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Scripta Nova
REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98
Vol. VII, núm. 146(023), 1 de agosto de 2003

LA VIVIENDA MÍNIMA EN ESPAÑA: PRIMER PASO DEL DEBATE SOBRE LA VIVIENDA SOCIAL

Mª Concepción Diez-Pastor Iribas
Doctor Arquitecto

La vivienda mínima en España: primer paso del debate sobre la vivienda social (Resumen)

Durante los años veinte hubo en España un intenso debate sobre el problema de la vivienda mínima al chocar el planteamiento defendido en el resto de Europa con el vigente aquí desde la aprobación en 1911 de la Ley de Casas Baratas. Esa discusión es decisiva para centrar el problema de la vivienda social desde 1939 hasta hoy. En España, al contrario que en Europa, se promulgó una ley que fomentaba la especulación primando los intereses particulares sobre los colectivos al imponer como árbitros de la cuestión a los principales beneficiados por las subvenciones oficiales: promotores y constructores. Solo los arquitectos defendieron desde el comienzo los intereses generales de la sociedad frente a los particulares. Hasta 1976 no se consiguió introducir en la Ley de Viviendas de Protección Oficial la mayoría de los parámetros que defendieron los arquitectos en los años veinte, al incluir el concepto de “mínimo confort deseable”.

Palabras clave: vivienda mínima, vivienda social, “mínimo confort deseable”, tamaño de la vivienda.

The Minimum Size Dwelling in Spain: First Step of the Debate on Social Dwelling (Summary)

During the 1920’s a very hard debate took place in Spain dealing with the social dwelling problem. The question as was being discussed in the rest of Europe crashed with the law-abiding point of view standing since the Ley de Casas Baratas came in force in 1911. That was a principal discussion in order to centring round the problem of social dwelling from 1939 on. In Spain, a law came in force that protected private interests over the general ones by promoting speculation and imposing that the arbiters be the promoters and constructors. The general interests of society were defended over those of particulars only by the architects. But it was not until 1976 that their parameters were included in the Ley de Viviendas de Protección Oficial, as were most of those defended since the 1920’s, the “minimum comfort desirable” concept being thus finally included.

Key-words: Minimum size dwelling, social dwelling, “minimum desirable comfort”, dwelling sizes.

Das Exitenzminimum y  el “Concurso de la vivienda mínima”

En 1929 Fernando García Mercadal, en calidad de delegado en España de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) y del Comité Internacional para la Realización de los Problemas Arquitectónicos Contemporáneos (CIRPAC) –organismo director de los CIAM-, convocó el llamado “Concurso de la vivienda mínima” con la idea de presentar propuestas españolas al respecto en el congreso que iba a celebrarse en Frankfurt aquel año sobre el mismo tema, bajo el título Das Existenzminimum,[1] problema que se había convertido en acuciante en la Europa de la postguerra de la Primera Guerra Mundial. Los congresistas, cuyo anfitrión era el “stadtbaurat”[2] de la ciudad de Frankfurt Ernst May, presentarían propuestas dibujadas sobre el tema de la búsqueda de tipos de alojamiento, intentando conseguir el confort máximo con parámetros económicos mínimos.

El jurado, según recogía la revista Arquitectura al publicar los proyectos, había señalado en su fallo “la desorientación evidente en muchos de los trabajos presentados, que prescinden de lo fundamental del concurso, a saber: que sea vivienda mínima”.[3] De los catorce proyectos presentados, finalmente optó por premiar una de las dos propuestas de José María Rivas Eulate, de la que decía el fallo: “Debido a la reducida dimensión de las habitaciones resulta el del Sr. Rivas Eulate más conforme con la índole del concurso” (figura 1). Ello, aún a pesar de que la vivienda que se proponía contaba con cuatro dormitorios. La cuestión subyacente, sin embargo, radicaba en el sentido mismo de la expresión “vivienda mínima”.

Figura 1. Proyecto de José M. Rivas Eulate, ganador del Concurso de la vivienda mínima. Arquitectura.

En el resto de Europa la difícil situación económica y social del período de entreguerras situó a la arquitectura a la cabeza de las artes en tanto que disciplina necesaria para recuperar el ánimo de los artistas y de la sociedad, capaz de involucrar a las demás artes y a toda la población en la reconstrucción de sus ciudades, al tiempo que, gracias a su vertiente industrial, conseguía ejercer de motor de las maltrechas economías. Los costes de la reconstrucción eran tan elevados y las necesidades que atender tan perentorias que, vistos los precios astronómicos que empezaban a alcanzar las nuevas viviendas, se optó por reducir las necesidades al mínimo imprescindible para dar respuesta al problema con la mayor eficacia y rapidez, y resolver de paso las graves deficiencias que se venían detectando desde hacía un siglo. En un esfuerzo sin precedentes, se estudió la vivienda desde todos los puntos de vista posibles para reducir el tamaño de las distintas piezas, buscando nuevos módulos y sistemas constructivos que cumplieran las normas de la calidad óptima, máximo confort y rapidez de ejecución, al mismo tiempo que permitían abaratar los costes, supeditando siempre los intereses particulares a los generales. Se plantearon las soluciones más innovadoras en materia de “programas de necesidades”, tipos y disposiciones que contribuyeron a abaratar los costes y a situar la arquitectura en el primer orden de las disciplinas sociales y en motor del resurgimiento económico. Europa se convirtió así en un muestrario de excelentes ejemplos en materia de vivienda y en productora de los nuevos tipos que se exportaron al resto del mundo.

