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Scripta Nova
REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98
Vol. XIII, núm. 308, 20 de diciembre de 2009
[Nueva serie de Geo Crítica. Cuadernos Críticos de Geografía Humana]

 

GEOGRAFÍA, GUERRA Y NACIONALISMO. LA SOCIEDAD ARGENTINA DE ESTUDIOS GEOGRÁFICOS (GAEA) EN LAS ENCRUCIJADAS PATRIÓTICAS DEL GOBIERNO MILITAR, 1976-1983

Guillermo Gustavo Cicalese 
Departamento de Geografía – Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Argentina.
cicalese@mdp.edu.ar

Recibido: 6 de noviembre de 2008. Devuelto para revisión: 4 de diciembre de 2008. Aceptado: 26 de marzo de 2009.


Geografía, guerra y nacionalismo. La Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) en las encrucijadas patrióticas del gobierno militar, 1976-1983 (Resumen)

El golpe de estado de 1976 instaura en la Argentina una dictadura militar iniciando una nueva etapa en la política exterior que rompe con los paradigmas que eran tradicionales en la diplomacia del país. El gobierno castrense sucesivamente va a establecer una relación conflictiva con las naciones vecinas, en particular con Chile, país con el cual se estuvo al borde de un enfrentamiento armado hacia finales de 1978. Más trágica aún resultó la conflagración bélica con Gran Bretaña en 1982 por la posesión de las Islas Malvinas. En este contexto la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) -a través de sus dirigentes- se sintió llamada a cumplir un rol en la formación, difusión y creación de lo que denominaron conciencia territorial. Ante lo que presumían era una demanda social profunda de los sentimientos patrióticos de la población, la Sociedad reordenó la agenda de temas a investigar en el campo, emitió declaraciones públicas, organizó conferencias, encuentros y fijó posición ante los poderes estatales sobre los conflictos en ciernes.

Palabras clave: GAEA, nacionalismo, conflictos limítrofes, conciencia territorial, guerra.

Geography, war, and nationalism. The Argentinean Society of Geographic Studies (GAEA) at the patriotic crossroads of the military government (Abstract)

The coup d’etat in Argentina in 1976 constituted a dictatorship that brought about a paradigm shift from the traditional foreign policy pursued by the country. Thus, the military government came into conflict with neighboring countries, such as the Argentinean-Chilean boundary dispute hovering on the edge of an armed confrontation in 1978. More unfortunate though was the war against Great Britain over the possession of the Malvinas Islands. In this context, the leading members of the GAEA (Argentinean Society of Geographic Studies) felt the urge to fulfill a role in creating, fostering, and transmitting what they called territorial conscience. Catering for what they believed to be the demands of deep-rooted popular patriotic feelings, the society rescheduled the agenda of themes to be researched on in the field, made announcements, organized conferences and meetings, and took a position on the territorial conflicts before the governmental powers.

Key words: GAEA, Nationalism, boundary conflicts, territorial conscience, war.

“En este año de 1979 celebramos el centenario de la denominada ‘conquista del desierto’, hecho histórico que puede servirnos de ejemplo. Nos encontramos, en efecto, en situación bastante parecida a la existente hace un siglo, pues en lo que atañe a nuestros problemas territoriales podemos adoptar  dos actitudes distintas. Por una parte, tenemos la opción representada por la zanja de Alsina, que es ejemplo de una política meramente defensiva; por la otra, se nos ofrece la posibilidad de repetir la política de Roca, ofensiva, que implica ocupar y usar lo que legítimamente nos pertenece. Nuestra es la responsabilidad y nuestra será la gloria o el oprobio.

Para subsistir como nación independiente y soberana es necesario que el país se reencuentre consigo mismo, que adopte una precisa postura occidental y cristiana –que supere, incluso, la ambigüedad de la dominación- y que no se enrole en grupos insólitos, como se pretendió recientemente" (Rey Balmaceda, 1979, p. 368).

La Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) desarrolló desde su fundación en 1922 una labor orientada hacia el desenvolvimiento de la ciencia y la enseñanza geográfica en la Argentina. Durante años se convirtió en señera en el campo de la geografía nacional[1], ya que si bien surgió como una organización limitada a unos pocos miembros ilustres de la sociedad, en su labor en el tiempo fue sumando docentes hasta convertirse en la entidad más representativa de la especialidad. Este monopolio de campo lo sustentó durante muchos años, trazando una red territorial en continua expansión y creando una tradición propia para la escuela local, a través del empleo de un canon disciplinario que logró transmitir con fluidez la tabla de valores asociada al magisterio del geógrafo.

El interrogante principal que nos convoca es examinar cómo GAEA se articuló y respondió a las demandas que provenían de otros campos sociales (en particular del político) durante el período 1976-1983, lapso temporal que marcó al país y a la comunidad de geógrafos local de manera acentuada, a partir de la irrupción de la dictadura militar que cerraría el breve período constitucional iniciado en 1973. En este trabajo nos propusimos como objetivo construir interpretaciones  de las prácticas, posturas e ideas sobre temas de interés público de los que por entonces eran los miembros más notorios de la  principal institución académica de la geografía argentina. Esta pesquisa la hicimos rastreando las fuentes de una coyuntura histórica traumática, cuando el gobierno militar difundía generosamente entre los ciudadanos sus hipótesis de conflicto. En aquel tiempo, el país parecía encontrarse al borde de una conflagración armada con la República de Chile por cuestiones de límites, en un arduo debate por la utilización de la Cuenca del Plata con Brasil, y finalmente ese mismo régimen pondría a la Argentina ante el trance de tener que afrontar la guerra por las Islas Malvinas con Gran Bretaña.

Para hacer nuestra indagación nos encuadramos en una corriente de interpretación en particular que es la de los estudios sociales de la ciencia[2], haciendo uso para el cumplimiento de nuestro objetivo del examen de los documentos de la Sociedad donde figuran los discursos oficiales, situándolos en el contexto de las ideas y de los hechos que predominaron en la época. Ahora bien, en la dirección que tomamos resultó muy instructivo avanzar en dos aspectos capitales: primero, en el conocimiento de las fuentes bibliográficas del pensamiento político y doctrinario de aquellos geógrafos quienes fueron los principales mentores de la institución; segundo, en la inspección de la red de posiciones expectantes y compromisos que la organización -a través de su dirigencia- supo entramar con otras entidades de distinta naturaleza. Entre estas últimas podemos mencionar medios de prensa, revistas de corte político explícito, círculos intelectuales, centros de investigación, establecimientos de enseñanza oficial y privada, organismos de las fuerzas armadas y burocracias administrativas.

Tratándose de una organización histórica en la cual muchos de sus miembros cumplieron un papel destacado en la creación y desarrollo de un campo –social y de conocimientos- para la geografía argentina, nos parecía importante en el período identificar los siguientes puntos. Por un lado, examinar los temas y enfoques más trabajados por los geógrafos que concurrían a los encuentros académicos anuales conocidos como la Semana de Geografía. Por el otro, notar cómo progresivamente su elite académica empezó a enfatizar y dedicarse a temas que daban respuesta a necesidades allegadas desde el exterior del campo. Esto significó en los hechos el replanteo de la agenda del campo. La meta que se impuso llevó a priorizar el diseño de problemas de investigación y  a afirmar contenidos de enseñanza, para poner ambos –diseños y contenidos- en línea con valores que resguardaran los  “legítimos intereses soberanos del país”.

Los límites de nuestro enfoque radican en que nuestro acercamiento a la institución se cifra primero, en un examen de GAEA dominado por el trance de declaraciones e iniciativas que tuvieron que ver con los problemas limítrofes que atravesó el país; y segundo, en las expresiones de formato político de ciertas figuras arquetípicas de la entidad. Nuestro relato -seguramente sujeto a reescrituras y revisiones- procura ser un aporte con pretensiones hermenéuticas, sobretodo al recobrar la experiencia institucional por sus textos[3], pero reconstruyendo un contexto que a menudo se presenta escurridizo. Es por esta razón que nos impusimos ser precisos en la consigna de las fuentes y extractos de discursos para quien desee recorrer este itinerario, e incluso sumar y construir otras fuentes que estime valiosas para quizás aportar una comprensión contradictoria a la que presentamos.                       

