y se prescinde de ella. Sin duda, el poder de una teoria, y su aceptación por parte de los científicos, depende de su capacidad para predecir y poder confirmar tales predicciones mediante la observación. Marx llegó a esa misma conclusión por razones que ya hemos visto. En consecuencia, el uso de la palabra «teoría» en el campo de lo humano debería tener el mismo significado. Una teoría social, particularmente una saturada de conceptos mecanicistas, debería ser capaz de hacer predicciones en el mundo humano y de confirmar o negar su validez con la confrontación de tales predicciones mediante la observación. Si no es así, estamos dando significados diferentes a la misma palabra, lo que hace la discusión imposible.

Lo cierto es que no conozco ninguna predicción de ninguna teoría social, ya sea marxista o de otro tipo, que haya sido confirmada, ¿podria algún lector ayudarme, ofreciéndome una lista de ejemplos concretos y confirmados?

¿Cuál es la dificultad en la predicción, y cuál es el significado de «teoría» en las ciencias humanas?33 Vamos a señalar brevemente tres de los aspectos que plantean estas preguntas. Primero, tendremos que recuperar la concepción de las matemáticas como un «lenguaje» descriptivo, un lenguaje apropiado para describir lo que realmente existe, en lugar de convertir el mundo humano en estructuras matemáticas diseñadas originalmente para la descripción del mundo físico de las cosas. Si describimos el mundo humano con las formas funcionales de las matemáticas, diseñadas para la mecánica celeste, estadística, continua y cuántica, el mundo humano resultante tendrá una apariencia, sólo apariencia, mecánica. La elección de un «lenguaje» no le permite tener otra apariencia. La matemática funcional es la matemática del mecanismo, lo cual es lógico, pues se la desarrolló y extendió con esa finalidad. En todas sus formas, lo que dice es: «girese la manilla a la derecha de la ecuación y la manilla izquierda deberá cambiar de modo fijo, predeterminado». Esa idea implícita de engranajes y ruedas dentadas es precisamente lo que subyace al mecanicismo (Gould, 1985b).

¿Qué hacemos entonces en el mundo humano, autorreflexivo, donde tenemos la capacidad, ya sea individual o colectivamente, de tomar en consideración cualquier descripción funcional de nosotros mismos, y cualquier ley que ésta conlleve, y de romper ese mecanismo, romper esa ley simplemente para demostrar nuestra propia humanidad, para mostrar que no somos «cosas»? La fuertemente limitada función matemática reduce lo que pretende describir a su propia y limitada forma, no puede, en el campo de lo humano, describir lo que existe. Aquí la función tiene que dar paso a las más amplias aplicaciones y relaciones34. Pero el problema de la construcción de la teoría, ya la expresemos matemática o verbalmente, es aún más profundo. Para llegar a ver estas dificultades más profundas tenemos que entrar en cierta abstracción, pero que iluminará un problema y una contradicción con los que se ha de enfrentar cualquier teoría de las ciencias humanas si queremos que el término «teoría» posea un significado científico único y común. Aquí es necesario leer con atención y pausadamente.

¿De qué debería ser capaz una «teoría» para tener sentido? Debería, partiendo de una sucesión de acontecimientos (por definición, siempre histórica) ser capaz de encontrar un orden y coherencia tales que sea posible una descripción más sucinta. Si una sucesión de acontecimientos es fortuita, entonces, tautológicamente, no hay orden o norma, y no es posible una sucesión más sucinta. La sucesión de acontecimientos no puede ser distinta de como es. En breve, es de complejidad máxima (Kolmogorov, 1968; Chaitin, 1974; Berlinski, 1986; Gould, 1986). Pongamos por caso la aplicación de una sucesión de acontecimientos del mundo humano en el tiempo y en el espacio sobre una cadena binaria S,035:

S= 1 0 1 1 0 1 0 0 1 1 0 1 . . .

Surge la pregunta siguiente: podemos encontrar una cadena más corta D que se pudiera usar, como las instrucciones en un ordenador, para generar S? En otras palabras:

D= ?--->?--->S= 1 0 1 1 0 1 0 0 1 1 0 1 . . .

Si hubiera algun orden en S seríamos capaces de encontrar tanto la cadena más corta de instrucciones D como las reglas de computación, y éstas probablemente constituirían una teoria significativa acerca de la cadena de acontecimientos observada. También nos permitira predecir con cierta seguridad, más que dejándolo al azar, el curso futuro de S. Quizás:

D = 1 1 0 1.........................................S=1 O 1 1 O 1 O O 1 1 O 1 . .
Sin embargo el caso inverso no se da. Si no encontramos una cadena más corta D, esto no significa necesariamente que S sea casual, desordenada o de complejidad máxima, y no podemos probar recursivamente que S sea casual.

En las ciencias que se ocupan de las cosas físicas, las cadenas D son presumiblemente los términos de entrada («input terms») para los informes funcionales que computan las salidas ("outputs") (F = ma, e = mc2, S = ut + 1/2 at2, etc.) Tales especificaciones implican un alto grado de predictibilidad en las cadenas S, y calificamos las instrucciones del cómputo de «leyes». En las ciencias que se ocupan de los seres humanos, también examinamos las cadenas S de acontecirmientos, y buscamos cadenas D más cortas para computarlas. Pero no con mucho éxito. Y esto es particularmente cierto en la economía: la disciplina que se autoproclama como la ciencia del cálculo por excelencia aún habla a la manera decimonónica de «leyes» y sin embargo es incapaz de predecir nada importante sobre el futuro de una economía. Otras ciencias humanas también aspiran a tales poderes de adivinación, pero en general producen todavía menos iluminación. Es una tarea incómoda tratar de enumerar ejemplos de predicciones razonables en las ciencias humanas.

Es interesante e importante a la vez preguntarse por qué la predicción por medio del cómputo fracasa en las ciencias humanas. Aparte de la capacidad humana de reflexionar sobre sí misma individual o colectivamente, y, consiguientemente, de invalidar cualquier conclusión computativa y su cadena de entrada, quizá la razón sea que los acontecimientos humanos son de complejidad máxima. Esto significa que una cadena S no se puede reducir a otra más corta D. No puede ser otra que la que es, y, como tal cadena de complejidad máxima, sólo se puede computar con otra cadena de complejidad máxima. Desgraciadamente para aquellos que buscan cadenas D en las ciencias humanas, se puede demostrar que para una cadena de acontecimientos razonablemente larga, digamos n, cualquier cadena D más corta que la pudiera generar será mínimamente más corta, por lo cual carecería de interés. Además, el número de cadenas de complejidad máxima será abrumador.