Mientras tanto, aquí se establecían por medio del Reglamento de la Ley de Casas Baratas de 1922 disparatados módulos de obligado cumplimiento que hacían las “viviendas baratas” inasequibles para los bolsillos de las clases sociales a las que pretendidamente se dirigían. Es decir, se construían viviendas burguesas con dinero del erario público.[4]

España había permanecido al margen de la Primera Guerra Mundial y la crisis económica afectó de manera muy diferente al país, al no ser necesaria la reconstrucción. El problema aquí tenía como causa principal los intensos movimientos migratorios desde las zonas rurales hacia las ciudades, cuyas crecientes necesidades de viviendas no se veían mitigadas de ningún modo por la caduca Ley de Casas Baratas, vigente desde 1911, acogiéndose a la cual avezados promotores como Iturbe se lanzaron a la construcción de barrios y colonias que, gracias a los coeficientes establecidos por la ley como mínimos a garantizar por metro cúbico construído, hacían imposible en la práctica el ideal de abaratar los costes y, por lo tanto, impedían proporcionar vivendas a precios asequibles. Es decir, se terminó por construir viviendas subvencionadas a precios abusivos, que solo podían adquirir las clases acomodadas, con lo que los beneficios de los constructores y promotores fueron astronómicos.

El planteamiento al que conducía la Ley de Casas Baratas consistía en atender las necesidades habituales de una familia reduciendo el tamaño de las piezas todo lo posible aunque manteniendo los tipos arcaicos y obsoletos, alejados de toda innovación técnica y arquitectónica. Mientras en el resto de Europa la situación había llevado a la supresión casi total del servicio doméstico, a la reducción de las necesidades y al mantenimiento de la mejor calidad constructiva posible, en España ocurrió precisamente lo contrario: Seguía habiendo un numeroso servicio doméstico, las viviendas tenían el mismo número de habitaciones aunque mucho más pequeñas, dado que las necesidades continuaban siendo las mismas y la calidad constructiva y proyectual era muy inferior, salvo en contadas excepciones fuera del alcance de la gente de escasos o nulos recursos. Esta situación no podía sino reflejarse en los trabajos de los jóvenes arquitectos españoles presentados al “Concurso de la Vivienda Mínima”, para estupefacción del convocante, Fernando García Mercadal, que veía atónito cómo sus colegas confundían “vivienda mínima” con “reducción del tamaño de la vivienda”.

En este sentido se expresaba Amós Salvador en una carta que publicó Arquitectura en el mismo número del concurso.[5] Como ya hizo al contestar el cuestionario del CIRPAC que también difundió Arquitectura, Salvador analizaba con todo detalle la mayor parte de los aspectos del problema en nuestro país y, rara avis, proponía numerosas soluciones, algunas de las cuales fueron tan claramente innovadoras que aún siguen vigentes y forman parte de la legislación actual sobre viviendas protegidas.

Amós Salvador iba a acudir al CIAM de Frankfurt como arquitecto español invitado, probablemente avalado por una intensa labor social -que fue constante a lo largo de toda su carrera- y por la preocupación que demostró por resolver las carencias del momento en materia de viviendas destinadas a las clases populares y sin recursos.[6] En la carta publicada en Arquitectura, don Amós resumía su estudio del problema, del que decía que debía resolverse desde el punto de vista “técnico-arquitectónico”, para lo que proponía un plan de cuatro etapas:

-

Planteamiento del programa de necesidades, por regiones y según los usos y costumbres.

-

Fijación de los tipos que desarrollarían los programas, buscando las condiciones óptimas de “capacidad, comodidad, salubridad y aspecto”, tanto para viviendas urbanas industriales, como rurales agrícolas.[7]

-

Estudio de las disposiciones y distribuciones más acertadas de cada tipo.

-

Ensayo de los sistemas y técnicas nuevos que mejor se adaptasen a las condiciones de cada región según el clima, los recursos y el tipo de materiales disponibles.

La adaptación de la Ley de Casas Baratas de 1911 para conseguir que las viviendas resultantes fueran baratas desde el punto de vista técnico –y no solo para quienes pedían la subvención; es decir, para los promotores-, era posible, según él, solamente si se reducían los módulos de cubicación –mínimo metro cúbico construido-. Y el único modo de conseguirlo era el que él proponía: reducir las alturas de techos hasta los 2.60, 2.50 e incluso 2.40 metros de altura libre entre forjados, medidas que son las utilizadas actualmente. Nadie antes había planteado semejante idea. Salvador mantenía que las alturas de 3.00 metros y más, consideradas como mínimas por la ley por razones de higiene, no se justificaban, y aseguraba que era posible conseguir una vivienda higiénica con alturas menores simplemente ventilándola adecuadamente. Además, era no solo más barata de construir sino también de mantener, puesto que el consumo de calefacción disminuía significativamente.

            En el cuestionario que le remitió el CIRPAC sobre el mismo asunto -del que la carta era una especie de resumen-, Salvador empezaba por señalar la importancia crucial que tenía el problema de la vivienda mínima en España y se preguntaba si la Ley de Casas Baratas era suficiente para resolverlo. La contestación inmediata era que no. Las viviendas que resultaban de aplicarla no eran ni las deseables ni las más baratas (figura 2). Solo resultaban baratas para quien pidiera la subvención, pero ni siquiera lo eran para el Estado, y mucho menos para el contribuyente.[8]

Figura 2. El Viso, Madrid. Viviendas construidas al amparo de  la Ley de Casas Baratas de 1911. Arquitectura.

