Scripta Nova
REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona. 
ISSN: 1138-9788. 
Depósito Legal: B. 21.741-98 
Vol. X, núm. 218 (26), 1 de agosto de 2006 

EL SISTEMA PRESIDIAL EN EL SEPTENTRION NOVOHISPANO, EVOLUCION Y ESTRATEGIAS DE POBLAMIENTO

Luis Arnal
Facultad de Arquitectura, UNAM


El sistema presidial en el septentrión  novohispano, evolución y estrategias de poblamiento (Resumen)

 El presidio como instrumento de defensa y pacificación del territorio fue entendido como una pieza fundamental en la ocupación del territorio, de tal forma que en sus inicios defendió las rutas y caminos, para después ser un elemento de estrategia para ir poblando el norte de México para esto se diseñaron diferentes métodos desde la agrupación con pequeños asentamientos agrícolas y mineros y la línea de presidios en una frontera ideal, hasta la conversión de los establecimientos militares en poblados de nueva traza.

Palabras clave: presidio, frontera, poblaciones.


The presidios in the northern frontier of New Spain, and his transformation in towns (Abstract)

Since XVI century, the presidio became the main instrument in the protection and pacification of the arid lands of the northern territory of Mexico, in his evolution from guard of the roads and small settlements, and  congregation with missions, mining towns and rancherias, to the most efficient strategy of “la linea” and finally  the defensive net connecting villas; There were always a  continuous idea of a general planning of the territory and a urban process of transformation of the military presidios in civil towns.

 Key words: presidio, frontier, towns.


La red de caminos a ningún lado

En México, quizás como en ningún otro territorio, el poblamiento y distribución de villas y pueblos fueron una obsesión y una exigencia, que forjaron los ánimos de sobrevivencia, defensa, doctrina, producción y sostenimiento de la frontera, donde se “utilizaron de una manera compleja y única conceptos tales como persuasión, conversión y fuerza”, para controlar y comprender las fronteras de la Nueva España (1). La palabra conquista no se puede relacionar con la misión y el presidio, los dos instrumentos de aculturación y poblamiento más importantes hasta el siglo XVIII.

Una frontera móvil con puntos débiles por donde penetraban las tribus aguerridas, hacía más difícil el establecimiento de pobladores, que sólo podían sostenerse con la presencia de una red presidial; sistema que fue perfeccionándose en Nueva España hasta alcanzar tal importancia que podríamos asegurar que fue el principal instrumento de defensa, protección y poblamiento, y por lo tanto, de consolidación de los factores de producción desde el siglo XVI al  XVIII.

Los descubrimientos de las minas y campos agrícolas en el septentrión novohispano, así como el rápido crecimiento de la ganadería durante el siglo XVI, permitieron que se pasara de una etapa de apropiación territorial, en sitios previamente ocupados por una población local organizada y sometida en cierta manera por la tenacidad de las órdenes mendicantes, cuyo sistema de producción se apoyaba en la mano de obra y el tributo; a otra en la que las grandes extensiones de tierra fueron acaparadas en un afán de búsqueda de prestigio, poder y complemento del sistema de producción y abasto de los campos mineros.

El territorio estaba conformado por terrenos semi desérticos y sólo parcialmente ocupados por tribus, en forma de reducidos grupos de familias que se movían constantemente en busca de refugio y alimentos, recorriendo enormes distancias, acampando y cazando, relacionándose esporádicamente con otros grupos con los que se cruzaban, intercambiando objetos diversos y  conocimiento de los sitios y lugares.

En estas tierras cortadas por sierras y cordilleras, que abrazan los dos extremos de México, se encontraron minas, reservas de agua, grandes planicies y extensiones vacías que parecían infinitas, sobre las que se fueron construyendo los caminos, a base del empuje de bestias y rudas carretas que iniciaron el transporte de pobladores y el trasiego de productos.

La obtención de mercedes de tierra por méritos de campaña y favores a la Corona, fue acaparada por los capitanes de frontera, mineros y aventureros que de esta manera se fueron haciendo grandes señores, empujando la frontera cada vez más al norte (figura 1.).
 
 

Figura 1
Nueva España: zonas donde se establecen los presidios

Zacatecas y Santa Fe representan los detonadores de la expansión hacia el norte; los ricos campos mineros alrededor de la primera, y la última leyenda del siglo XVI en el caso de la segunda, simbolizan de una manera clara las dos circunstancias sobre las que se movía el interés de aquellos personajes: la plata y la aventura. Dos ilusiones, de las que fueron protagonistas aquellos habitantes que iniciaban el encuentro con una nueva identidad.

Así la plata, el ganado, la ambición y lo desconocido, rompieron el cerco hacia el norte, empujando la frontera hacia el gran río del Norte, en ese rápido movimiento que termina a principios del siglo XVIII, se arrollaron a las tribus y su hábitat, los que quedaron atrapados en el remolino de una nueva religión y una nueva cultura.

Los caminos fueron varios; el primero y más importante empezaba en México y terminaba en Santa Fe, Nuevo México, y funcionó como la columna central del que crecieron otros, distribuyéndose y conectando haciendas, pueblos, villas y reales mineros. Durante el siglo XVII se abrieron otras rutas, la que partía de Durango y se abría  al oriente hacia Cuencame, y Parras, Saltillo, Monclova, San Juan Bautista, continuando hacia principios del siglo XVIII, hacia el presidio de Nuestra Señora del Pilar de los Adaes, camino real que pasaba por San Antonio y los ríos Brazos, Trinidad y Sabina. Esta ruta de comercio fue también de protección y aseguramiento de los límites, ante la presencia francesa en Luisiana hasta 1764 (figura 2).
 
 

Figura 2
Princiales caminos de la Nueva España

Con la cesión de Luisiana a España, la frontera llegaría hasta La Florida, y el camino que terminaba en Natchitoches y el río Rojo continuará hasta el río Ouachita, hacia el noreste bajando por el río Rojo, para conectar con las poblaciones de Opelousas y mas allá, hasta la villa de Nueva Orleáns con las nuevas poblaciones de Bernardo de Gálvez. El camino seguía cruzando el gran río a las Floridas, la occidental: Natchez, Panzacola, Mobila, y la Florida oriental por la ruta de las misiones hasta San Marcos y terminaba en San Agustín.