Me parece que sólo nos queda un punto más a tener en cuenta: la selección misma que se hace para restringir la observación a un número muy limitado de acontecimientos con participación humana. Tal selección inicial constituye, en el más puro sentido matemático, una relación, un acto de especificación que lleva elementos de S -->S', mientras que cualquier agregación («aggregation») constituye una aplicación univalente («many-to-one») de S' -->S". Tales relaciones y aplicaciones ya de por sí constituyen reducciones poderosas, violentas incluso, que son arbitrarias y artificiales en el estricto sentido de que son puras conceptualizaciones humanas emprendidas contingente e históricamente. Son éstas las que producen las cadenas S'' observadas. Si no encontramos ahora las correspondientes cadenas D" y cómputos que las generen, ¿qué es exactamente lo que estamos computando y prediciendo? No podemos volver a S' ó S, porque no existen los inversos. ¿Representamos entonces con nuestra D" el «no-desorden» que hemos impuesto con nuestra restricción de la observación? ¿Acabamos entonces representando la regla de reducción de la selección observacional produciendo estructuras simplificadoras sobre las que aplicamos los datos selectivamente? ¿No estamos representando con matemáticas mecanicistas las aplicaciones ordenadoras de nuestras propias selecciones? En resumen, no estamos andando en círculos al matematizar nuestras propias y limitadas percepciones de un mundo de complejidad máxima? ¿No será que, por ejemplo, los marxistas predicen la llegada de una revolución inevitable porque han escogido atender sólo a un conjunto muy limitado de acontecimientos y observaciones, y pensar sobre esas observaciones limitadas dentro de un marco mecanicista que les venía dado, comprensiblemente, por un mundo decimonónico saturado de las leyes y la mecánica newtoniana (Harvey, 1982)?
 

LA DUDA COMO MEDIO PARA LA VERDAD

He escogido deliberadamente dos entre muchos posibles temas de la geografia humana contemporánea, para reflexionar sobre ellos de un modo filosófico no comprometido, aunque ciertamente no desinteresado, con la intención de despertar una problemática en cada uno de ellos que, curiosamente, pudiera ser la base de ambos. En todo proceso de representación matemática (al menos en aquellos que utilizan modos de cálculo convencionales), y en toda teoría social (al menos en aquellas que utilizan la palabra «teoría» con sentido), el mecanicismo aparece inmediatamente. De ahí viene mi aparentemente sorprendente afirmación de que los verdaderos herederos intelectuales de Marx son los que se dedican a las representaciones matemáticas. Los escritos de muchos geógrafos de orientación marxista están saturados de terminología como «estructura» y «mecanismo», y frecuentemente parece haber una equivalencia directa, o al menos una fuerte afinidad conceptual entre ambos términos. Johnston (1986, págs. 24-24, 49), por ejemplo, hace equivaler ambas palabras al «modo capitalista de producción» y dado que dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí (Euclides, en torno al año 300 a. de C.), debemos interpretar que se está dando el mismo significado a dos palabras diferentes (Gould, 1987b). En aparente contraste, pero paradójicamente en íntima relación, las limitadas formas funcionales matemáticas hacen encajar el mundo humano en un marco que se creó originariamente para describir los mecanismos del mundo físico, es decir, del mundo material. Un auténtico materialista histórico no debería tener problemas con esto. El mecanicismo los justifica a ambos, y vemos, una vez más, la vieja problemática del determinismo frente a la libertad, que sigue influyendo en el debate del individuo frente a la sociedad.

¿Es posible trascender estas dicotomías que hacen encajar las enormemente complejas cuestiones planteadas en la geografía humana en uno u otro de los compartimentos estancos del siglo XIX? El pensamiento que se resuelve en dicotomías es, por definición, un pensamiento bipartito. Por mera conveniencia intelectual se desmembra y divide una realidad altamente compleja e interconectada en dos piezas inconexas, y después se las confronta mutua y antagónicamente. Así tenemos rico frente a pobre, trabajador frente a proletario, tercer mundo frente a primer mundo, centro frente a periferia y, en la geografía humana, científico frente a humanista, marxista frente a «tradicionalista», incluso geógrafo humano frente a geógrafo físico. Mientras tanto, la ciencia se transforma en cientifismo, la preocupación por el hombre en humanismo (Heidegger, 1977c), la preocupación marxista en marxismo y así sucesivamente. En cuanto aparecen esos -ismos, explicitamente o, como ocurre frecuentemente, disfrazados, pero implícitos, el pensamiento se encierra en sí mismo hasta el punto que «pensar sobre el pensamiento» deja de ser una característica de la tarea geográfica.

Y si aún no es completamente posible trascender esas dicotomías, ¿podríamos al menos esforzarnos por llegar a una comprensión más auténtica, evitando en la tarea descriptiva cuantas preconcepciones apriorísticas sea posible y dando paso, en un modo auténticamente fenomenológico, a «lo que ha de brillar»? Esta expresión heideggeriana no es suave ni mística36, sino dura como el diamante. y reconoce el acto hermenéutico de la interpretación en todo acto de la investigación humana, ya se la califique convencionalmente de científica o de humanística. Todos hacemos interpretación de texto, y pretendemos convencer a otros de la verdad de nuestras interpretaciones (Gould, 1982b). Y, ya se nos llame convencionalmente científicos o humanistas, usamos la retórica, en el sentido antiguo y honorable de intentar persuadir a otros de la verdad de nuestra interpretación (Sugiura, 1983). Pero nuestro objetivo es la verdad, y la piedra de toque de la verdad es aquella que es ya sea en el corazón de la sociedad o en el corazón del átomo. Encajonar la realidad humana en una teoría del siglo XIX, o representarla con una forma funcional limitada, sólo permite ver lo que piden los mecanismos de tales perspectivas.