Llegado a este punto del análisis, Salvador proponía tres nuevos módulos que permitieran desarrollar los nuevos tipos y encajar los programas de necesidades de los que hablaba:

-

El de crujías de 3.40 metros.

-

El de crujías de 3.30.

-

El de crujías de 2.30.

Basándose en ellos proponía ocho tipos de viviendas que dibujaba y analizaba, y demostraba así, prácticamente, la inviabilidad técnica de la ley (figura 3). Sus propuestas no eran los modelos óptimos desde el punto de vista de la innovación y la modernidad, aunque sí eran ejemplos de partida excelentes desde los que continuar la investigación de un problema tan complejo. Salvador consideraba que la casa verdaderamente económica tendría que ser la que, manteniendo los principios de la técnica arquitectónica (estructura, distribución, comodidad, buena calidad y correcto empleo de los materiales), fuese al mismo tiempo suficiente y mínima.[9] Pero para ello era necesario, según él, establecer la familia media española, que consideró compuesta por cinco o seis personas: padre, madre y tres o cuatro hijos. Con ello era ya posible fijar un programa de necesidades para las viviendas, de tres dormitorios dobles, sala-comedor o cuarto de estar, cocina, retrete, despensa, carbonera, baño o ducha y roperos. Según el medio del que se tratase –rural o urbano- las vivendas debían ser diferentes. Para el caso del proletariado agrícola en el medio rural consideraba una vivienda de una sola planta, mientras que para el del proletariado industrial urbano podía ser de dos, o un piso en un edificio. En el caso de viviendas de dos plantas, éstas podían adosarse.[10] El conocimiento minucioso que tenía Amós Salvador de la sociedad española se ponía de manifiesto en el análisis pormenorizado que hacía de cada una de las piezas de la vivienda y el lugar en el que debían colocarse respecto del conjunto, que siempre resultaba de proponer el más adecuado. En definitiva, buscaba “una solución técnica práctica y realizable en gran escala”. Ello era posible aplicando el plan de cuatro puntos que proponía:

1º/

Proposición del programa de necesidades mínimas.

2º/

Fijación de los tipos de viviendas.

3º/

Estudio de las disposiciones y distribución de los programas en los tipos.

4º/

Determinación de los sistemas constructivos adecuados para que las viviendas sean salubres, capaces y baratas.


Figura 3. La vivienda mínima según Amós Salvador. Dos de  los tipos de vivienda mínima propuestos por él. Arquitectura.

El primer punto se resolvería recogiendo datos directamente en los centros industriales y agrícolas. El segundo debería ser el resultado de las preocupaciones de los arquitectos. El tercero, de los concursos entre arquitectos. Y el cuarto punto vendría dado por la experiencia y los ensayos, y por otro aspecto más que nadie había considerado hasta entonces: la crítica. A parte de estas consideraciones y premisas, Amós Salvador proponía tres condiciones más, “deseables”, que deberían procurarse en la práctica:

1/

La separación entre la parte de preparación de los alimentos y la de fregado y lavado dentro de la cocina siempre que fuera posible, pero principalmente cuando cocina y cuarto de estar estuvieran unidos.

2/

Que las piezas destinadas a vivir de día no se aprovechasen para dormir.

3/

Que las enormes cubicaciones, dispuestas para la ventilación, se sustituyeran por ventilación activa con la ayuda de la carpintería de taller.

Era la primera vez en España que alguien se preocupaba por aspectos de la vivienda como la ventilación, el uso de cada pieza para su función, las dimensiones de cada una respecto del conjunto, los armarios empotrados o los bidés en los cuartos de baño como necesidades que era deseable satisfacer, y proponía soluciones. Desde el punto de vista constructivo, Salvador planteó como novedad la conveniencia de ahorrar en la estructura y en la cimentación para conseguir un mejor rendimiento económico; se preocupó del aislamiento térmico tanto en invierno como en verano, cuestión novedosa entonces; estudió los problemas de la iluminación natural y propuso la escrupulosa sencillez como medio de abaratar costes, eliminando todo lo superfluo. En cuanto a la gestión, su faceta de político le hacía consciente de la necesidad de plantear soluciones viables y prácticas. En este sentido, el Estado solo debería preocuparse de la toma de datos, de la financiación y de garantizar el cumplimiento de las normas que se acordasen.

El planteamiento “técnico-arquitectónico” de Amós Salvador era no tanto una durísima crítica al sistema, concienzuda y profunda sin opiniones huecas, cuanto un plan exhaustivo en el que exponía crudamente los fallos de la Ley de Casas Baratas y planteaba paralelamente las soluciones, prácticas y sencillas, que era imprescindible aplicar para conseguir resolver un problema que preveía en aumento a partir de entonces. Soluciones que no por sencillas dejaban de ser novedosas y que aún hoy siguen vigentes en muchos casos. Sus conclusiones coincidían de principio a fin con las del congreso que iba a celebrarse en Frankfurt con su participación: hacía falta cambiar las disposiciones legales y normativas para garantizar un grado aceptable de calidad, era necesario también abaratar costes y había que pensar en la gente que carecía de recursos. Pero hubo otro punto más, crucial para los intervinientes europeos, y que aquí ni se llegó a considerar, que fue el de la necesidad de dotar a los Ayuntamientos con el poder necesario para hacer cumplir sus propias leyes. Esa fue, durante décadas, la gran laguna del problema de la vivienda en España.[11]