Otra ruta partía de Guadalajara por la planicie entre la cordillera y la costa, atravesando los ríos de Sinaloa, llegando hasta la Pimeria en Sonora, ruta inicialmente abierta por Nuño de Guzmán y después caminada por los misioneros Jesuitas, que establecieron entre los ríos de Sinaloa y el desierto de Sonora sus primeras doctrinas. Desde estas últimas, Eugenio Kino S. J. dio el salto hacia la península de Baja California a finales del siglo XVII, fundando el presidio de San Bruno y posteriormente la misión de Loreto, desde donde partiría la cadena de misiones, entre el mar y la sierra de la Giganta, ruta que se prolongaría como una flecha hacia el sur y norte de la California.

Los Franciscanos también misionaron hacia el norte y abrieron nuevos caminos. Las misiones franciscanas de Texas en los inicios del siglo XVII (2) (Asinais, Natoches, Ais, Neches y Tejas), y las de la sierra Tarahumara, son ejemplo de su tenacidad para congregar a las tribus, y conectarlas en ese territorio que parece arrugado por un gigante. Esta zona del estado de Chihuahua fue compartida con los jesuitas, y entre ambos construyeron más de doscientas misiones que formaron una fina red de caminos de a pie, que finalmente desembocarían en las rutas de los presidios en el siglo XVIII.

Dos rutas más completarían el mapa de caminos; la que desde el siglo XVI conectaba desde Querétaro, hacia San Luis Potosí y desde ahí se podía ir a Zacatecas o hacia el norte pasando por Saltillo a Monterrey, el presidio de Cerralvo y las misiones de Nuevo León, hacia el paso de Francia, en el río Grande. Pero también yendo  hacia el oriente se enlazaba con las villas de Nuevo Santander, fundadas por la utopía urbana Escandoniana a mediados del siglo XVIII.
 

La estrategia lineal

Con el descubrimiento de las minas de Zacatecas en 1548, se da un salto a través de las líneas chichimecas, ya que la ruta estaba bien definida hasta Querétaro, y se establece el “camino de la plata” pasando por Puerto Nieto, San Miguel, San Felipe, Portezuelo, Ojuelos, Aguascalientes, Bocas, Cuicillo y Ciénega Grande, con cortos ramales hacia las haciendas de sustento defendidas también por presidios como Cieneguilla, Colotlan, Malpaso y otros más en otras regiones (3). Estos presidios fueron hechos de prisa, con los materiales a la mano y sin un plan preconcebido, por toscos capitanes de frontera, ayudados por lo mejor de la calaña, puñado de mercenarios, a sueldo escaso y malamente armados, mayormente sostenidos por los mismos mineros, ganaderos, mercaderes o  agricultores, que utilizaban el camino; al principio, la única intención era la de defender sus vidas y funcionar como refugio temporal ante los ataques. Por lo regular, una vez que se continuaba o se desmontaba el presidio por estar en zona pacificada, este era olvidado y con el tiempo se convertía en una población que aprovechaba cualquier resto de construcción olvidada para hacer sus casas, trojes y formar la plaza utilizando  el espacio central del presidio.

Durante el siglo XVI y principios del XVII, los presidios se harán siguiendo una línea, una especie de cadena, en la que cada eslabón era fuerte en sí mismo y sólo funcionaba para protección del mismo sitio, sin ninguna relación con los alrededores, sobretodo si estos eran lejanos. Un presidio seguía al otro, a una distancia prudente que permitiera el mutuo apoyo, a la manera de los sacramentos, como menciona el poeta Fernán González de Eslava en su coloquio “De los siete fuertes”, donde compara los presidios con los sacramentos como una escalera para ir al cielo: Camino de tropezones es la vida donde estamos y si en él nos descuidamos nos roban fieros ladrones…” (4). En efecto, durante los ataques chichimecas no sólo se dedicaban a robar ganados, ropa y mercancías, sino hacían cautivos y mataban con refinada destreza a los pobladores y viajeros de esos caminos: “arrancaban varias partes del cuerpo, costillas y huesos de los brazos y piernas, uno por uno, hasta que el cautivo moría” (5). Los presidios así localizados tenían una estrategia de “abrir campo”, empujando a las tribus hacia el norte y liberando amplios espacios para el cultivo y crianza; algunos tuvieron desde el inicio la misión de proteger asentamientos congregados por las órdenes mendicantes, otros defendían reales mineros, y otros más estaban en lugares que formaban el mismo camino hacia Zacatecas, funcionando también como almacenes, hostales o corrales (figura 3).
 
 

Figura 3
La estrategía lineal 1550-1685

Esta cadena partía de México, llegando hasta más allá de Zacatecas, localizándose en los centros mineros de Fresnillo, Sombrerete, San Martín, Chalchihuites, San Andrés, Cuencame, Aviño y Mazapil; por el poniente, los presidios de San Hipólito de Topia y  Santa Catalina de Tepehuanes defendían las misiones y minas de Santiago Papasquiaro. La ubicación de estos presidios iniciales fue en forma de puestos aislados, en los lugares que convenía para la protección de misioneros y colonos.

El camino, aunque seguía hasta Nuevo México, realmente era muy inseguro en el tramo entre Parral y el río Grande, por lo que las caravanas hacia Santa Fe tenían que ser custodiadas por escoltas y hacer escalas en los pueblos de indios pacificados o haciendas, “las partes y lugares donde estos salteadores hacen daños son en los últimos pueblos de la Nueva España y en haciendas, estancias de ganado y labores que confinan con sus términos y tierras y asimismo las minas y caminos que van hacia ellos porque son las últimas partes que hay” (6).

De esta manera, la larga cadena defensiva se fue consolidando, partiendo en dos la zona de guerra, permitiendo el asentamiento de nuevos poblados y la producción de las minas, haciendo seguro el camino hacia el norte y las rutas secundarias, pero siempre como elementos puntuales en el territorio.
 

La defensa centralizada

La agresividad de las tribus y las alianzas entre ellas, provocaron a principios del siglo XVII una mayor actividad en los territorios por encima de Durango, áreas que ya empezaban a ser visitadas por misioneros, mineros y en donde también se habían dado enormes concesiones de tierra para la formación de las haciendas norteñas; sin embargo, la poca población y la lejanía de estos pequeños polos de asentamientos obligaron a un cambio de estrategia en el sistema presidial.