¿Qué pedimos nosotros, entonces? En primer lugar, un respeto por la complejidad del mundo humano en su enclave físico, un respeto que nos haga humildes y que nos permita decir «No lo sé... quiero investigar y comprender». Muchos, convencidos de la verdad de su versión particular, olvidan la humildad, y pretenden que los mundos físico y humano encajen en sus moldes, en las formas ordenadoras que les han preparado de antemano. No es ninguna sorpresa que la dulce theoria griega se tradujera con la altiva forma romana contemplatio. En segundo lugar, pedimos que se insista en que todas las nociones de estructura se hagan explícitas, operativas y claramente definidas. De no ser así, seguirán perteneciendo a la confusa jerga de las campañas políticas o de las charlas de salón. Una explicación tal sólo es posible por medio de un pensamiento riguroso, una voluntad de admitir que estructura quiere decir conexiones entre cosas, y por lo tanto, relaciones en y entre conjuntos. Sólo entonces, cuando se hayan definido los conjuntos y las relaciones podremos realmente empezar con las preguntas del tipo «¿Qué pasaría si...?». Las geometrías abstractas y multidimensionales así definidas pueden prohibir y permitir, pero nunca, en el mundo humano, requerir. Lo que necesitamos para que nos ayude a recapacitar e iluminar el mundo humano es la más dúctil matemática descriptiva de la estructura, no la demasiado simplista matemática del cómputo mecanicista. En tercer lugar, la tarea de la descripción del mundo humano debe estar infundida de una preocupación, un interés que esté basado en lo que es parte constitutiva del ser humano -la responsabilidad («care»)- (Heidegger, 1962), porque sin responsabilidad, ¿en qué sentido podremos decir que somos verdaderamente humanos? El proyecto geográfico requiere respeto, un pensamiento riguroso y responsabilidad. Basado en esas características puede llevar a los teóricos sociales a reflexionar de nuevo sobre sus moldes apriorísticos, al tiempo que dejará a los que se ocupan de hacer representaciones matemáticas sumidos en confusión sin sus matemáticas funcionales. Pero esto no debe desesperanzarnos. Después de todo, ¿es mejor volver a empezar en la ignorancia desde el comienzo, un comienzo que se renueva siempre, o continuar, llenos de autosuficiencia, en la creencia de que nuestro pensamiento es correcto porque ha excavado ya un profundo surco en el paisaje intelectual? Como se señaló antes, esos ríos de pensamiento pueden, a la larga, abrir profundos cañones, pero, al penetrar en ellos cada vez menos luz, sus fondos se hacen oscuros.

Pensar es peligroso y destructivo porque siempre cuestiona los modos de observación aceptados. No son pocos los que en la geografía humana actual desearían que desapareciesen los pensadores y les dejasen el campo libre para asentarse y conducir su investigación y su enseñanza por caminos bien definidos y aceptados, «en los que todo el mundo está de acuerdo». Aquellos que cuestionan las cosas, no pueden soñar con la popularidad, incluso pueden crearse considerable antagonismo con sus preguntas y sus dudas. En mi propio caso, el de alguien involucrado en la llamada «revolución cuantitativa», se me ha dicho que incluso he recibido el tratamiento de «traidor» -a mis espaldas, claro. No menciono esto porque me haga perder el sueño, sino porque demuestra con cuánta seguridad creen algunos en la incuestionable exactitud de ciertos modos de plantearse la investigación geográfica. Mantener el pensamiento abierto, receptivo, provoca claramente una sensación de traición, de que alguien que estaba «de nuestro lado» se ha «pasado al enemigo». También el lenguaje en el que pensamos traiciona nuestro pensamiento. La vida es mucho menos complicada cuando podemos colocar a todo el mundo en compartimentos estereotipados. La apasionada certeza de algunos «geógrafos científicos» sólo se puede emparejar con los que basan su investigación en la perspectiva marxista37, otro modo «verdadero» de observación que se ha de aceptar como la «única perspectiva» -la expresión es de David Harvey, y se repite en su obra de los últimos ocho años, incluído un estridente manifiesto (Harvey, 1984).

Es así que no hay descanso hoy en día para Geographia, acosada por mil preguntas a su alrededor, y sin embargo, ¿quién podría desear de verdad ponerla a domir otra vez, o pedir que se convierta en la compañera exclusiva de Qualifactus, Quantifactus o Karl? Fue una Bella Durmiente durante mucho tiempo, pero ahora está despierta, fresca y llena de renovada energía. Es un momento apasionante para ser geógrafo. En primer lugar, porque muchas de sus preguntas están en la vanguardia de las ciencias humanas. En segundo lugar, porque otros -muchos otros- empiezan a darse cuenta de que la familia humana sólo tiene un hogar planetario. Cómo se organiza ese hogar hoy y para el futuro, lo que pasa en la intersección entre el mundo humano y el físico... son preguntas esencialmente geográficas, que surgen de viejas tradiciones revestidas de un nuevo valor y significado hoy en día. Las consecuencias son de enorme importancia, no sólo para las direcciones y métodos de la misma investigación geográfica, sino para los programas de enseñanza a todos los niveles que están embebidos de esa misma sensación de entusiasmo y renovación.

Es en este punto donde me gustaría concluir, en la cuestión de la enseñanza, porque ésa es nuestra responsabilidad última como geógrafos, enseñar, ayudar a otros a ver y comprender su mundo en toda la riqueza de su emplazamiento geográfico. Esta tarea final plantea responsabilidades igualmente difíciles y serias para la misma investigación, y las rutas a seguir no están claras aquí tampoco, ni son las preguntas más fáciles de responder. Lo que sí está claro es que los antiguos programas basados en la memorización no eran sino una parodia de lo que la auténtica educación geográfica deberíia haber sido (Huckle, 1985; Powell, 1985). La geografía tradicional de «cabos y golfos» probablemente contribuyó a eliminar la curiosidad y el entusiasmo natural de un niño por el mundo tanto como las listas de fechas aniquilaban una curiosidad similar por la dimensión histórica. Pero una primera «reforma» de los programas de geografía desarrollada en las escuelas de Gran Bretaña, una reforma que eliminó gran parte de la geografía regional tradicional para sustituirla por la teoría de los modelos del lugar central, la localización weberiana y los anillos de von Thünen, ha generado hoy una contrarrevolución, una reforma de la reforma (Johnston, 1985, 1986). Hay una renovada tendencia a educar a la gente en toda la diversidad de la familia humana en sus situaciones diferentes y condicionadas geográficamente. En América (y sospecho que también en Europa) hay una abrumadora carencia de un conocimiento básico de otros lugares y otras gentes. Nos enfrentamos con la paradoja de que, a medida que las distancias se acortan, otras gentes y lugares parecen hacerse cada vez más remotos intelectualmente. O, lo que es igualmente peligroso, se categorizan otras culturas basándose en las imágenes superficiales de la televisión, la forma de comunicación humana con el mayor poder de información, pero también con el mayor poder de distorsión38.