Fueron los arquitectos de la “generación del 25” quienes sentaron las bases de las teorías de Amós Salvador con un buen número de artículos -publicados desde 1922 en diferentes revistas y periódicos- en los que reflejaban la situación nacional e internacional sobre el problema, a pesar de que la mayoría de los arquitectos más jóvenes resultaron estar en este punto por detrás de las propuestas de don Amós, casi treinta años mayor que ellos (figura 4).[12] Todo ello no pudo sino reflejarse en el resultado del “Concurso de la vivienda mínima”, para asombro de Salvador y de García Mercadal, y bochorno de la profesión frente al contexto internacional. Una de las

consecuencias de aquello fue la consideración, a partir de entonces, de Amós Salvador y Fernando García Mercadal como cabezas preclaras de la arquitectura –uno, por su prestigio y experiencia; el otro, por su audacia, su espíritu crítico y su capacidad de destilar lo innovador de cualquier arquitectura-, referentes de los arquitectos con aspiraciones de modernidad y de compromiso social, de los que fueron modelo y ejemplo, respectivamente. Sin embargo, sus planteamientos no empezaron a ser tenidos en cuenta hasta varias décadas después.

Figura 4. Arniches y Domínguez. Uno de los artículos publicados desde 1922 sobre el problema de la vivienda. Biblioteca Nacional.

El debate español sobre la vivienda mínima

La postura de don Amós Salvador ante el CIAM de 1929 y el “Concurso de la vivienda mínima” venía precedida de una serie de artículos y originó un interesante debate que se reflejó tanto en las revistas y la prensa cuanto en los corrillos y las tertulias. Además de Amós Salvador y de Fernando García Mercadal, intervinieron en él otros miembros de la “generación del 25”, como Luis Lacasa, Carlos Arniches y Martín Domínguez.

Lacasa trató el tema antes aún que Salvador, en 1924, al publicar su célebre “Un libro alemán sobre casas baratas”.[13] En él reseñaba un libro del arquitecto alemán Hermann Muthesius, Casa mínima y barrio mínimo,[14] en el que éste hacía un análisis pormenorizado del problema del que partiría el debate del CIAM de Frankfurt de 1929. A pesar de tratarse de una nota bibliográfica, Luis Lacasa sintetizó con gran acierto los principios más importantes de la cuestión, recogidos más tarde por Amós Salvador y cuantos trataron el tema en los diversos artículos, ponencias y debates a los que el congreso dio lugar. Lacasa advertía de que no pretendía hacer una crítica, sino resumir lo que a su juicio era más relevante del libro de Muthesius. Así, recogía en su artículo una observación que no pudo pasar inadvertida: “... el precio no es más que un accidente, mientras que este nuevo tipo de vivienda contiene una orientación, no sólo desde el punto de vista constructivo, sino social y ético”. Frente a las perniciosas consecuencias de la guerra franco-prusiana -que había impuesto la construcción en altura- que Lacasa señalaba como responsables del problema alemán de la vivienda a principios del siglo XX, en los años veinte se observó lo que denominó en su artículo “el actual movimiento de las construcciones bajas en Alemania” gracias al desarrollo de los nuevos medios de transporte. El terreno podía situarse a las afueras de las ciudades, en zonas más baratas que los cascos urbanos pero bien comunicadas, con lo que la construcción podía ser extensiva. Como bien señalaba Lacasa, Muthesius advertía en su libro de que la vivienda barata no era una reducción de las grandes villas, sino que tenía su propia definición derivada de unas necesidades diferentes. En cuanto a las posibilidades de agrupación de las viviendas, Lacasa recogía la entonces novedosa “agrupación en fila”, a ser posible en rectángulo con la fachada en el lado menor que podía reducirse hasta los 4 metros de frente, la más barata, que denominaría Salvador “adosada”. La planta debería tener entre 30 y 60 metros cuadrados para ordenar las viviendas en fila. Si era mayor de 60 podría hacerse lo que llamó Lacasa “casa doble”. Las viviendas así dispuestas debían agruparse en conjuntos o colonias. Para completar el análisis, Lacasa hacía referencia a las observaciones de Muthesius sobre el tipo de vías con las que debían contar dichas colonias, Según explicaba, si se tomaban como referencia las vías importantes de las ciudades la construcción se encarecía y el precio del suelo aumentaba, por lo que el referente debían constituirlo las calles de los pueblos y ciudades de provincia, dando un carácter más rural al conjunto. Al multiplicar el número de viviendas así construidas y reducir los tipos, se hacía posible producir en serie muchos de los elementos que integran la construcción, como puertas y ventanas, con lo que se abarataban los costes enormemente. Aunque el libro de Muthesius planteaba toda una serie de recomendaciones para el proyecto y el planeamiento de las viviendas y los barrios presididas por la lógica y el sentido común, y buscaba soluciones prácticas al problema, Luis Lacasa no se limitó a reflejar todo ello, sino que entró de lleno en el fondo de la cuestión: el problema social.