La rebelión de los Acaxees, Xiximes, Tepehuanes, Salineros y Conchos entre 1610 y 1645, y la gran alianza entre los Tarahumaras de 1649 a 1653, conocida como la “Sublevación de indios bárbaros en los contornos de Nueva Vizcaya”(7), así como las rebeliones en Texas y Coahuila, forzaron una modificación en la composición de las tropas y en la distribución arquitectónica de los presidios. Se fue pasando de un pequeño fuerte a base de tapias, adobe o palizada, suficiente sólo para albergar unas cuantas tropas y caballada en su interior, a una pequeña concentración de casas de soldados, capitán, capilla y almacenes, formadas en cuadro, con una plaza de armas en medio, a cuyo alrededor con el tiempo empezaron a asentarse comerciantes, artesanos  y algunos pocos pobladores dedicados a la agricultura, con huertos y corrales, formando un pequeño conglomerado iniciándose el binomio presidio-villa (figuras 4a, 4b, 5).
 
 

Figura 4a
Presidio de Janos. Modelo Tipo B

 
Figura 4b
Superposición del presidio de Janos en la Traza actual del poblado

 
Figura 5
Presidio del Pasaje en Nueva Vizcaya. Modelo Tipo A

Por otro lado, las distancias cada vez mayores entre presidios, debido a la poca población y escaso aprovechamiento de las tierras, impusieron un nuevo concepto más autosuficiente; ya no se podía depender de la ayuda del presidio próximo, sino de lo que cada uno lograra por sí mismo. Dado el avance de los misioneros que se iban localizando en parajes cada vez más peligrosos para ellos, se obligó a localizar presidios en zonas cada vez más alejadas de la frontera.

En Nuevo León, los presidios de Cerralvo (1626) y Cadereita (1637) fueron  villas, y tuvieron conventos fundados en 1630 y 1640 respectivamente;  protegieron las misiones franciscanas que se ubicaron unos años más tarde en sus alrededores: Santa María del Río Blanco (1648), San Cristóbal de los Gualagüises (1664), San Antonio de los Llanos (1666), Santa Teresa del Álamo (1659), San Nicolás de Gualeguas (1672), Nuestra Señora de Dolores de la Punta de Lampazos (1698), Guajuco (1736), Labradores (1678) y Boca de Leones (1687) (8). En varios casos las misiones crecieron en pobladores, a tal grado que pudieron defenderse solas, como en Linares donde hubo convento (1715); en el valle del Pilón se fundaron las misiones de Santillana, Purificación y Concepción, que también tenían gran número de indios. En otros casos desaparecían las misiones por falta de gentiles, pero también sucedió lo mismo con los presidios cuando no tenían qué defender o cuando su posición dejaba de ser importante en la defensa de un territorio.

El factor que detonó la formación de presidios “centralizados” en Nueva Vizcaya fue la catástrofe de Nuevo México de 1680, que se extendió desde la región de los Moqui y Pueblo, a otras naciones como los Conchos, Tobosos, Julimeños y un centenar de tribus más (en 1683 se sublevaron ochenta y cinco naciones del río Nazas y la Laguna) (9) obligando por un lado a mover a todos los pobladores y misiones, desde Santa Fe y las riveras del alto río Grande, hacia el sur; los ataques llegaron hasta Casas Grandes, Julimes y  Conchos.

En Madrid se tomaron decisiones vitales que modificaron la estrategia geográfica y la forma de entender la estructura y función de los presidios; se ordenó la eliminación de los presidios de San Hipólito de Topia, Santa Catalina de Tepehuanes, ya que los Acaxees y Tepehuanes habían mantenido la paz por mas de setenta años, y San Sebastián (Chiametla), aunque este último se conservó un poco más de tiempo (figura 6).
 
 

Figura 6
Presidios centralizados 1680-1770



Lo que ordenó Carlos II en 1685 fue crear cuatro presidios fundamentales para la defensa de Nueva Vizcaya: Pasaje (Cuencame), San Pedro del Gallo, Cerro Gordo, “El fuerte se fabricó solo para circunferencia del medio fundándose este presidio para que explorase la tierra, corriese las campañas…” (10) y Conchos, en una línea casi vertical de sur a norte, entre Fresnillo y Chihuahua, conservando la distancia de veinticinco leguas entre uno y otro, considerando que Parral se hallaba a  la mitad entre Conchos y Cerro Gordo, de tal forma que cortaban cualquier intento de ataque sobre las sierras y la zona minera alrededor de Durango; más adelante en 1711, se fundaría  el presidio de Mapimi, que penetraba más hacia el Bolsón, sacando hombres de los cuatro presidios.

En el norte y a espaldas de la Tarahumara, se erigió el presidio de San Felipe y Santiago de Janos en 1686, que se sostuvo durante todos los cambios de estrategias, ya que cortaba el paso de los Pimas por la sierras, hacia el presidio de Fronteras (1720) y  Sonora.  Casas Grandes y  el Paso del Norte se establecieron en 1687  y 1682, para protección de los colonos que huían de Nuevo México y las misiones que se reubicaron en las márgenes del río Grande.

En Coahuila se fundó el presidio de Santiago de la Monclova en 1689, con la intención de dejar un puesto de refuerzo en el camino hacia Texas, amenazada por los franceses de La Salle, quienes habían hecho el presidio de San Luis en la bahía de Matagorda, y en 1701 se levantó  el presidio de San Juan Bautista del Río  Grande (Paso de Francia) “..Veinte de estos soldados reunidos con los de Coahuila de cortar y recorrer la tierra, reservándose los diez restantes para la defensa de las misiones. Escogieron estos para situación de su presidio una ciénega que estaba inmediata a la misión de San Juan Bautista, lugar de poca comodidad ya que por lo bajo el sitio da poco lugar a los vivientes y por consiguiente son excesivos los calores…” (11)  como protección de las misiones cercanas, que sería el primer escalón hacia las fundaciones del río San Antonio (12).