Tenemos que encontrar de alguna manera el «punto de equilibrio», un punto siempre móvil, entre el conocimieto de la maravillosa variedad de datos que debería formar parte de la educación geográfica y de la herencia intelectual de todo el mundo y las estructuras formales que nos permiten ver y pensar sobre la organización espacial de la presencia humana. Y lo que es más importante que ninguna otra cosa, debemos recapacitar sobre las consecuencias de la educación geográfica en una sociedad democrática39, donde no se enseña la geografía como una verdad revelada, sino como una manera de cuestionarse el mundo, para decidir si queremos el que tenemos o si se puede crear otro más decente y humano. Si la historia mira hacia el pasado, y trata de mostrar a las personas de dónde vienen, y por qué las cosas son como son hoy en día, quizás la geografía debería mirar más hacia el futuro, hacia una sociedad culta, adulta y democrática, cuyos ciudadanos sean capaces de cuestionarse la actual organización espacial del medio ambiente de la familia humana para crear un mejor mañana.
 

NOTAS

1. La primera fue en 1848,. cuando se nombró a Louis Aggasiz catedrático de Zoología y Geografía en la Universidad de Harvard.

2. Es difícil recordar excepciones. como tendrán que reconocer aquellos que niegan la moraleja de esta historia si se les pregunta qué libros podrían haber aparecido en sus listas. Historical Geography of England de Harold Darby (1936); City, Region and Regionalism de Robert Dickinson (1947) y .. y ... qué más? Desde luego no Nature of Geography, una de las obras “germánicas” más pesadas e indigestas que ha soportado esta disciplina, un trabajo que desechó a von Thünen por «irrelevante» en una condescendiente nota a pie de página. y que nunca mencionó a Chamberlin, Christaller, Haberler, Hoover, Launharat, Lösch, Ohlin, Palander o Predohl.

3. Siempre procuro usar el término «estructura» de modo cuidadoso, y me pregunto a mí mismo si aclara más que oculta, recapacitando sobre cómo puede uno convertir una palabra tan «manoseada» en algo bien definido y operativo. Se podría, en principio, examinar conjuntos de temas (ideas, gente, referencias, etc.), todos cuidadosamente ordenados en una jerarquía que vaya de los términos más específicos a los más generales, los cuales funcionan como conjuntos de cobertura («cover sets»), a través de relaciones algebraicas cuidadosamente especificadas. Las relaciones en y entre conjuntos se pueden representar como complejos simpliciales («simplicial complexes»),estructuras que permiten, prohiben pero no requieren que otras cosas existan (Gould, 1981, 1986d; Johnson, 1982c, 1983. 1986).

4. Los estudiantes de William Garrison solian hacerse llamar en broma «los cadetes del espacio».

5. Grandes secciones de la Theoretical Geography de Bunge (esencialmente su tesis doctoral), aparecieron como ensayos de discusión, separados y mimeografiados, en el departamento de la Universidad de Washington a finales de los cincuenta. Él intentó muchas veces publicarlo en su propio país, pero siempre le bloqueó el mismo grupo de críticos adversos. Finalmente (1962), se publicó en Suecia en el famoso Lund Studies in Human Geography. «No es que estuviera de acuerdo con todo», me dijo en cierta ocasión el editor sueco. «pero me pareció que deberia publicarse». Los años sesenta asistieron también al nacimiento de muchas nuevas publicaciones periódicas -Geographical Analysis, Regional Studies, Enviroment and Planning A, Journal of Regional Science, etc.- principalmente para evitar la política editorial conservadora y muchas veces claramente antagónica, de las revistas establecidas, por no decir «oficiales».

6. Grandes secciones de la Theoretical Geography de Bunge (esencialmente su tesis doctoral), aparecieron como ensayos de discusión, separados y mimeografiados, en el departamento de la Universidad de Washington a finales de los cincuenta. Él intentó muchas veces publicarlo en su propio país, pero siempre le bloqueó el mismo grupo de críticos adversos. Finalmente (1962), se publicó en Suecia en el famoso Lund Studies in Human Geography. «No es que estuviera de acuerdo con todo», me dijo en cierta ocasión el editor sueco. «pero me pareció que deberia publicarse». Los años sesenta asistieron también al nacimiento de muchas nuevas publicaciones periódicas -Geographical Analysis, Regional Studies, Enviroment and Planning A, Journal of Regional Science, etc.- principalmente para evitar la política editorial conservadora y muchas veces claramente antagónica, de las revistas establecidas, por no decir «oficiales».

7. El ejemplo más claro (aunque no el más sencillo) del problema de la agregación espacial se da en el cómputo de la correlación lineal simple entre dos variables obtenidas en un conjunto de areas geográficas. Supongamos por ejemplo que tenemos mil unidades del censo y las agregamos a cien distritos, después a diez estados y finalmente a diez regiones. Nuestras dos regiones nos darán siempre una línea de regresión de corte perfecto y una correlación de 1,0. Pero en el camino hacia tal perfección sin sentido, supongamos que hubieramos computado valores similares para las mil, cien y diez unidades. ¿Hasta qué punto se deben las asociaciones entre las variables a los efectos "reales" y cuántas de ellas se deben a los efectos de la agregación espacial?. Openshaw y Taylor (1979, 1981) han tratado este tema en más profundidad.

8. No hay nada tan deprimente como ver los montones de tiempo, esfuerzo y dinero que se malgastan en este tipo de actividades. Después de tres conferencias internacionales, un libro reciente (Griffith y Haining, 1985), dedica una página tras otra a una notación matemática elemental que no tiene la menor capacidad de iluminar nada concreto con su «expresión teórica», como se la llama.