Fernando García Mercadal, delegado del CIAM y del CIRPAC en España, y fundador del GATEPAC[15], escribió en 1926 -durante su estancia en la Academia Española en Roma- una memoria sobre los problemas de la vivienda, titulada La vivienda en Europa y otras cuestiones.[16]. En ella trataba la vivienda desde todos los puntos de vista posibles: el planeamiento urbanístico, los modos de agrupación, los tipos, las distribuciones, los programas de necesidades, las consideraciones higiénicas y sanitarias, y los materiales y sistemas constructivos. Sin embargo, su conocimiento sobre el terreno de las soluciones que se estaban dando al problema en el resto de Europa le hizo adoptar una postura singular en su estudio, puesto que recogía no solo las soluciones aconsejadas en los tratados y que venían aplicándose en toda Europa desde hacía casi un siglo, sino las innovaciones aportadas por los arquitectos jóvenes más destacados del momento (figura 5). García Mercadal hablaba por primera vez de arquitectos de la talla de Bruno Taut, Paul Wolf, Hannes Meyer y los holandeses Dudok, Berlage, Brinkman, Van der Vlugt, Oud, Wils, Gratama, Kropholler, Staal o De Klerk como profesionales que habían contribuido a buscar nuevas soluciones al viejo problema de la vivienda social, gracias a quienes las ciudades de toda Europa empezaban a transformarse para darle soluciones de los más diversos tipos. Planteada su ponencia en el Congreso Nacional de Arquitectura, García Mercadal no hacía más que meter el dedo en la llaga del gravísimo problema español de la vivienda mostrando públicamente las soluciones más innovadoras y recalcando la a todas luces deficiente Ley de Casas Baratas de 1911. Probablemente su edad –tenía veintinueve años- hizo pensar a sus colegas que su postura era producto del idealismo propio de la juventud y la mayoría hizo oídos sordos a la llamada de atención de García Mercadal.

Figura 5. Dibujos de García Mercadal sobre tipos de vivienda europeos. La vivienda en Europa y otras cuestiones.

Pero ni la reseña bibliográfica de Luis Lacasa sobre el libro de Hermann Muthesius, ni la ponencia de Fernando García Mercadal pasaron inadvertidas para sus amigos arquitectos y algún colega mayor, aunque perspicaz, como Amós Salvador. No era difícil entender que el problema era real y mucho más serio que un simple delirio juvenil. Quienes trabajaban en los organismos competentes en materia de sanidad e higiene, o en otros de ámbito social como la beneficencia, sabían bien que la situación se agravaba por momentos. El tema debía ser afrontado en distintos flancos, desde la educación individual hasta la crítica técnica especializada.

En el aspecto de la educación social se emplearon a fondo los miembros de la “generación del 25” Carlos Arniches y Martín Domínguez desde una columna semanal en El Sol, entonces el periódico vespertino más leído. Su sección “La Arquitectura y la Vida” tenía un sugerente título con el que se proponían atraer y formar la opinión de los lectores poniendo temas de gran complejidad al alcance de quienes no tenían formación técnica de ninguna clase. Un intento que no ha vuelto a darse desde 1927. En aquellos artículos, Arniches y Domínguez proponían un proyecto concreto y lo analizaban práctica y económicamente con un lenguaje llano y directo, tanto en la idea cuanto en las soluciones que aportaban, incluyendo dibujos. Así supieron por primera vez los lectores españoles de las posibilidades de distribuir una vivienda según fuesen las necesidades, del tipo de soluciones que podían esperar, del agrupamiento de viviendas en hilera (viviendas adosadas) o pareadas, o de las formas de distribuir una sala o una cocina juntando ambas para obtener un nuevo modelo de comedor (figura 6). Aunque no se trataba de invenciones suyas, sí fueron ellos quienes explicaron los avances por primera vez en un periódico para los legos en temas arquitectónicos. De alguna forma fueron responsables de que, a partir de entonces, los clientes quisieran tener un salón-comedor –en lugar de un salón y un comedor- o suprimir el “office” –antesala de la cocina- en sus viviendas. En cada ejemplo que trataban intentaban dirigir el interés del lector hacia lo nuevo poniendo en evidencia las ventajas de las novedades y los inconvenientes de las antiguas soluciones. Esto se hacía tanto más evidente cuanta mayor atención dedicaban a un tema concreto, como ocurrió cuando publicaron una serie de artículos sobre las cocinas.[17] En un momento en el que el CIAM de Frankfurt iba a traer la revolución a la vivienda transformando solamente la cocina, y la vivienda se iba a reducir considerablemente de tamaño, en España la mentalidad burguesa seguía imponiendo el servicio doméstico fijo como condición necesaria para el desarrollo normal de su existencia, con un mínimo de tres personas que desempeñaran las tareas domésticas, lo que contrastaba con la mentalidad europea de prescindir del “extraño en casa”. Sobre este punto insistieron sutil, pero eficazmente, Arniches y Domínguez en su sección al exponer las ventajas evidentes que suponía el nuevo modelo de cocina, los nuevos accesorios y materiales, y la organización de la vivienda como resultado de todo ello. Esa sutileza permitió introducir en España la nueva y práctica cocina que ideó Margarete Schütte-Lihotzky por encargo del arquitecto jefe de Frankfurt, Ernst May, para proponer como gran novedad en el Congreso de Frankfurt de 1929 sobre la vivienda mínima.[18] Por lo tanto no es de extrañar que los “Conjuntos arquitectónicos”,[19] “Estudio y vivienda para un artista”[20] y Casa sin criados” de Arniches y Domínguez en “La Arquitectura y la Vida” fueran ejemplos redondos de vivienda mínima entendida a la europea, resueltos con más acierto que los presentados al concurso que convocó Fernando García Mercadal en 1929.

Figura 6. “Conjuntos arquitectónicos”. Artículo de Arniches y Domínguez. Biblioteca Nacional.

En cuanto a la educación de técnicos en temas afines al de la vivienda, destaca una conferencia pronunciada por Luis Lacasa en 1931 en la Escuela Nacional de Sanidad, titulada “La vivienda higiénica en la ciudad”,[21] en la que se refería de nuevo al “factor económico” como esencial para la solución del problema de la vivienda y fuente de las luchas e inquietudes del momento en esa materia. Decía Lacasa: “Sólo hay una limitación, sólo hay un factor que establece diferencias y dificultades, y ese factor (...) es el económico”. Según apuntaba, mientras en el extranjero se había conseguido subordinar legalmente los intereses particulares a los colectivos, en España el caso era el contrario: los Ayuntamientos, encargados de dictar las ordenanzas, no tenían poder frente a determinados intereses particulares para hacer que se cumplieran. Este problema y el económico constituían pues, en opinión de Lacasa, la esencia del retraso español en materia de política de la vivienda social.