Las Sociedad Argentina de Estudios Geográficos en la década del 70

Origen, convocatoria  y desarrollo de la sociedad

A lo largo de las décadas, la matrícula de socios de GAEA tuvo un notable incremento, al pasar de una congregación, que en sus inicios podríamos decir que se mostraba selectiva limitada a sus doce miembros fundadores, a una masificación que incluyó de forma especial a docentes que se desempeñaban en la educación media, institutos terciarios y universidades nacionales[4]. Desde su fundación en 1922 la Sociedad acrecentó su membresía constantemente: ya al iniciarse la década del 50 contaba con 600 asociados, transcurridos cincuenta años de su fundación la matrícula había superado los 2000 socios; y para el período 1975-1982 el número se mantuvo oscilante en torno a los 1800 socios verdaderamente activos (según los datos de las memorias anuales de la junta directiva - ítem Movimientos de Socios).

En todo caso se trata de un número de asociados realmente notable para una entidad de este tipo en la Argentina. No es común encontrar en las humanidades, en las ciencias naturales o en las ramas tecnológicas, una institución de representación de intereses corporativos tan numerosa, manteniendo a la vez por muchos años un doble perfil de academia con rituales propios de círculos decimonónicos y una estructura de organización moderna.

En forma temprana GAEA estableció categorías de adhesión amplias para asociarse, y años después de su fundación comenzó una activa labor en la creación de filiales regionales, inaugurando en 1949 la primera en la ciudad de Tucumán. Para los primeros años de la década del 70 alcanzaba un total de veintitrés filiales regionales a largo del país con dispar grado de actividad, realizándose en algunos casos investigaciones empíricas orientadas a problemas lugareños. Por otra parte, convocaba anualmente a la denominada Semana de Geografía que se efectuaba en distintas ciudades, lo que llevaba a docentes e investigadores locales a presentar artículos que respondían en su mayoría al conocimiento de los problemas y descripciones de las comarcas zonales.

Más allá de los motivos que llevaron a la fundación de la primera filial, que tuvo que ver con la existencia de un centro universitario compuesto por un grupo de geógrafos extranjeros notables, en muchos casos la apertura de filiales estuvo vinculada a la localización de institutos provinciales del profesorado y sedes de universidades nacionales que poseían carreras de geografía que empezaron a funcionar a partir de mediados de los 50. Por esa razón los núcleos se radicaron en las capitales de provincia, en especial de aquéllas más urbanizadas. En algunos casos las filiales fueron preexistentes a la institucionalización regional universitaria de la geografía manteniéndose muy activas en estos procesos.

 Transcurridos veinte años de la creación de la primera filial, para 1969 ya contaba con doce filiales, y en sólo una década tuvo una expansión realmente considerable, puesto que entre 1970 y 1979 adicionó nueve filiales más. La realización de encuentros de geografía mediante las Semanas o simposios sobre educación en distintas ciudades del territorio, viabilizó una estrategia de los dirigentes que perseguían como fin darle un lugar a los geógrafos que no ejercían en Buenos Aires, convocando a una presencia muy importante de docentes, quienes acudían generando el interés por investigaciones locales y la creación de institutos o núcleos de estudios. La llegada fluida del discurso institucional y sus puntos de vista sobre la disciplina y cuestiones de interés general a docentes y geógrafos en todo el país, se explica por la constitución de una red espacial y social –a través de las filiales y los encuentros periódicos- muy eficiente por donde transitaba con facilidad la voz autorizada de la ciencia geográfica argentina.

La centralidad de la institución en el campo cobra mayor significación, si tenemos en cuenta que para la década del 70 no existía en la Argentina un verdadero sistema de investigación desarrollado, reglado y con recursos fuertes del erario público. Si bien este panorama era común para todas las humanidades y ciencias sociales, en el caso de la geografía era mucho más acusado. Las posibilidades de investigación estaban motorizadas más en un terreno voluntario que en una verdadera carrera profesional sostenida por normas formalizadas, recursos económicos y retribuciones simbólicas. Por otro lado fuera de lo que era la docencia, los empleos profesionales alcanzaban a un mínimo número de geógrafos en consultoras que realizaban trabajos específicos a término o en reparticiones estatales donde también las plantas profesionales eran muy exiguas[5].