En Texas pasó algo similar antes de la formación de la “línea “; los  presidios dieron apoyo a centros de producción, ya fueran misiones o pequeñas rancherías. Así el presidio de San Francisco Xavier (1751) protegía las misiones de San Ildefonso (1749), San Francisco Xavier (1746) y  Nuestra Señora de la Candelaria (1749), en el río San Gabriel; el de San Luis de las Amarillas, a la misión de triste memoria de Santa Cruz de San Saba, en el río del mismo nombre. El presidio de San Agustín de Ahumada, “El Orcoquizac” (1756), a la misión de Nuestra Señora de la Luz (1756); el presidio de San Antonio del Bejar(1718), reforzado por el fuerte del Cíbolo (1734) daban protección a las misiones de San Antonio Valero (1718), la Purísima Concepción (1731), San Juan Capistrano (1731), San José y San Miguel (1720), San Francisco Xavier de Najera (1722), y San Francisco de la Espada (1731) (13). El presidio de Nuestra Señora de Loreto (la Bahía-Goliad) (1749), a la misión del Espíritu Santo de Zúñiga (1749) en el río San Antonio, antes localizados ambos en el río Guadalupe (1721); el presidio de nuestra Señora del Pilar de los Adaes (1721) a la misión  de San Miguel de Linares o de los Adaes (1717); el presidio Nuestra Señora de los Dolores o de los Tejas (1721), a las misiones de Nuestra Señora de Guadalupe de Nacogdoches (1716), San José de los Nazonis (1716), La Purísima Concepción de los Asinais (1716), Nuestra Señora de los Dolores de los Ais (1717) y San Francisco de los Tejas o Neches (1721) (14).

Esos círculos de protección se hacían a veces muy extendidos, por lo que la defensa perdía su eficiencia; en otros momentos, dependiendo de la agresividad de las tribus, las distancias de los radios de apoyo no eran suficientes para garantizar la seguridad de las misiones y pueblos adyacentes. Durante toda la primera mitad del siglo XVIII, se hicieron visitas, inspecciones y recorridos por los presidios, cambiando algunos de lugar, desapareciendo otros y reforzando los más, con objeto de mantener la frontera bajo control (15).

Así notamos una transformación del concepto presidial de los siglos XVI y XVII, combinando las actitudes defensivas con las de poblamiento, ya que lo que se pretendía era que alrededor de los presidios se fueran formando pequeños núcleos de pobladores, indios pacificados,  pequeños agricultores y soldados viejos que reclamaban tierras para quedarse permanentemente. Estas áreas de influencia atrapaban rancherías y pueblos mineros, cuando las distancias entre presidios era muy grande se trataba de acercarlos por medio de compañías volantes que recorrían a lo ancho y largo el territorio, de esta forma la ubicación estratégica sustituyó la cadena lineal.

La reorganización del territorio obligó a que los presidios en esta segunda etapa se convirtieran en entidades móviles; los soldados salían constantemente a patrullar, aunque siempre con el peligro que los ataques penetraran entre estos círculos, pero cada vez más se fueron formando pueblos en las inmediaciones, hasta que el peso de las milicias iba haciendo disminuir la dotación de los presidios. En 1724 había sólo ocho hombres en Cadereita y doce en Cerralvo, contra  los cien hombres de los Adais, o los cuarenta y cinco de los presidios de El Gallo y Pasaje.

Hacia 1725 había veinticinco presidios (16), sin contar San Bruno en Baja California, con un total de 905 hombres, y completando con los del Valle de San Bartolomé, región de nogales y otros frutales, formado con la compañía de Parral y el presidio de Nayarit (región recién explorada). Así tendríamos en   Coahuila y Texas: Los Adais, San Antonio, La Bahía (río Guadalupe), los Tejas, Monclova, San Juan Bautista del Río Grande, y Saltillo. En  Nuevo León estaban los de Cerralvo, Cadereita, y León (Monterrey); Nueva Vizcaya contaba con Mapimi, Cerro Gordo, El Gallo, Pasaje (sostenido por la casa del conde del Álamo), Conchos, El Paso, Parral, Valle de San Bartolomé, Janos, y Casas Grandes; en Sonora el de Fronteras en Corodeguachi; y por último, marcando los territorios más alejados al poniente: el de Chiametla en Sinaloa, y otro en la mesa del Nayar, al oriente el de Valles, y en lo más alejado del septentrión, el de Santa Fe, en Nuevo México.


La “línea” de presidios en la frontera

En virtud de las visitas que desde 1724  se hacían a los presidios, con los avances y descubrimientos sobre Texas, Sonora y California, se fueron dando los primeros proyectos de una organización total de la frontera; militar y administrativamente, los altos costos de las tropas y la ineficiencia de los presidios en ciertos sitios que no impedían los ataques a las misiones o a los colonos, fue obligando a reforzar ciertos puntos y olvidar otros por incosteables, pero sobre todo, a proceder con normas y reglamentos, a reponer la disciplina y orden entre soldados, indios, colonos y misioneros (figura 7).
 
 

Figura 7
Linea de presidios 1770-1780

A consecuencia de la visita de Rivera 1724-1728, y con las opiniones de diversos capitanes de frontera, se inició una redistribución territorial, añadiendo nuevos presidios. Así en Sonora se fundó el de Terrenate ( 1741), Tubac (1752), San Pedro de la Conquista del Pitic (1741), San Miguel de Horcasitas (1750) y Buenavista, este fundado primero con refuerzos del presidio de Sinaloa en 1740 y reforzado permanentemente en 1765 (San Carlos de Buenavista). En la zona norte de Nueva Vizcaya, Rivera dejó ocho: Janos, Conchos, San Bartolomé, Mapimi, Cerro Gordo, Gallo y Pasaje, y el del Paso que dependía de Nuevo México.

Ya con esa distribución que se había iniciado a partir de 1680, se empezaba a vislumbrar un proyecto de defensa que ligaba regiones, y restablecía una especie de sistema que intentaba impedir los ataques desde más allá del río Grande.

Pero fue a partir de 1761 que se fueron exponiendo nuevas razones para modificar la estrategia general. De esa forma se amplía la defensa hasta Sonora, consolidando el presidio de San Carlos de  Buenavista en el río Yaqui en 1765, y en ese mismo año otro en el Valle de San Buenaventura, entre Janos y el Paso del río del Norte, el primero para detener a los indios de Cerro Gordo, y el segundo como defensa de Chihuahua, conservándose San Miguel de Horcasitas, localizado entre los pueblos Seris de Populo y los Ángeles. En toda esta táctica se estaba tratando de enlazar los territorios y proteger los asentamientos locales.