En 1932 el GATEPAC publicó un editorial con el título de “Lo que entendemos por vivienda mínima” sobre el mismo tema, en el que el planteamiento coincidía con el de Amós Salvador.[22] No en vano, otro de los asistentes españoles al CIAM de Frankfurt había sido el entonces jovencísimo Josep Lluìs Sert, miembro del GATEPAC y redactor de A.C. El artículo era mucho menos pormenorizado –ocupaba una sola planilla- y solamente esbozaba unas líneas generales a modo de manifiesto. El GATEPAC contemplaba un conjunto de necesidades básicas a cubrir, que exponía en cinco puntos –uno más que don Amós-:

1º/

Renovación de aire, luz y sol.

2º/

Higiene.

3º/

Planta “orgánica” que facilite la vida.

4º/

Mobiliario “a escala humana”.

5º/

Aislamiento de los agentes exteriores, como ruidos, temperaturas o habitaciones contiguas.

La propuesta no hacía ninguna aportación decisiva respecto de los planteamientos de Amós Salvador, aunque sí expresaba implícitamente la voluntad decidida del grupo de no abandonar una cuestión que convirtieron en otro de los principios del GATEPAC, para lo cual exponían las cinco condiciones necesarias para obtener lo que llamaron “vivienda confortable”. Con esta expresión se referían al “mínimo confort deseable” de don Amós Salvador: el mínimo confort al que tiene derecho un individuo. La clave consistía en que el confort debía de ser también espiritual, provisto por la vivienda que además debía proporcionar “optimismo” por medio de colores alegres, luz y plantas, y reposo, utilizando líneas tranquilas y volúmenes agradables, para descansar la vista. Este planteamiento servía al GATEPAC para reclamar una nueva ley que sustituyera a la “anticuada” Ley de Casas Baratas.

Aunque el planteamiento del GATEPAC era razonable, estaba resumido en exceso y parecía menos profundo de lo que era, por lo que daba la impresión de ser más una llamada juvenil a la rebelión contra la Ley de 1911 que una propuesta seria, comparable a la de Amós Salvador. Al reabrir la polémica, el grupo se situaba como protagonista de las reivindicaciones a pesar de que, en virtud de sus aportaciones, no era más que un continuador que  ponía en evidencia la gravedad de una cuestión que continuaba vigente y sin resolver tres años después del CIAM Das Existenzminimum de Frankfurt. Sin embargo, el GATEPAC tuvo el acierto de realizar ejemplos concretos según las teorías que preconizaba, lo cual le valió un justo reconocimiento.

 De lo anterior se deduce que fueron precisamente los arquitectos -según se deduce de sus propias actuaciones documentadas- los que más interés pusieron en llamar la atención sobre la necesidad de cambiar la mentalidad social y política españolas ante el problema de la vivienda. Atacaron la cuestión desde todos los frentes a su alcance, aportando crítica y honestamente lo mejor de sus conocimientos y poniéndose, como no podía ser de otra manera, al servicio de la sociedad.  Sin embargo, el clamor duró años para no producir, a final de cuentas, los resultados esperables ni reportar beneficios a quien debía de obtenerlos: la sociedad. Ello degeneró en una situación endémica de negligencia política y legal que perpetuó el déficit de viviendas durante casi medio siglo más, y tuvo un efecto aún más pernicioso en la conciencia social: no se produjo el esfuerzo por proporcionar una vivienda suficientemente digna a quienes la necesitaban, ni siquiera cuando se consiguió salir de la situación temporalmente. Las viviendas que se construyeron entonces eran, en la mayoría de los casos, escasas en número, de una pobre calidad constructiva y hechas con evidente escasez de medios económicos y materiales, con el propósito de rentabilizar la inversión. No eran, en definitiva, las viviendas dignas -que servirían a sus habitantes de modelo de vida que ya siempre querrían repetir-, de gran calidad aunque de reducido tamaño que se hacían en el resto de Europa, donde el problema se afrontaba con gran seriedad, sacrificando los intereses particulares en favor de los colectivos, sino todo lo contrario: un gran negocio especulativo que, a costa de los intereses sociales, proporcionaba enormes beneficios a promotores y constructores. La sociedad española tendría así, en el mejor de los casos, un techo bajo el que guarecerse, sin obtener de él más que un pobre ejemplo de vida compuesto exclusivamente de mínimos a cubrir y confundiendo, en el mejor de los casos, excelencia arquitectónica con profusión de tics decorativos costosísimos e innecesarios, que vemos repetir en las generaciones herederas de aquellos ejemplos. La ausencia de modelos estudiados con rigor y seriedad, que fue sustituida en España por discutibles ejemplos de los que muy pocos era deseable repetir, trajo como consecuencia en muchos casos la utilización de estos como si se tratase de auténticos modelos.

El debate que se produjo sobre la vivienda mínima hasta el estallido de la Guerra Civil solo cambió actitudes individuales -la mayoría, de arquitectos-, pero no las políticas legales, económicas y sociales que habría sido necesario transformar para que el cambio hubiera sido completo.  Cuando se puso por fin manos a la obra para atajar el problema, se utilizaron los parámetros que habían sido válidos a finales de los años veinte y estaban ya obsoletos. El concepto caduco del “mínimo confort deseable” no se incluyó en la ley hasta 1976, al revisarse la Ley de Viviendas de Protección Oficial de 1963-68. Dicha ley no se modificó hasta 1978, cuando por fin se introdujeron todos aquellos conceptos propuestos por los arquitectos en los años veinte, con medio siglo de retraso.