Las posibilidades de desarrollar publicaciones científicas no eran mejores, sólo limitadas a medios de aparición irregular, como los boletines y anuarios de GAEA, y las ediciones de los institutos de la Universidad de Mendoza y Tucumán; siendo estos dos últimos órganos de difusión más orientados a promocionar el trabajo de investigadores de la casa. Tampoco existían muchas oportunidades de encuentros y congresos de geografía, que por otra parte, era usual que los disertantes concurrieran por invitación especial siendo las figuras más prestigiosas en la comunidad. Este era el caso de las Jornadas Cuyanas que se realizaban cada dos años en el Departamento de Geografía de la Universidad Nacional de Cuyo (Capitanelli, 1981). La organización del saber geográfico parecía estar más basada en una relación tradicional de tipo jerárquica, a los contactos presenciales en el aula  entre el maestro y sus alumnos o discípulos, siendo la cátedra el sostén predilecto desde donde el referente transmitía su discurso e ideas cardinales, en otras palabras, hacía escuela  (Claval, 1974). Otra alternativa de producción se encontraba en el terreno de la docencia y la enseñanza secundaria, en la elaboración de manuales y en el campo de la divulgación en editoriales dedicadas a la edición de enciclopedias geográficas.

En el panorama de campo antes descrito, cobra mayor significación el examen de las actividades de lo que por entonces era GAEA como organización dominante, al menos en dos sentidos: tanto en los temas tratados en sus encuentros multitudinarios, como en las características y opciones ideológicas de su grupo dirigente, quienes se constituían en defensores a ultranza de la ortodoxia.

En el primer sentido, Gioja (1984) en su carácter de miembro activo y participante de las Semanas de Geografía, nos acerca al conocimiento del número de autores, tipo de trabajos que se presentaban y a la magnitud de la concurrencia, cuantificando la producción entre 1972 y 1981 tomando como base de referencia los resúmenes de los ponentes. Nos detenemos en algunos datos de los cuadros expuestos por el autor que nos parecieron más significativos de las tendencias generales del tipo de trabajo que se exponía. Así es, que en ese lapso hubo una convocatoria considerable ya que el promedio de inscriptos fue de 760 docentes (oscilando entre 1056 y 300) y de 63 trabajos presentados. El 59,75 por ciento se trató de trabajos individuales y el 40,25 por ciento de elaboración colectiva, siendo los temas sobresalientes según discriminación porcentual: Geografía Natural 23,62 por ciento (incluyendo en esta categoría: Geología, Biogeografía, Fitogeografía, Climatología, Hidrografía y Geografía Física General); Geografía Económica 20,92 por ciento; Geografía Urbana 13,47 por ciento, Geografía Humana y Geografía Regional (6,68 por ciento para cada rama). En este recuento llama la atención la todavía fuerte presencia de la Geografía Natural, la numerosa cantidad de trabajos publicados en conjunto, y sobre todo, el escaso registro de artículos dedicados a Geografía Política o a temas relativos a los litigios limítrofes, correspondiéndole sólo un 1,7 por ciento del total.

La información antes registrada sobre las Semanas nos abre un interrogante: si durante los encuentros la Geografía Política[6] como materia tenía sobre el total de las ponencias mínima significación, y si los temas expuestos parecían transitar por un terreno más descriptivo y despolitizado: ¿porqué tomó tanta trascendencia entre los dirigentes esta rama a la que le van a dar especial atención e importancia? La necesidad de dar una respuesta nos lleva a abordar la organización en el segundo sentido antes aludido. Como veremos, sus dirigentes y la misma voz de la institución no se mantuvieron ajenos a las turbulencias que caracterizaron a la etapa bajo estudio en el ámbito político nacional. A partir del gobierno militar los temas de política internacional -o para ser más precisos- el tratamiento castrense de los conflictos limítrofes que ganaron la opinión pública, va a colocar a GAEA en una práctica activa de discursos y declaraciones. En esta conducta su elite jugó como factor determinante, por dos motivos: primero, por los compromisos adquiridos en sus trayectorias biográficas y sus entendimientos (tácitos o explícitos) con los sectores más conservadores de la sociedad, y segundo, por su mentalidad afín a un ideario de doctrinas tradicionales.