Con la expulsión de los Jesuitas en 1767, la situación se complicó aun más, ya que sus misiones formaban una relación entre pueblos que, organizados, también se defendían de los ataques, por lo que al quedar estas sin dirección fueron fácilmente atacadas por las tribus hostiles, lo que obligó a tomar las decisiones militares cada vez más rápidamente.

La expedición de Rubí iniciada en 1766, acompañado de Nicolás Lafora y otros ingenieros militares, le dio oportunidad de hacer un recorrido por casi todos los presidios hasta entonces en funciones: “por Zacatecas se dirigió a Durango donde revistó la escuadra de diez hombres y un cabo que para protección de la ciudad proporcionaba el presidio desde Pasaje (Cuencame) luego por este mismo presidio y el de Huajoquilla llegó a Chihuahua, de aquí se trasladó a la junta de los ríos el Paso y Santa Fe de Nuevo México, a su regreso de esta provincia revistó los de San Buenaventura y Janos en Nueva Vizcaya y los seis de Sonora, cruzando luego la sierra madre por el valle de Basuchil, volvió a Nueva Vizcaya visitó los presidios de Huajoquilla, Cerro Gordo y luego los de Coahuila y Texas y el de San Saba y las guarniciones de Nuevo León...” (17) En total, visitó veintitrés presidios.

Con esta inspección se dejaron organizados: Janos, San Buenaventura, El Paso, Julimes, Huajoquilla, Cerro Gordo y Pasaje; es decir desparecen San Bartolomé sustituyéndose por Huajoquilla, Conchos por Julimes, Mapimi y El Gallo se eliminan por ya no ser necesarios al estar entre Cerro Gordo y Pasaje, y se refuerza el de San Buenaventura entre Janos y el Paso.  En Coahuila se tenían dos, el de Monclova y San Juan Bautista del Río Grande, añadiéndose dos más, Santa Rosa del Sacramento y San Saba, que se sujetó a la provincia   con mas razón cuando se trasladó bajo el río Grande en 1773, con el nombre de San Vicente; en Texas se puso uno más, el de Orcoquizac, sumándose a los tres de los Adaes, San Antonio y la Bahía (ya había desaparecido el de los Tejas). Cerralvo y Cadereita se eliminaron dejando mejor fortificado Monterrey, se conservaron el de Santa Fe y el la mesa del Nayar. Para entonces, cerca de 1200 hombres componían la defensa del territorio septentrional (18).

Sin embargo, estos reacomodos no fueron suficientes para desalentar a los indios entre 1749 y 1763; habían causado más de ochocientas muertes, muchas minas se habían abandonado y los indios vendían ganado en Coahuila con hierros de Nueva Vizcaya; los Apaches, Natajes, Coahuiltecos y otras tribus aliadas, entraban hasta el camino real de Chihuahua con facilidad, por lo que se decidió formar una línea más estrecha que contuviera las andanzas de los indios,

Fue hasta 1768 que Don José de Gálvez pensó en una organización que no sólo fuera defensiva, sino que fomentara el crecimiento de la región, volviendo a producir las minas (incluso se hicieron folletos para integrar accionistas para el beneficio de minas en Sonora y Sinaloa), habilitando puertos (Guaymas, San Blas, Mazatlán), tratando de poblar los despoblados, como la California y Sonora y de hacer segura la crianza de ganado y las cosechas; llevando  pobladores a los alrededores de los presidios y repartiendo tierras.

Los Pimas y los Seris atacaron varias veces Sonora, especialmente las revueltas de 1740 y 1751, que produjeron grandes daños, a pesar de los presidios recién fundados. Estas campañas fueron enfriadas por Don Bernardo de Gálvez, sobrino del visitador, quien desde 1770 a 1775 realizó varias campañas de sometimiento hasta caer herido en la última de ellas, dejando el mando a  Don Hugo O´Connor, y regresando a España; volvería a América como gobernador de Luisiana y Cuba, y después sería Virrey de la Nueva España. No cabe duda que el aprendizaje en la frontera novohispana le dio un gran conocimiento de la geografía y composición de las tribus que después le sería de gran utilidad en su vida pública.

Pero la importancia de estas expediciones fue el reconocimiento del territorio y de los movimientos de las tribus; las paces a veces rotas y las alianzas fueron dando el mapa “social” y la delimitación de los territorios, con lo que se pudo poner en práctica un sistema defensivo más coherente, con la realidad y con la oportunidad de producción, de acuerdo a las reformas borbónicas que impulsaban el fomento de las industrias y el poblamiento: “en todos estos cerros (Huajoquilla) hay muchas minas de plata, que no se trabajan por temor de los bárbaros” (19). Los indios se sentían como un impedimento para el  avance de los colonos y mineros, y más aun del progreso, como lo planteaban las ideas ilustradas.

Así, en 1771 con las ideas de Gálvez y otros jefes militares, se pasó al Consejo y al Rey un dictamen de reubicación de presidios, formando una ”Línea o cordón de quince presidios sobre las fronteras de las Provincias Internas”. Al reducir el número de presidios, se creía reducir al erario los gastos que ocasionaban los veinticuatro existentes. Aunque esta propuesta fue la primera en plantear la nueva estrategia de ligar los presidios en forma tal que impidieran los ataques, la puesta en operación del plan tuvo que esperar unos años más. Este concepto lineal provenía de los tratados militares que  explicaban la función de las trincheras o líneas de defensa que ya habían practicado en obra y teoría el Marqués de Santa Cruz de Marcenado, quien en Oran, Cerdeña y Portugal, implementó el uso de avances escalonados para acercarse a las plazas y tomar tierras en poder del enemigo (20).

Las Provincias internas sólo podían sostenerse con un plan de acción que combinara el poblamiento, la defensa y la producción. Hugo O´Connor dedicó la mayor parte del tiempo en que tuvo el mando de la frontera como inspector de los presidios internos (1771-1777), en garantizar estos tres determinantes; pero sólo tuvo éxito gracias al entendimiento que tuvo con el Virrey Bucareli.

Fue hasta 1772 en que gracias a los esfuerzos de varias expediciones, y especialmente a lo aportado por Rubí y los planos de Lafora, se publicó en Madrid el “Reglamento e  instrucción para los presidios que se han de formar en la línea de frontera de la Nueva España, resuelto por el rey nuestro señor en cédula de 10 de septiembre de 1772”.  Con esto se moverían los presidios para ubicarlos más o menos en una línea continua, desde las costas del mar de Cortés hasta el golfo de México, liberando todos los movimientos rebeldes al sur de la línea e impidiendo el paso de ataques apaches desde el norte; el proyecto contemplaba que los presidios deberían quedar a unas cuarenta leguas uno de otro.