Estado actual de la cuestión

La discrepancia que ha derivado, en parte, en la actual situación de la vivienda en España es la del “mínimo confort deseable”. Este concepto debería plantearse actualmente a la inversa, como “máximo confort alcanzable” y asociarse quizá no tanto a la vivienda mínima –que ya debería de haberse superado- cuanto a la calidad arquitectónica. Ésta no coincide exactamente con la constructiva, ya que es solo una parte de aquella.

En el momento histórico actual, lejos de una feroz postguerra en la que se imponía la austeridad económica en todos los órdenes -gracias a la cual fue posible reconstruir Europa dos veces-, empieza a estar fuera de lugar la utilización de parámetros “mínimos” para el proyecto, la construcción y la misma discusión del problema de las viviendas sociales protegidas, subvencionadas por el Estado. En una situación en la que se reduce la población y aumenta la renta per-cápita, y en la que el país vive la etapa de mayor esplendor económico que se ha conocido desde hace siglos, parece deseable, y posible, recurrir a parámetros puros de confort: viviendas con menos habitaciones pero más amplias –como consecuencia de la transformación de la familia-, tecnología puntera, innovación arquitectónica y excelencia de los materiales y de los sistemas constructivos. En definitiva, todo aquello que garantice una vida mentalmente más sana y psicológicamente más deseable, que cumpla las aspiraciones de una sociedad culta y bien formada, dentro del auténtico confort del siglo XXI.

Nunca antes había habido tal cantidad de arquitectos de primer nivel y con formación excelente, ni tanta disponibilidad de medios materiales y económicos. En tales circunstancias se tendrían que estar produciendo las viviendas más punteras, modelos a exportar al resto de Europa, y en realidad está ocurriendo todo lo contrario. En el momento actual debería ser la iniciativa pública la que fomentase la innovación y diese ejemplo de excelencia, en vez de dejar que la iniciativa privada tome la delantera llevada por intereses espurios. Jamás con tantos medios humanos y materiales de primera calidad se ha ofrecido un producto tan burdo y ramplón, de tan escasa calidad material y arquitectónica y a un precio tan desorbitado. Lo que esto demuestra es que ni siquiera la ley de 1978 solucionó el gravísimo problema que se derivaba de incluir en la solución a los principales beneficiados -los promotores y los constructores-, cuando lo más razonable al promulgar la ley habría sido dotar a los organismos oportunos de las competencias necesarias para hacerla cumplir, como ya ocurriera en el resto de Europa en el período de entreguerras.

El Estado ahora debería situarse a la cabeza de la experimentación y de la innovación arquitectónica en materia de viviendas, exigiendo tipos actuales que se ajustasen como un guante a las distintas formas de vida de sus ciudadanos, y ofrecer un modelo de vivienda adaptado a cada circunstancia. Deberían ampliarse los módulos establecidos por la ley que regulan la cantidad de metros cuadrados construidos correspondientes a cada uno de los miembros de la unidad familiar. Se tendrían que promocionar las propuestas innovadoras de programas de necesidades, de distribución de la vivienda y de ordenación y agrupación de viviendas, para adecuarlas a la sociedad actual y a sus aspiraciones y necesidades. De una vez por todas, se deberían imponer en España los intereses generales promoviendo desde instancias oficiales el debate entre expertos para recuperar el rumbo de los ideales de vida a los que cabe aspirar en grado máximo en el contexto actual, como modelos a repetir e imitar en el futuro por quienes puedan beneficiarse de ellos. Solo así podrá recuperarse el rumbo perdido desde el mismo momento en que se planteó el debate en España.

 

Notas

[1] El mínimo existencial.

[2] Jefe de obras de la ciudad de Frankfurt.

[3] Arquitectura, 1929, pp. 286-405.

[4] Este Reglamento fue la última reforma de la Ley de 12 de junio de 1911,  ampliada en 1921 y completada después con los Reglamentos de 1921 y el citado de 1922. Fue en esta última ocasión cuando fue bautizada con el nombre de Ley de Casas Baratas.

[5] Arquitectura, 1929, página 296.

[6] Don Amós Salvador había nacido en 1879 y se había titulado en 1902.. Entre otros cargos que desempeñó, además de Diputado en las Cortes, fue arquitecto de la Dirección General de Sanidad, vocal de la Junta de arquitectos del Ministerio de Fomento, arquitecto de Construcciones Civiles del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y vocal del Consejo de Sanidad y de la Comisión Central de Sanidad Local. Era, por lo tanto, una autoridad en materia de temas sanitarios y sociales relacionados con la arquitectura.

[7] Estos eran los dos tipos de proletariado que consideraba Salvador.

[8] Un buen ejemplo del resultado de aplicar la Ley de Casas Baratas en Madrid lo constituye la colonia “El Viso” en la que lejos de construirse viviendas sociales, se hicieron viviendas burguesas.

[9] Este punto es de suma relevancia puesto que es en el que se basaría el GATEPAC para defender su teoría al respecto ya en 1932.

[10] Procedimiento inédito en España, que Salvador explicaba puntualmente.

[11] Esa preocupación, que ya había manifestado Hermann Muthesius en 1922, en el libro reseñado por Luis Lacasa, era la misma que defendió con vehemencia en el Congreso de Frankfurt de 1929 el arquitecto alemán Hans Schmidtt. Ver Arquitectura, número 306, 1996, pp. 21-23.