Los compromisos ideológicos y políticos de los dirigentes de GAEA

Acercamiento a la trayectoria biográfica de la elite

En los últimos años, a instancias de los llamados Estudios Sociales de la Ciencia, las biografías o las referencias a los agentes individuales y colectivos precursores del saber tomaron decididamente otro cariz (Vessuri, 1996). Ya no sólo se trata de distinguir exclusivamente la contribución científica que hicieron los agentes, es decir, sus teorías, descubrimientos, invenciones, experimentos e ideas en general que forjaron para aportar nuevos conocimientos. La apertura del foco ha llevado a contextualizar los itinerarios vitales en su mundo de complejas relaciones y compromisos sociales, culturales y políticos. En esta perspectiva que hemos adoptado, no sólo interesan las personas por lo que fueron capaces de ingeniar en sus investigaciones positivas, sino también por sus elecciones valorativas y sitios de influencia en el campo. En consecuencia, nos proponemos examinar cómo esas interrelaciones alteraron la agenda de temas en la investigación, incluso irradiaron sus ideas sobre el resto de la comunidad de geógrafos, ya sea en su opinión o su mirada sobre temas que trascendían específicamente la corporación.

En esta sección nos ocupamos de efectuar un acercamiento a lo que fue el grupo de elite que condujo la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos durante buena parte de la década del 70 y principios de la del 80. Nos apartamos de la definición clásica de elite que recorta a un conjunto de hombres con cualidades extraordinarias o provenientes de estratos superiores o clases selectas; la expresión la empleamos para referirnos a un reducido número de agentes que ocupaban puestos claves en GAEA, y que conformaron un grupo relativamente coherente y cohesionado en sus ideas que orientaron a la institución, manteniéndose por muchos años dominantes en el campo. Estos dirigentes lograron concentrar y conservar tanto capital simbólico como político extendiendo sus apuestas hacia el interior y exterior del campo (Bourdieu, 2003). Es decir, al reconocimiento que alcanzaban por su prestigio académico se adicionaba el control por sus posiciones de los recursos económicos, instrumentos de gestión y reproducción institucional.

Nos detenemos así en el examen de aquellos dirigentes que trababan y armaban redes fructíferas –en homologación o dependencia- con otros campos sociales en un flujo e intercambio de bienes materiales y simbólicos, entre lo que se anexaban reparticiones estatales que auspiciaban las actividades de la Sociedad. Por esta razón, examinamos las biografías académicas de los dirigentes de GAEA de manera de acercarnos a sus trayectorias, especialidades, obra y ubicaciones institucionales en la década. Estas personalidades con fuerte legitimidad tradicional mediante su palabra y prácticas dispusieron la agenda en cuanto a temas, miradas, hipótesis centrales o tesis concluidas. En general, lo hicieron desde estrados diferenciados, a través de conferencias magistrales, artículos destacados, simposios especiales, constituyendo comisiones ad hoc o por la figuración en medios de prensa masivos.

Entre los principales dirigentes históricos de la organización, se encontraba Federico Daus (1904-1988), reconocido por su papel en la institucionalización de la geografía en la Argentina. Desde su graduación en 1922 se había desempeñado en universidades e institutos terciarios. En 1938 se incorporó como adjunto de Juan Keidel en la cátedra de Geografía Física en la Universidad de Buenos Aires, para pasar en 1942 a ejercer como titular ante el alejamiento del anterior catedrático. Fue además docente por un breve período del Instituto Nacional Superior del Profesorado “Joaquín V. González” desempeñándose en dos cátedras (Seminario de Ciencia Geográfica y Geografía Física II), instituto del que era jurado habitual en los concursos para la selección docente. En 1934 se incorporó ad honorem al Departamento de Antropología del Museo Etnográfico. Posteriormente, junto con Romualdo Ardissone[7] promovería en 1946 -no sin sobresaltos políticos al interior del museo-  la creación e independencia del instituto de geografía en la Universidad de Buenos Aires (Souto, 1995).