Se deberían mover rápidamente, aunque no todos al mismo tiempo; el de Altar hacia el seno de California, en el río Concepción, más allá de Caborca (esto no se realizó); Tubac pasaría a San Agustín de Tucson en 1777; Terrenate al valle de Santa Cruz  (Quiburi) en 1775 y Fronteras a San Bernardino, en el mismo año, más hacia el noreste, acercando este último un poco más hacia Janos (aunque después en 1781 se regresó al sitio anterior).

En Nueva Vizcaya, el de San Buenaventura, localizado al sur de Casas Grandes se corrió al norte, entre Janos y Carrizal en 1774; Paso del Norte por tener suficiente pobladores no requería del presidio, la tropa se movería a Carrizal; el de Huajoquilla se subiría para fundar uno nuevo en San Elizario, en el borde del río Grande, estos dos últimos establecidos en 1774; las tropas de Julimes reforzarían el presidio de Santiago de las Amarillas, más conocido como la Junta de los Ríos  (Ojinaga), fundado en 1759; Cerro Gordo pasaría también a las riveras del río Grande, al nuevo presidio de San Carlos fundado en 1773; San Saba en Texas bajaría a San Vicente, tres leguas a l sur del río; Santa Rosa del Sacramento a Agua Verde, también muy cerca del río a veinte leguas de San Juan Bautista; Monclova, ya formalmente una villa, pasaría su guarnición a Monclova “viejo”, en el río grande entre Agua Verde y San Juan Bautista (El Moral).

Se harían otros presidios nuevos, como el de Príncipe o Pilares en 1774, entre San Elizario y la Junta, para conservar la distancia reglamentada, y el de Babia entre Agua Verde y San Carlos, veinte leguas al sur  del río Grande.

Las guarniciones de Nuevo León y Nayarit se suprimieron, y redujeron al mínimo las de Buenavista, Horcasitas y  el Orcoquizac en Texas. Con esto se reducía la línea a quince presidios, mas el de San Antonio del Bejar, y la Bahía, con la guarnición del Cíbolo entre ambos (figura 8).
 
 

Figura 8
Presidio y Villa de Horcasitas

La villa y presidio de Santa Fe en Nuevo México, no se consideró dentro de la línea por estar muy al norte, y tampoco los cuatro presidios fundados a partir de 1760 en California: San Diego, Santa Bárbara, Monterey y San Francisco; a pesar que los comandantes de frontera le habían solicitado a Carlos III que diera órdenes para que se sostuvieran y fomentaran.

La organización de los presidios, como lo planteó Rubí, dejaba a cada uno con cincuenta hombres de guarnición, comprendiendo a tres oficiales y un sargento, con lo que la línea quedaba formada por 750 plazas, mas los individuos de los presidios alejados (Santa Fe, la tropa de Robledo, San Antonio y  El Cíbolo) se aumentaba a 910 hombres; además, había que incluir a las compañías volantes de  Sonora (21).

Para pacificar la frontera no bastaba con el reacomodo de las fuerzas, sino que había que dotarlas de pertrechos, animales y disciplina; de esto se encargó O´Connor en sus varias expediciones en busca de rebeldes apaches y comanches. Y aunque nunca se logró la total pacificación, al menos la ubicación de presidios contribuyó a liberar un amplio territorio sobre el que se volvieron a establecer nuevas poblaciones y colonos.

Los proyectos arquitectónicos de los presidios se modificaron de acuerdo con los tratados de ingeniería militar, aunque se adoptó una forma y tamaño más sencillos de hacer; a diferencia de los presidios del siglo XVI, que consistían en un gran cuadro con altos muros de adobe, baluartes cuadrados y pequeños, en algunos casos pequeños torreones y el espacio para caballada y pobladores en su interior, los del siglo XVII y principios del XVIII eran más bien un grupo de casas de soldados alrededor de las cuales se limitaba una plaza de armas no muy grande, con el área de corrales anexa, con una capilla pequeñay casa para el capitán -a veces en su interior y otras afuera-, y que con el tiempo fue siendo un atractivo y seguridad para nuevos pobladores, indios y mestizos, que hicieron sus casas y huertos en las inmediaciones, iniciando un pequeño poblado con el tiempo (figura 9).
 
 

Figura 9
Presidios de San Antonio de Bejar y de Nuestra Señora de Belén 
y Santiago de las Amarillas

En los de nueva fábrica del siglo XVIII, se adoptaron los dos últimos modelos, un cuadro de casas de soldados alrededor de una plaza de armas formando un recinto seguro (Janos, Huajoquilla, Carrizal, El Paso), y los de planta cuadrada con dos baluartes (San Carlos, Pilares, San Elizario). Hubo otros de diferente forma, como el de la Junta, más parecido a los presidios primeros de Texas, formados por el Marqués de Aguayo, quizás por economía de recursos ya que sólo se daban mil pesos para la construcción del presidio; los muros eran más bajos que los del siglo XVI, y los sistemas de construcción mas sólidos. En su interior tenían el lugar para capilla y casa del capitán, teniendo todo el mismo patio central donde se hacían las revistas y se daban las órdenes. “Se ha de formar primero el cuadro de tapias comunes de adobes y los dos pequeños baluartes en sus ángulos en forma de diamante, y después levantar en el interior la capilla, cuerpo de guardia, casa del capitán, oficiales, capellán y habitaciones de los soldados e indios, guareciéndose todos  entretanto en tiendas de campaña y barracas provisionales, sobre cuyo asunto proveerán los capitanes y oficiales subalternos” (22).

Con nuevas incursiones y conocimiento del territorio, apoyados por la contribución de la cartografía de los ingenieros militares, quienes hicieron planos cada vez más detallados de la frontera, en 1776 se expidió el decreto real que confirmaba las primeras ideas de José de Gálvez y el Virrey Croix, que desde 1768 aventuraban un gobierno hasta cierto punto independiente para las provincias norteñas. Con el decreto se le otorgaba a Don Teodoro de Croix (sobrino del Virrey de mismo nombre) poderes y mandos suficientes sobre “los gobiernos subalternos de Coahuila, Texas y el Nuevo México, con sus presidios y todos los demás que se hallan situados en el cordón o línea establecida de ellos desde el golfo de Californias, hasta la Bahía del Espíritu Santo” (23) (figura 10).
 