9. A pesar del bombo y platillo que se les dió, como si fueran un descubrimiento extraordinario, todas las ecuaciones no-lineales tienen la propiedad de la bifurcación, que es simplemente la propiedad de las más generales aplicaciones multiformes («one-to-may mappings»), o funciones de valor múltiple («many-valued functions»), como las llamaron los geómetras algebraicos italianos, como LeviCivitas, que las estudió en el siglo XIX.

10. Es un síndrome corriente. Una vez que la fortuna de un fabricante de dinamita sueco corona a un científico con el premio Nobel, hay una fuerte tendencia entre algunos de los así elevados a la inmortalidad a dar por sentado que ellos pueden iluminar todos y cada uno de los problemas desde sus alturas.

11. Es simplemente ingenuo pensar que estas estructuras matemáticas clásicas, creadas en su origen para describir el mundo mecánico del siglo XVII, puedan describir el desarrollo singular e irrepetible de una sociedad humana. Esto no niega por completo las posibilidades de la descripción matemática, como señaló Bernard Marchand (1974) hace unos años en un ensayo que fue descuidado e incomprendido. Pero parece que tal descripción tendrá que ser topológica en su forma esencial, no sólo para que el cambio repentino pueda ser captado como una conexión estructural, sino también para obligarnos a un replanteamiento del concepto de la misma descripción matemática (ver más adelante).

12. Desgraciadamente, parece casi imposible obtener fondos para una investigación empírica que pudiera examinar tales modelos.

13. Dado que la gripe es esencialmente una enfermedad de los seres humanos (siendo las poblaciones porcinas aparentemente recintos para los virus, que después tienen la oportunidad de mutarse en otras formas a las que los humanos oponen menor resistencia), se podria pensar que los geógrafos humanos podrían representar con bastante facilidad este proceso jerárquico mixto y espacialmente contagioso. Después de todo, si la gente lleva consigo la enfermedad de un lugar a otro, y podemos describir bastante bien estos movimientos en sus formas agregadas («aggregate forms») con formulaciones del modelo de la gravedad, entonces esperariamos, intuitivamente, ser capaces de describir, representar y predecir el modo como una epidemia de gripe se extiende en una población. Esto permitiria la intervención médica, en la forma de reparto de vacunas espacialmente (a lugares) y ocupacionalmente (policia, bomberos, médicos, enfermeras, ancianos, niños, maestros... depende de las prioridades que se establezcan). Yo trabajé con un estudiante sobre este problema durante un año (Chang, 1977), con un corpus de datos de 132 ciudades norteamericanas y una medida sustitutiva de los casos de gripe (las muertes por enfermedades pulmonares) a lo largo de 720 semanas. Tras «manipular» este conjunto de datos con todas las técnicas armónicas, Fourier,... en que pudimos pensar, aún estábamos totalmente desconcertados respecto al posible orden, sentido, coherencia o cualquier otra cosa, del proceso. La dificultad parece residir en dos problemas. Primero, el problemas fundamental de contar con buenos datos: la gripe, considerada como un mal particular, requiere técnicas de diagnóstico cuidadosas y caras, asi como un registro cuidadoso. Ningún médico corriente tiene el tiempo o los medios para distinguir el tipo Hong Kong III del tipo chileno II, cuando tiene una oficina llena de gente pobre esperando para verla, y, de todos modos, la mayoría de la gengente con gripe nunca va al médico, sino que la pasan con unos pocos días de cama, y «muchos líquidos y aspirinas». En segundo lugar, no parece que sepamos lo que le ocurre a la gripe: aparece en torno a noviembre (¿dónde estaba escondida hasta entonces?) y desaparecerá más o menos en marzo (¿a dónde va?). El resultado es que una epidemia» es una mezcla confusa de tensiones nuevas que llegan y viejas que reviven y cualquier «señal» geográfica clara queda ahogada por el «ruido». Probablemente sea más fácil hacerse físico cuántico que geógrafo hoy en dia. Una nueva tentativa de comprender esa difícil enfermedad aparece en Pyle (1986).

14. Hay una importante y muy interesante literatura geográfica teórica sobre los "espacios celulares" (Tobler, 1979; Couclelis, 1986) que puede prestarse bien para representar tales procesos discretos y finitos.

15. Pocos se dan cuenta de que Kurt Lewin mantenia estrecho contacto con los topólogos de su época, cuando esta disciplina todavia se conocia como analysis situs el análisis del lugar.La topologia, por supuesto, es topos logos, conocimiento del lugar, ¡Qué mejor terreno matemático para los geógrafos!

16. En un reciente proyecto internacional de investigación para la televisión (Gould y Johnson, 1980a, 1980b; Gould, Chapman y Johnson, 1984; Gould y Lyew Ayee, 1985), nos vimos forzados a adoptar el término cifrado «ambiguedad hombre máquina» para representar fielmente un importante aspecto de muchos programas de televisión: por ejemplo, Bionic Woman (La mujer biónica), Five Million Man (El hombre que valía cinco millones de dólares), el «robot humano» R2 D2 de Star Wars (La guerra de las galaxias), etc.

17. Un tema que me afecta personalmente, porque en 1956, siendo estudiante graduado, pase dias paseando por Wisconsin para hacer un mapa de aprovechamiento del terreno usando un código fraccional complejo. Al final de cada dia, totalmente deshidratado después de ocho horas con 35 a 40ºC, obedientemente añadíamos el trabajo del día al mapa general. Después de 10 días x 8 horas x 20 estudiantes, o sea 1.600 horas estudiantiles, por fin terminamos el maldito trabajo. Nunca se usó para nada, y aquellos que se preguntaban "¿Por qué hemos hecho esto?" se les consideraba impertinentes, poco inteligentes, o las dos cosas. Entraban ganas de meterse a economista.