Antes de la década del 70, Daus ya se había desempeñado como presidente de GAEA. Por primera vez lo había hecho en 1949 cuando también asumió el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) bajo la primera ley universitaria del gobierno peronista. Lo haría nuevamente abarcando el extenso período 1965-1981 (reelecto en los años 1969, 1973 y 1977). Al poco tiempo que irrumpe la Revolución Libertadora Daus se aviene al régimen jubilatorio para luego ingresar en la Universidad del Salvador. En 1968, a instancias del geógrafo Horacio Difrieri -decano de Filosofía y Letras (UBA)- es citado para crear un centro de estudios de Geografía Aplicada. Durante el decenio de los 70 fue honrado por titulaciones honoríficas como el doctorado honoris causa de la UBA, profesor emérito de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y de la Escuela de Geografía de la Universidad del Salvador, de la cual había sido su fundador.

Sin duda, Daus fue uno de los geógrafos que ha contribuido durante muchos años de manera notable en la formación de docentes a través de sus obras destinadas a los profesorados, y en la enseñanza a través de libros de amplia difusión reservados a los estudiantes de colegios secundarios. Es en los 70 donde Daus como presidente de GAEA se convierte en una de las voces más activas del pensamiento nacionalista, haciendo valer sus credenciales académicas prestigiosas va a erigirse en un inquieto promotor de las ideas más épicas entre la comunidad. El geógrafo tenía una vasta experiencia en conocimiento de cuestiones limítrofes,  ya que durante la década del 60 había sido asesor habitual de la cancillería laborando a favor de las tesis argentinas (Gaignard, 1968).

Por otra parte, Daus dictaba una materia versada en contenidos de geografía política en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, temática que precozmente había concitado su interés como se puede observar en uno de sus libros más divulgados: Geografía y Unidad Argentina. En este texto la descripción territorial se entrelaza en base a claves regionalistas y al determinismo ratzeliano que lleva a delinear y delimitar las regiones argentinas (Quintero Palacios, 2002). Así la nación o la comunidad en sus lazos culturales y territoriales se suponen  preexistentes al Estado. Para Daus el Estado no emerge como un hecho jurídico novedoso o una forma de dominación moderna que se impone a la población coaccionándola simbólica y materialmente para lograr su dominio. Sostenía que el territorio ha sido y es sujeto constitutivo de la identidad nacional, se conforma en su soporte, y la disposición de su centro geográfico y sus fronteras naturales son pivotes elementales para la cohesión y la unión del pueblo (Fritzche, 1993).

En el libro homenaje que le tributa en vida GAEA a Daus, hay una serie de escritos destinados a resaltar su personalidad y aportes a lo largo de su trayectoria académica. Creemos que las apreciaciones de Ricardo Paz[8] sobre su figura ilustra el énfasis que ponía el geógrafo hacia las cuestiones de geopolítica, como su clara afiliación y compromiso, a las que había dedicado buena parte de sus energías:

“Dos rasgos tan puros y perfectos como los de una composición artística marcan el estilo y las concepciones del profesor Daus en lo que atañe a geografía de las fronteras: una prosa clásica, rigurosa y suelta, que no se ampara en la palabra técnica sino para hacerse más expresiva, y un concepto geográfico que, por honesto y verídico, se corresponde armoniosamente con los derechos que  la República posee y sostiene en sus cuestiones limítrofes. …La correspondencia en los trabajos de Daus entre la forma y el contenido de su prosa –que olvidada de vanidades se muestra ora humilde, ora esplendorosa, para ceñirse con lealtad a su tema- es la de la verdad científica entre su apariencia y substancia, y la coincidencia de sus conclusiones geográficas con las de nuestros juristas sobre los derechos argentinos es probanza de la verdad de una nación que, igual a sí misma, defiende siempre un mismo derecho y quiere y hace, por su naturaleza singular, una política territorial honesta"[9].

Otra personalidad influyente en GAEA fue Raúl Rey Balmaceda (1930-1998) que por su temperamento político, vínculos y especialidad signó la institución durante la época. Ni bien se graduó y siendo muy joven ocupó sitios expectantes en la gestión efectuando todo el cursus honorum hasta llegar a ser electo para ejercer la presidencia.

“Entre GAEA y Rey Balmaceda este doble tránsito parece mostrarse en su máxima expresión. Recíprocamente se alimentaron con un signo común: la geografía. La Sociedad marcó el sino de un desafío permanente en la vida del hombre, él imbuyó de pasión y fervor a la legendaria entidad. Llevada de la mano del joven inspirado, la vieja casa de los geógrafos se hizo a su medida. Paralelamente, entre esas paredes envejeció el profesor… Un año antes de sus setenta –demasiado temprano para una mente tan lúcida- se fue uno de los presidentes legendarios de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos. Temido y respetado, combatido y querido, bizarro y genial, nunca hubo medias tintas en su vida"[10].