[12] Véanse las numerosas publicaciones de Fernando García Mercadal, Luis Lacasa o Carlos Arniches y Martín Domínguez en Arquitectura, El Sol o A.C., entre otros.

[13] Arquitectura, agosto de 1924.

[14] Muthesius, Hermann, Kleinhaus und Kleinsiedlung, publicado en 1922.

[15] Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea, fundado en Zaragoza el 21 de octubre de 1930.

[16] García Mercadal, Fernando, La vivienda en Europa y otras cuestiones, Roma, 1926; ponencia presentada en el XI Congreso Nacional de Arquitectos y Primero de Urbanismo; editado en 1998 por la Institución “Fernando El Católico”.

[17] Arniches y Domínguez, “Cocinas”, “La Arquitectura y la Vida”, El Sol, noviembre de 1927; “Cocinas”, diciembre de 1927; “Un ‘office’”, febrero de 1928; “Casa sin criados”, septiembre de 1928; y “La casa nueva”, septiembre de 1928.

[18] Este tipo de cocina, en la que se suprimían el “office” y demás dependencias satélite, es el mismo que sigue vigente en la actualidad, ochenta años después, y que se basa en distribuir todos los aparatos y muebles necesarios en una sola habitación, pegados a las paredes. Se llamó “cocina de Frankfurt” a partir del CIAM de 1929, aunque se tenía noticia de las investigaciones sobre el tema antes de esa fecha.

[19] Arniches y Domínguez, “Conjuntos arquitectónicos”, “La Arquitectura y la Vida”, El Sol, abril de 1927.

[20] Arniches y Domínguez, “Estudio y vivienda para un artista”, “La Arquitectura y la Vida”, El Sol, enero de 1928.                

[21] Conferencia pronunciada el 17 de junio de 1931 y publicada en Arquitectura, julio, 1931.

[22] “Lo que entendemos por vivienda mínima”, A.C., nº 6, 1932, p. 21.

 

Bibliografía

Libros

GARCÍA MERCADAL, Fernando. La vivienda en Europa y otras cuestiones. Zaragoza: Institución “Fernando El Católico” – C.S.I.C., 1998. ISBN 84-7820-419-9.

MUTHESIUS, Hermann. Kleinhaus und Kleinsiedlung. Berlín: s. e., 1922.

Revistas y artículos

Arquitectura. Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. 1996, número 306. Madrid. ISSN 0004-2706.

ARNICHES, Carlos y DOMÍNGUEZ, Martín. Conjuntos arquitectónicos. El Sol, abril de 1927.        

- Cocinas. El Sol, noviembre de 1927.

- Cocinas. El Sol, diciembre de 1927.

- Estudio y vivienda para un artista. El Sol, enero de 1928.

- Un office. El Sol, febrero de 1928.

- Casa sin criados. El Sol, septiembre de 1928.

- La casa nueva. El Sol, septiembre de 1928.

Lo que entendemos por vivienda mínima. A.C., 1932, número 6, página 21.

LACASA, Luis. Un libro alemán sobre casas baratas. Arquitectura, agosto 1924.

SALVADOR, Amós. Concurso de la vivienda mínima. Arquitectura, 1929, número 125.

- Sobre la vivienda mínima. Arquitectura, 1929, número 129.

Leyes

España. Ley de 12 de junio de 1911, de Casas Baratas.

España. Ley de 10 de diciembre de 1921, de ampliación de la Ley de Casas Baratas.

España. Ley de 19 de abril de 1939, de creación del Instituto Nacional de la Vivienda, por la que se establece el concepto y la regulación de Viviendas Protegidas.

España. Ley de 25 de noviembre de 1944, de regulación de la protección de viviendas.

España. Ley de julio de 1954, de regulación de las Viviendas de Renta Limitada.

España. Decreto de 24 de junio de 1955, de aprobación del Reglamento de la Ley de Viviendas de Renta Limitada.

España. Decreto 2131/1963, de 24 de julio, de aprobación del Texto Refundido de la Ley de Viviendas de Protección Oficial.

España. Decreto 2114/1968, de 24 de julio, de aprobación del Reglamento para la aplicación de la Ley de Viviendas de Protección Oficial. Boletín Oficial del Estado, 7 de noviembre de 1968.

España. Real Decreto-Ley 12.1.1976, de 30 de julio, estableciendo la categoría de vivienda social que sustituye a las definidas en la Ley de Viviendas de Protección Oficial 2131/1963.

España. Real Decreto 2960/1976, de 12 de noviembre, de aprobación del Texto Refundido de la Ley de Viviendas de Protección Oficial. Boletín Oficial del Estado, 28 de diciembre de 1976.

España. Real Decreto-Ley 31/1978, de 31 de octubre, sobre política en materia de viviendas de protección oficial. Boletín Oficial del Estado, 8 de noviembre de 1978.

España. Real Decreto 3148/1978, de 10 de noviembre, que desarrolla el Real Decreto-Ley 31/1978. Boletín Oficial del Estado, 16 de enero de 1979.

 

© Copyright Mª Concepción Diez-Pastor Iribas , 2003
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Ficha bibliográfica:
DIEZ-PASTOR, M. C. La vivienda mínima en España: primer paso del debate sobre la vivienda social. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales. Barcelona: Universidad de Barcelona, 1 de agosto de 2003, vol. VII, núm. 146(023). <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-146(023).htm> [ISSN: 1138-9788]

 
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