18. Obviamente estoy exagerando (aunque poco) por cuestión de énfasis y con la esperanza de que algún lector recapacitará sobre este tema polémico en particular. Para mapas «en sucio», que se refieren repetidamente al mismo área, los gráficos obtenidos por los ordenadores pueden ahorrar un montón de tiempo y constituir la base para un mapa o diagrama que se pueda publicar más adelante. Pero hay otro aspecto aquí que creo que nadie ha planteado. Muchos geógrafos han tenido la experiencia de que les hayan venido sus mejores inspiraciones e ideas (¿cómo un regalo?) mientras trabajaban con mapas lenta y pacientemente, creando patrones con sombras o colores a mano, y «viendo» de repente, en el proceso de trabajo, algo que no hubieran notado o pensado de otro modo. Un análisis cartográfico «a la antigua» como éste obliga al geógrafo a dedicar tiempo a observar, a decirse a sí mismo: «Vaya, esto es extraño ...me pregunto por qué X es tan alto en ese lugar ...». De este modo, cosas inesperadas salen del mundo de lo «encubierto». El maravilloso y sugerente Atlas of Cancer Mortality in the People's Republic of China (1979) reveló claras anomalías que llevaron a la investigación y al tratamiento médico. El mejor conocido es el trabajo sobre el cáncer de esófago, para el que se diseñó al final un simple test diagnóstico para los «médicos descalzos» (personal paramédico de las áreas rurales). Los tests permitían que se salvara mucha gente tras operaciones relativamente sencillas y a tiempo, mientras que la causa del cáncer (un moho carcinogénico de la verdura) se redujo con nuevos métodos de procesamiento de la comida.

19. Esto plantea la importante cuestión de qué hacer con los datos recibidos por percepción remota y que acumulamos en tan tremendas cantidades. Si nos preocupa el proceso y el cambio a escala global, tenemos que tener secuencias que indiquen cambio (como la desforestación en Nepal, la destrucción de la Amazonia, la expansión de Megalópolis, la expansión de la desecación en el borde del Sahel, las extensiones de hielo antártico, la polución de los desagües de las minas, el avance de las dunas de arena, la destrucción de los bosques por la lluvia ácida, etc. etc.). Esto requiere archivos fácilmente accesibles de señales electrónicas almacenadas en rollos de cinta magnética decenas, cientos, miles (?) de kilómetros de rollos de cinta magnética.

20. Incluso los filósofos estan empezando a pensar a esas escalas, como demuestra el notable ensayo de Karl-Otto Apel de Frankfurt titulado Global Ethics. De modo significativo, empieza con el problema de la polución, un punto de intersección entre los mundos físico y humano, preguntándose cuál es nuestra responsabilidad respecto a futuras generaciones cuando producimos polución con efectos a muy largo plazo. Una vez que un estrato acuoso se ha saturado con productos quimicos no biodegradables, ¿cómo recuperamos un suministro fresco de agua potable? (Gastrell y Lovett, 1986a, 1986b). ¿Qué hacemos con el plutonio, un elemento con una vida media de 25.000 años y del que unos pocos kilos podrán matar a toda la población humana de la tierra si se los distribuyera «apropiadamente»?

21. Los Modelos de Circulación Global son en esencia modelos de simulación y, como en todos los modelos de simulación, la cuestión del calibre («calibration») plantea problemas metodológicos especialmente graves. ¿Cómo hacer que un modelo «convenga» al patrón observado? Cuántos parámetros se pueden usar entre una enorme cantidad de posibilidades combinatorias para que el modelo funcione satisfactoriamente? ¿Tienen los parámetros diferentes valores (todos en distribuciones plausibles), que sin embargo dan los mismos resultados? ¿Cómo decidir qué combinación es correcta? Estos problemas aparecen en los modelos puramente deterministas. ¿Y si ahora perturbamos el modelo con variación libre. como en las simulaciones de Monte Carlo? ¿Qué entendemos por «convenir» ahora que un mapa sólo es un ejemplo de toda una distribución de mapas posibles?

22. Las informaciones más recientes indican que la fuerte deposicíon de cesio 137 sobre el norte de Noruega y Suecia puede tener efectos catastróficos. No sólo no se lo ha llevado la lluvia, sino que además se ha adentrado en las capas superiores del terreno de la tundra, donde sus efectos radioactivos han aumentado hasta afectar la cadena de alimentación biológica. Los musgos, líquenes y hierbas (el pienso de los renos), están tan cargados de ello que los renos ya no pueden ser consumidos por el hombre -como los corderos del norte de Escocia, cuyos riñones y otros tejidos corporales estaban tan saturados que no se podían sacar al mercado. En la relación simbiótica entre el reno y la cultura lapona, ¿qué puede ocurrir si el cesio (cuya vida media es de 30 años) permanece ahí en cantidades significativamente dañinas durante, digamos, 100 o 200 años? Nos quedaríamos sin renos y sin lapones -al menos en la forma cultural en que se les ha conocido por más de un millar de años. Quizás estemos siendo testigos de la primera extinción de una cultura humana completa a causa de la energía atómica.

23. Enormes volumenes de datos sumamente detallados se publican cada año, y sin embargo ¿quién dentro de la geografía (o en cualquier otra disciplina) está investigando estas estructuras globales, muchas de las cuales son altamente dinámicas y abrumadoras por sus consecuencias humanas? Se pueden hacer análisis simples y directos, como nos demostró hace años Pierre Jalle (1968), o análisis que requieran modos especiales de descifrar el cambio estructural (Gould y Straussfogel, 1983) ¿Se le ha ocurrido a alguien investigar, ya sea analítica o cartográficamente, los efectos de la OPEP, en la cual un país como Tanzania paga la mayor parte de su fuerte moneda a Arabia Saudí, una moneda fuerte ganada al gran precio de unas exiguas exportaciones de café (sometido a una competencia creciente), algodón (sustituido en gran parte por fibras sintéticas) y henequén (cuya demanda ha caído vertiginosamente). Mientras estos problemas a escala global piden a gritos una investigación, los geógrafos siguen su carrera desenfrenada de estudios conductistas individuales.