 

Figura 10
Presidio de San Carlos y de Pilar o el Principe. Modelo Tipo B

Con la Comandancia General de las Provincias Internas, se prepararían nuevas estrategias y se definiría la autoridad sobre pobladores, misioneros y  soldados, evitándose la duplicidad de instrucciones con el Virrey. Esta nueva autoridad de hecho dividía el Virreinato en dos, tenía la ventaja de que el comandante era un conocedor del territorio y un militar de experiencia, con lo que se logró un mayor número de refuerzos, mejor distribución de las tropas, un ajuste de los mandos y mejor administración de los situados. Además, se reforzó la presencia de los presidios con compañías volantes formadas por indios amigos como los Opatas, y se dotó de armas y entrenamiento a las milicias de los poblados, lo que dio oportunidad de modificar la estrategia defensiva, con la organización de pueblos y villas de apoyo a los presidios.
 
 

El tejido defensivo con la red de villas

Croix se da cuenta de que sólo con los presidios, aun en la línea, no es posible detener las incursiones de los enemigos; además, el alto costo que esto comprende, le lleva a replantear la situación defensiva, la administración y consiguientemente la producción en la frontera, en sendos informes; en el último de 1782, analiza la situación del momento y propone algo que transformará radicalmente el concepto de frontera, pasando de una situación sólo militar a otra en la que se combina la presencia de pueblos y villas más consolidados, debido a que algunos fueron pueblo de misión, para ir eliminando el costo que significaba el sistema presidial.

Las tropas indisciplinadas, escasas y con pocos apoyos de armamento, los presidios en constante reparación y algunos ya inútiles en su posición estratégica, lo llevan a considerar la utilidad de la población civil. Autorizó a los soldados a tener tierras cerca del presidio, y animó a los pobladores a hacer lo mismo, con lo que el establecimiento militar se fue convirtiendo en un centro de población a la manera de lo sucedido en el siglo XVI. Además, trató de conectar los presidios con las villas cercanas, que eran las que los proveían de caballada, comida y mano de obra.

Croix decidió abandonar las guarniciones de algunos presidios que serían complementados por cordones de poblaciones; en un primer frente en Nueva Vizcaya, desaloja el Príncipe (en 1780 se pasa al pueblo de Coyame), la tropa de San Carlos pasa también a la villa de Chorreras y la de San Vicente o La Babia es distribuida en el pueblo de Santa Rosa, donde “había cuarenta vecinos y varios sirvientes, y en sus contornos doce ranchos desde una a cuatro leguas de distancia donde hay muy buenas labores” (24). La tropa del presidio de Aguaverde se trasladó a la villa de San Fernando de Austria fundada en 1753 , para entonces una villa de buen tamaño, adonde también se habían acogido los pobladores de los Adais cuando se pasó la capital de Texas a San Antonio; a la tropa de Monclova Viejo la regresó a Monclova, que ya para entonces tenía "…cien familias de vecinos españoles, mestizos y mulatos. La villa tiene una planta hermosa, gran plaza, calles despejadas y tiradas a cordel. Los edificios son bajos, de adobe y los más sin blanquear como en Saltillo" (25) (figura 11 y 12).
 
 

Figura 11
La red de presidios 1780-1800

 
Figura 12
Coyame (chihuahua) ex-presidios de la Princesa, transformaso en población

Se estableció además una subdivisión que formará, a partir de lo más septentrional, diferentes trincheras ante los ataques, agrupando a los presidios-pueblos de la siguiente manera: Janos, San Buenaventura en su nuevo emplazamiento conocido como La Princesa; en Galeana y Carrizal, con la compañía volante de Casas Grandes; otro núcleo lo hace al mover San Elizario más hacia el Paso y juntarlo con las milicias de los habitantes del Paso y los pueblos ribereños del Río Grande. Un tercer grupo lo integran las poblaciones de  Santa Rosa, San Fernando de Austria y San Juan Bautista del río Grande, presidio que ya también había crecido hasta formar un poblado con lotes y huertas.

Croix  aprovechará una red de poblados, ya para entonces de mediano tamaño, que formarían un segundo frente casi horizontal, un poco más debajo de San Buenaventura; estaba formado por Namiquipa, Santa Clara, de donde salía un camino al norte a San Lorenzo; Malanoche, Majalca, San Jerónimo, Hormigas, Chorreras a donde se mudó la guarnición de San Carlos, Pueblito, el presidio del Príncipe en Coyame (en 1788 tenía 144 habitantes), hasta llegar al presidio de la Junta de los Ríos (Ojinaga) que aportaban 450 hombres de milicias. Un tercer frente de pueblos lo hace en el sentido vertical, en paralelo con el río Grande, a partir de Coyame, Chorreras, Julimes, Ancon de Carros, Santa Rita, Huajoquilla (en 1788, tenía 1829 habitantes), Pelayo y Sanjuán de Casta, con 250 hombres; así se formaba un arco desde Ojinaga hasta el Bolsón de Mapimi. Un cuarto cordón iba desde la ranchería de San Juan de Casta, Calabacillas y otros tres puestos de cuarenta hombres hasta Saltillo, aportando otros 200 hombres y una última línea entre Saltillo y Monclova, abarcando la sierra de la Purísima y de ahí a Cuatro Ciénegas, pasando por Nadadores, con otros 250 milicianos que daban un buen número de personas para defender los pasos de los indios enemigos (26).

Además Croix pensaba crear, o más bien modificar, la traza de 28 nuevas poblaciones a la manera de las ideas surgidas en España y los experimentos de la Sierra Morena, poblaciones fundadas con las teorías de producción  y fomento, puestas en práctica por Campomanes, donde se aprovecharían los recursos naturales con la incorporación de la mujer a la economía familiar, incrementando el número de artesanos y pequeños comerciantes, sustituyendo poco a poco a los agricultores. De esta manera se formarían núcleos de población autosuficiente y con pequeñas industrias familiares en un ámbito moral y sencillo: “El colono situado sobre su suerte y libre del choque de pasiones que agitan a los hombres reunidos en pueblos estará más distante de aquel fomento de corrupción que el lujo infunde siempre en ellos. Reconcentrado con su familia en la esfera de su trabajo…se sentirá más vivamente conducido a él por los sentimientos de amor y ternura que son naturales al hombre en la sociedad doméstica…”(27).