24. En 1972, Bernard Marchand (La Sorbona, París VIII y I), con el generoso apoyo de Torsten Hägerstrand (Lund) intentó embarcarse en un proyecto de esa índole con aproximadamente una docena más de colegas del campo de la geografia de Italia, Francia, Holanda, Alemania, Portugal y Suecia. El problema fue el dinero. No se necesitaba demasiado, quizás un décimo de un uno por ciento de lo que se gasta anualmente en investigación atómica, lo que no es mucho para intentar entendernos a nosotros mismos, en vez del mundo físico de las cosas. Ninguna fundación europea quiso subvencionarlo. Los ingleses se preocupaban por lo inglés, los alemanes por lo alemán... la fragmentación y el fracaso del apoyo económico europeo se convirtieron en un reflejo del mismísimo problema que queríamos investigar, o sea, Europa entendida como un todo. Irónicamente estuvimos a punto de obtener fondos de la Fundación Ford -hasta que algunos jóvenes economistas, que poseían la única visión verdadera del mundo, encontraron la perspectiva geográfica tan desconcertante y diferente de la suya que la rechazaron. Pero en la «nueva Europa» a la otra orilla del rio Atlántico hubo al menos una buena voluntad inicial para intentar una macro-visión de la «vieja Europa» que los mismos europeos parecían haber perdido. ¿Quizás hoy, 15 años después, deberíamos intentarlo de nuevo?

25. Soy perfectamente consciente de que esto es una flagrante simplificación, que casi roza la parodia, de una mucho más compleja y sutil sucesión de ideas, pero, dado que esto es un resumen, hay que pintar con brocha gorda.

26. Tenemos que tener muchísimo cuidado con el lenguaje aquí. «Falta» conlleva el significado de culpa, el error de no ver la necesidad de estudiar el espacio, el tiempo y la sociedad como mutuamente interdependientes. Pero no nos interesa culpar aquí. Sólo intentamos comprender. Nadie culpa a Newton por no haber descubierto la teoría de la relatividad, las cosas se descubren cuando se dan las condiciones apropiadas para que se descubran, y no se culpa a quien no pudo descubrirlas antes de que se dieran esas condiciones.

27. Uno de los cambios cruciales de los últimos 30 años ha sido el modo como los geógrafos humanos se han acercado a sus colegas en el campo de las ciencias y las humanidades para beneficio mutuo de todos.

28. Como supo ver, muy acertadamente, Nietzsche (Heidegger, 1979), aunque sus propias obras nos llegaron tan distorsionadas por la edición de su hermana que sólo recientemente hemos tenido acceso a sus textos originales. En parte por culpa de esa «edición», su obra fue además totalmente malinterpretada durante los años del Nazismo. Para contrarrestar esta mala interpretación, Heidegger dio sus conferencias sobre Nietzsche durante los años de la guerra, en un gran alarde de valentía académica. A sus conferencias siempre asistían agentes de la Gestapo, que se sentían frustrados por el uso burlón de dobles sentidos. No obstante, a Heidegger se le había prohibido publicar desde 1933, el año en que renunció a su breve y controvertido rectorado en la Universidad de Freiburg, y en 1944 las autoridades lo calificaron de «el miembro más prescindible de la plantilla de la universidad», y se le envió a cavar trincheras a la línea defensiva que se estaba preparando en el valle del Rhin. Como resultado de esa valiente «recuperación» de Nietzsche, estamos empezando ahora a tener una perspectiva diferente sobre este gran filólogo y filósofo clásico.

29. Esto no es una exageración. La confianza post-maxwelliana de los físicos era abrumadora, y a su manera probablemente justificada. Después de todo, a la mecánica celeste la siguió la mecánica estadística y no había nada en el mundo físico que no se pudiera ajustar limpia y satisfactoriamente dentro de esos esquemas. Hoy en día algunos físicos dan a sus alumnos ese mismo consejo: en otras palabras, no vale la pena estudiar física hoy en día, porque los problemas fundamentales o se han resuelto con la relatividad y la teoría cuántica, o están a punto de resolverse. En un reciente congreso internacional sobre geografía teórica, un miembro de una delegación de «físicos sociales» afirmó claramente que era una equivocación por parte de sus colegas y estudiantes más jóvenes continuar en la física. Si siguieran su consejo (y era, después de todo, el consejo de un Señor Profesor) deberían volver sus miras hacia las «ciencias humanas», la geografía teórica y la planificacion regional en particular. Una vez dominado el mundo físico con el mecanicismo, iban a descubrir que la condición humana no era sino un ejemplo más de lo mismo. Probablemente tiene razón: la noche sigue al día, la barbarie sigue a la civilización.

30. Esto es particularmente cierto en la «investigación» desde esta perspectiva de cualquier parte del mundo que vivió la experiencia de la presencia colonial durante el siglo pasado. Por ejemplo, la escasez alimentaria actual de Mali es "obviamente" consecuencia de que los franceses «desviaron» a la gente hacia el cultivo de regadío de producción rápida para beneficio de la metrópoli, alejándolos de su producción de alimento agrícola tradicional. Desde esta perspectiva, nadie puede ni plantearse siquiera que la desecación natural del Sahel o la intensificación de la erosión de la capa superficial resultante del catastrófico (aunque totalmente tradicional e indígena) exceso de pastura, puedan haber tenido algo que ver con las actuales penurias en la alimentación. Como tampoco se pregunta nadie que adopte esta posición cuáles serían sus condiciones hoy si los franceses, o cualquier otro poder colonial. no hubieran estado en este área durante casi cien años. Tiene que pasar aún mucho tiempo hasta que podamos analizar objetivamente la tan compleja y diversificada experiencia colonial, y no estudiarla con un conjunto de categorías apriorísticas que reducen tal diversidad a clichés simplistas. Recuerdo una conversación que mantuve en 1959 con un liberiano sobre Ghana (en aquel entonces un país lleno de esperanzas y promesas, sólo dos años después de su independencia). Cualquiera que sea la medida del desarrollo que se adopte, está claro que no había ni punto de comparación entre Ghana y Liberia en esos tiempos. «Lo que pasa», decía el liberiano, tratando de justificar la terrible situación de su país, «es que no tuvimos la suerte de ser una colonia».

31. Este proceso de dejar de lado cierta investigación y ciertas conclusiones eruditas se da en dos direcciones. Los marxistas tienden a descartar la investigación «burguesa» y otras perspectivas tienden a descartar la investigación marxista, particularmente cuando está saturada de los clichés de los escritos marxistas: «burgués», «fetichismo», «plusvalía», etc. El resultado es que la mayor parte de la investigación marxista predica sólo para sus adeptos y rara vez la leen seriamente aquéllos que pudieran sentirse influenciados por la preocupación moral que subyace a gran parte de la posición marxista.