La idea de pequeños propietarios agrícolas fue uno de los propósitos en el establecimiento de las nuevas poblaciones. Para entonces se habían fundado las de Escandón en Tamaulipas en 1749, y en 1778 se harían las de Bernardo de Gálvez en Luisiana; estos experimentos con pobladores civiles también se esperaba que funcionaran en la frontera del septentrión de la Nueva España, sólo que aquí con la combinación de presidio-pueblo.

La refundación de pueblos a partir de los presidios o anexos a él, o de misiones, obligó a modificar la traza de los poblados, rehaciendo sus plazas y contornos. De la primera línea defensiva del plan de Croix, explicada arriba, la villa presidio de Janos tenía ya en 1788,142 habitantes; San Buenaventura (Velarde) empezó como presidio fundado en 1760, en 1774 se reubicó en el río Santa María y terminó en pueblo, para 1788 tenía 718 habitantes. Este presidio  se trasladó en 1788, del paraje de Chavarría en el río Santa María, a un nuevo emplazamiento al suroeste a diez leguas, al sur de Casas Grandes, llamándose  presidio de la Princesa, donde anexo a él empezó a crecer el pueblo de San Juan Nepomuceno (Galeana, en Chihuahua). El presidio del Carrizal tuvo misión, no tan lejana, y siempre funcionó como un establecimiento militar, pero a su alrededor crecieron muchas rancherías y campos de labor (figura 13).
 
 

Figura 13
Capilla del ex-presidio de Janos y restos de casas de soldados


El ejemplo de Croix siguió en otras regiones; Chihuahua y Arizpe en Sonora crecieron al ser centros de acopio, administrativos, culturales y militares. En Sonora se aprovecharon los pueblos de las misiones Jesuitas y los presidios de Altar, Fronteras y Tucson, para fomentar asentamientos en sus alrededores. Las guarniciones de Horcasitas y Buenavista, dieron lugar a otras rancherías y asentamientos de indios pacificados. En otros pueblos de misión que se encontraban desguarnecidos también se colocaron destacamentos, lo que permitió que pudieran defenderse y crecer; Caborca, San Ignacio, Imuris, Saric, Pitic y muchos más se convirtieron en prósperos poblados.

En Texas, el mulato Antonio Gil Ibarbo, fundó la villa de Nuestra Señora del Pilar de Bucareli (1774), que sólo duró cuatro años por los ataques de los indios, y se mudó a un lugar más seguro en 1778, con el nombre de Pilar de Nacogdoches, como centro de acopio y comercio en la entrada a la Luisiana; en 1780 tenía más de 500 habitantes (28).

La división administrativa de los poblados se dividía en alcaldías que administraban los partidos territoriales, en los que caían pueblos y ranchos, algunos con muy buenos productos: “El partido de Cuencame se compone de tres pueblos miserables y ocho haciendas opulentas (…) con veinticinco mil cabezas de ganado caballar, diez mil reses y trescientas veinte mil de lanar” (29).  Estas jurisdicciones se encargaban de conseguir las contribuciones para el fondo de sostenimiento de las milicias.

Si bien el desarrollo de la frontera pasó por muchas penurias y conflictos, no cabe duda que la política presidial fue la que consolidó y pacificó el territorio a partir los primeros presidios del siglo XVI, hasta la unión del presidio y villa, que fueron integrando una red y conectando centros productores con comerciales,  en un amplio territorio que siempre tuvo escasez de pobladores. Hacia 1780, el 80 por ciento del territorio de Nueva España concentraba a sólo el 5 por ciento de los pobladores, eso sí, decididos a soportar todo, muchas veces sin conocer su destino, en aquellos caminos que iban de ningún lado a ningún lado.
 
 

Notas

(1) Taylor H. Thomas: 1986, p. 20

(2) Chipman, Donald E : 1992, p. 86

(3) Arnal, Luis: 1995, p. 202

(4) González de Eslava, Fernán: 1610, p. 23

(5) Powell, W. Philip: 1977, p. 65,  (cita a Gonzalo de las Casas, en:  “Noticias de la chichimeca y justicia de la guerra que se les ha hecho por los españoles”)

(6) AGI, México 69. Orozco al Rey, Nov. 25, 1576

(7) AGI, Guadalajara 141. Carta al Rey, Dic. 22, 1685

(8) Cavazos Garza, Israel, 1999, p. 31-38

(9) Navarro García, Luis, 1965, p. 30

(10) Taylor, H. Thomas, 1986, p. 454 (Relación de Diego de Medrano)

(11) AGN, Historia 29. Descripción del territorio del presidio...

(12) Weddle, S. Robert, 1991, p. 37

(13) Chipman, Donald E., 1992, p. 147-170

(14) Chipman, Donald E., 1992, p. 148

(15) Porras, Guillermo, 1945, p. 5

(16) Navarro García, Luis, 1965, p. 69

(17) Navarro García, Luis, 1965, p. 136

(18) Navarro García, Luis, 1965, p. 124

(19) Lafora, Nicolás de, 1939, p. 274

(20) Artola Gallego, Miguel, 1985, p. 75-80

(21) Fernando Ocaranza, México: 1939, p. 323 (Capítulo XXXI, Reflexiones acerca de la propuesta ideal del Marques de Rubí)

(22) Arrillaga, José Basilio: 1835, p. 141

(23) Navarro García, Luis: 1964, p. 275  (Art. 1 del Real Decreto, expedido en Aranjuez, Mayo 16, 1776)

(24) Lafora, Nicolás de: 1939, p. 182

(25) Morfi, Fr. Juan Agustín: 1935, p. 281-82

(26) Navarro García, Luis: 1964, p. 353-355

(27) Jovellanos, Gaspar Melchor de: 1977, p. 183-184

(28) Arnal, Luis: 1999, p. 178

(29) Luis Navarro García,  1964, 412
 
 

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Ficha bibliográfica:

ARNAL, Luis. El sistema presidial en el septentrión  novohispano, evolución y estrategia de doblamiento. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales.  Barcelona: Universidad de Barcelona, 1 de agosto de 2006, vol. X, núm. 218 (26). <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-26.htm> [ISSN: 1138-9788]
 
 

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