32. Es de gran interés observar cómo estructuras teóricas bien atrincheradas acaban por darse por hechas y de esa manera delimitan y dan forma al camino que ha de llevar la investigación. Igualmente interesante es ver cómo esas estructuras modeladoras del pensamiento, si bien siempre hipotéticas, se convierten en polvo cuando surge alguien que tiene la suficiente capacidad crítica para cuestionar la existencia de la ropa del emperador. Después de un considerable trabajo de campo en Ghana, Nigeria y Malawi, Gore (1984) ha escrito un libro que deja gran parte de la planificacion del desarrollo espacial y sus de sobra conocidos clichés -polos de desarrollo, efectos de goteo («trickle down effects»), etc.- en un estado de confusión y destrucción conceptual. De modo similar, Hill (1986), un investigador distinguido, pero normalmente comedido, ha adoptado una postura polémica para acabar con gran parte del sinsentido convencional de los economistas que se plantean la compleja cuestión del desarrollo del tercer mundo con teorías de sillón, sin observar y analizar cuidadosamente ninguna de las economías a las que están dando consejos con tanta arrogancia. Será interesante ver qué respuestas son capaces de dar a las críticas de Hill, basadas en años de meticuloso trabajo de campo de Ghana, Nigeria e India.

33. Esta cuestión se ha tratado más exhaustivamente en tres editoriales interrelacionados (Gould, 1986c), y constituye el foco de un ensayo de orientación filosófica que aparecerá publicado en una futura colección, probablemente a finales de 1987.

34. Los terminos función, aplicación y relación se usan aquí en un sentido estrictamente matemático, donde la función se refiere exclusivamente a las transformaciones biunívocas («one-to-one») y a las univalentes («many-to-one»). La palabra aplicación se usa para las transformaciones multiformes o plurívocas («one-to-many» y «many-to-many»). Por último, hablamos de relación si no todos los elementos de los conjuntos participan en la transformación. Esto quiere decir que todas las funciones son aplicaciones y todas las aplicaciones son relaciones, pero no a la inversa. Estas son definiciones que el matemático tradicional puede no aprobar, pero que encuentran cada vez más aceptación entre los matemáticos jóvenes (principalmente en el Reino Unido), y son distinciones de gran utilidad en el mundo empírico del científico humano que quiere describir las conexiones y estructuras formadas por estas entidades matemáticas cuando se aplican dentro de o entre conjuntos para formar complejos simpliciales.

35. A primera vista esto puede parecer una manera de registrar una sucesión de acontecimientos extremadamente dispersa y poco realista, pero en principio cualquier información se puede codificar de este modo si la cadena es suficientemente larga. Hoy en día incluso se han registrado sinfonías de Mahler y Nielsen en forma digital (0,1), y se leen con un láser, para producir un sonido de inigualable fidelidad.

36. Las obras de Husserl y Heidegger son muy difíciles y una gran cantidad de interpretaciones equivocadas han llevado a una catastrófica incomprensión de su trabajo en la geografía humana. Incluso la palabra «fenomenología» ha tendido a interpretarse de modos opuestos a lo que querían decir estos grandes pensadores, implicando, para algunos geógrafos, un acercamiento sentimental, personal y a menudo altamente idiosincrático. El significado original de «fenomenología» es algo completamente opuesto, porque la palabra conscientemente incluía en sí misma phainesthai (mostrarse a uno mismo) y logos (hacer manifiesto). Después de todo, ¿qué es la ciencia, sino un intento de «hacer manifiesto» lo que «se muestra a sí mismo»? Husserl, no lo olvidemos, era originariamente un matemático, que se doctoró bajo la supervisión de Weierstrass, uno de los grandes nombres entre los matemáticos del siglo XIX. El interés de Husserl se centraba en llegar a las raíces ontológicas de las ciencias físicas con un pensamiento riguroso, duro como el diamante y que pudiera compartir con los demás. De modo similar, el pensamiento heideggeriano se dirigió toda su vida a la cuestión ontológica, las condiciones de la posibilidad que permiten que las cosas sean. Un intento de reparar el daño causado por esa confusión y contradicción aparece en la obra de Pickles (1985), pero, para muchos, la palabra «fenomenología» sigue siendo equivalente a «anticientífico», cuando no es nada por el estilo. Es así como surgen problemas de comprensión para toda una profesión, quizá demasiado confiada, cuando los que se encargan de la interpretación de los textos originales no se preparan suficientemente ni se toman la molestia de pedir consejo a filósofos profesionales competentes, especializados en tales áreas de difícil interpretación.

37. El poeta irlandés William Butler Yeats escribió:

«The best lack all conviction, while the worst Are full of passionate intensity.»

Los mejores carecen de convicción, los peores estan llenos de apasionada intensidad... Existe un grupo hoy en día en los Estados Unidos que se llaman a sí mismos Geografía Científica, como si fueran un grupo aparte del corpus general de la geografía, que deberá ser, por tanto, acientífico. Sus trabajos y publicaciones indican claramente que su misión es salvar la geografía, haciéndola respetable a los ojos de sus colegas y compañeros. Pero separándose del núcleo general, y entendiéndose entre ellos de una manera cada vez más incestuosa, tienden a contradecir los mismísimos objetivos que se propusieron -es decir, enriquecer toda la investigación geográfica con las especializadas, aunque limitadas, aptitudes que poseen. El proceso de la contradicción hegeliana no parece terminar nunca.

38. Muchas veces el poder de distorsión no es en absoluto deliberado, ni se utiliza para fines preconcebidos. Por ejemplo, los programas infantiles se hacen a veces con la mejor de las intenciones para ayudar y educar -el Plaza Sésamo latinoamericano, o el Barrio Sésamo español son ejemplos al caso- , pero van tan cargados de valores de otras culturas, que las personas de los países donde se ven estos programas empiezan a preocuparse al ver en peligro sus propias tradiciones, valores y herencia cultural. El «imperialismo cultural» no tiene por qué ser necesariamente una invasión deliberada. Se puede encontrar un análisis más completo de los valores que los programas televisivos internacionales pueden transportar de un lado a otro a Gould, Johnson y Chapman (1984).

39. Ha habido una explosión en los últimos tres a cinco años de la preocupación por la educación geográfica en una sociedad democrática (Pickles, 1986a, 1986b), preocupación compartida hoy en día por muchos en el mundo de habla española.
 

BIBLIBLIOGRAFÍA

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