Rey Balmaceda se había titulado en 1956 como profesor y licenciado en  Historia y Geografía, y doctorado en 1962. Un año antes había ingresado como vocal de GAEA con 33 años, siendo prosecretario en 1965 y secretario en 1966, desempeñándose luego como vicepresidente (1985-88)  y presidente en tres períodos (1988-89; 1989-93; 1997-98). Fue investigador de carrera del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) revistando a partir de 1975 como independiente, y titular por muchos años de la cátedra Teoría y Método de la Investigación Geográfica en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). También se desempeñó como docente en varias universidades nacionales y privadas,  titular de Geopolítica III en la Escuela Superior de Gendarmería Nacional, académico de número en la Academia Argentina de Geopolítica y la Academia Argentina de Asuntos Internacionales.

Rey Balmaceda era miembro de varias instituciones científicas nacionales e internacionales como la Sociedad Geográfica de París, la Unión Geográfica Internacional, el Instituto Islas Malvinas e Islas Australes y el Grupo Antártico del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales. También una de sus facetas menos conocidas fue su dedicación a obras de divulgación histórica y geográfica, siendo asesor general, director y partícipe de colecciones y fascículos[11]. Fue traductor de obras clásicas de geografía y componedor de listados bibliográficos sobre temas puntuales, incluso uno muy completo sobre las Islas Malvinas en coautoría con Daus que publicó OIKOS en 1982 durante la guerra en el Atlántico Sur; y con Matilde Quereilhac escribió sobre la “Cuestión del Beagle”, impreso en el boletín societario a poco que el gobierno argentino rechazara el laudo arbitral. Su tesis doctoral dio lugar al libro Geografía Histórica de la Patagonia publicado en 1976, prologado por Daus. Acompañando su desempeño docente en cátedras teóricas en la universidad escribió varios artículos y libros sobre teoría como fue –entre los más divulgados- Geografía Regional: teoría y aplicación editado en 1972 y reeditado en 1976.

Los denuedos de orden político inclinaron a Rey Balmaceda a escribir obras donde el planteo principal se localizaba en cuestiones limítrofes, problemas de frontera y litigios con los países vecinos, con una pluma animada por un punzante nacionalismo y de salvaguarda a ultranza de la posición y reclamos de la Argentina, tónica que transmitió con bastante eficacia al resto de los integrantes de la Sociedad por las múltiples tareas en las se desenvolvía en su seno.

 “Al mismo tiempo integró numerosas comisiones como las de Biblioteca, Conferencias y Cursos, Publicaciones, Semanas de geografía, Premios y la de Geografía Aplicada. Desde esos cargos imprimió a la Sociedad su particular energía al participar activamente en las definiciones de las líneas de acción de la Sociedad… Su paso por la Sociedad seguramente no será olvidado, ya sea por sus anécdotas, por sus luchas y sus anhelos y porque acompañó los cambios que se operaron en la comunidad geográfica y por ende en la Sociedad a lo largo de medio siglo. Fue un hombre y un símbolo de GAEA a la que dedicó gran parte de su vida. Obstinado para muchos, por lo que se ganó antagonistas, firme y sensato para otros; cada uno de los que tuvieron oportunidad de trabajar con él guardamos una imagen diferente de su persona"[12].

Todos los geógrafos que han compartido lugares de trabajo con Rey Balmaceda concuerdan en indicar como su opus magnum su tratado sobre Límites y fronteras de la República Argentina (Buenos Aires: Oikos, 1979),  galardonado en 1980 con el premio Perito Moreno que otorgaba regularmente la Sociedad. De alguna manera se constituye en una síntesis argumentativa que refleja muy bien las inclinaciones de aquellos geógrafos que en la Sociedad se volcaban a los intentos por esbozar estrategias geopolíticas nacionales. En la segunda parte de la década del 70, cuando las relaciones de Argentina con los países limítrofes se hicieron álgidas, el geógrafo abordó problemas de geografía política como los relativos al Canal de Beagle, la propuesta y mediación vaticana para la resolución del conflicto con Chile, las cuestiones de demarcación en Laguna del Desierto, Hielos Continentales, Cerro Fitz Roy, y de soberanía en el Atlántico Sur. Al respecto dirán sus discípulas, desde una contemplación cordial, cuáles eran las herencias y enseñanzas que Rey Balmaceda quería dejar como huella a las nuevas generaciones:

“Su gran interés por el ser nacional, su preocupación porque los jóvenes conozcan y defiendan el territorio donde nacieron, lo llevó a que la problemática de los límites de la República Argentina sea un tema prioritario en sus obras. Su objetivo no pretendía buscar el enfrentamiento con los pueblos hermanos, sino que a través del conocimiento y las vías diplomáticas supiesen valorar la integración territorial de nuestro país"[13].

Finalizada la guerra de Malvinas y superados los conflictos con Chile, Rey Balmaceda mantuvo una posición negativa con respecto al acuerdo que se había alcanzado con Chile en la demarcación definitiva de los territorios del sur de la Cordillera de los Andes, concretamente en la traza sobre los denominados Hielos Continentales y Laguna del Desierto, diferendo que en la década del 60 había sido objeto de una escaramuza con resultados luctuosos entre fuerzas de frontera de Chile y Argentina. El senador por la provincia de San Juan –a quien asesoró en este punto- en el homenaje que le brinda el Congreso Nacional a poco tiempo de su fallecimiento, daba cuenta de sus méritos calificando su personalidad  y labor:

“Fue un hombre atento a la importancia del aporte argentino al esclarecimiento internacional. En los problemas políticos de base geográfica, Rey Balmaceda tuvo una presencia relativamente activa en algunos foros externos. Allí estaba el argentino maestro, científico, y expositor explicando con fuerza de patria la verdad histórica, geográfica y jurídica"[14].

Si Rey Balmaceda desarrolló la tónica interna de GAEA en buena medida, Patricio Randle fue quien seguramente desde sus posiciones en organismos estatales hiló mayores vinculaciones interinstitucionales  entre GAEA y otras entidades a lo largo de la década del 70. Si bien su título de grado es el de arquitecto, se doctoró en Inglaterra en geografía orientándose hacia estudios sobre geografía urbana, geografía histórica, teoría y método de la geografía y planeamiento. Además, prematuramente mostró su inquietud y posición sobre temas de educación superior a través de textos y artículos periodísticos[15]. En 1963 había ingresado como vocal, para luego desempeñarse como director del boletín y compilador de las publicaciones de la Sociedad y las que GAEA haría en asociación con otros centros. Fue colaborador de varios medios de prensa, especialista en temas universitarios de la revista Cabildo[16], como destacado columnista del diario La Prensa y la Nueva Provincia de Bahía Blanca (1973-1993). También ha sido director  y gestor de atlas sobre la Argentina. Se desempeñó entre 1958 y 1993 como profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (UBA) y miembro de número de la Academia Nacional de Geografía desde 1984[17].

Había ingresado como becario en el CONICET en 1961, siendo uno de los primeros geógrafos en acceder a la carrera de investigador. Randle fue fundador y director de la Asociación para la Promoción de Estudios Territoriales y Ambientales (OIKOS) y dirigió la Unidad de Investigación para el Urbanismo y la Regionalización (UNIUR)  entre 1976 y 1985. Ambos institutos se crearon dentro de la estructura del CONICET, organizaciones que concentraron recursos financieros en el período del gobierno militar. El contar con estos medios le permitió desarrollar un plan editorial que no sólo difundió estudios regionales, sino que en buena parte abrió un espacio de difusión de las preocupaciones axiológicas y expresiones doctrinarias del nacionalismo territorial.

El desarrollo de políticas destinadas al CONICET durante el gobierno militar (1976-1983) llevó a separar en forma tajante al organismo de las universidades nacionales y a dirigir estratégicamente los aportes financieros hacia un sistema de institutos y fundaciones creadas ex professo, alentando medidas para que el CONICET se desembarace de centros propios y se comporte meramente como un ente administrador de proyectos[18]. El Consejo llevó adelante un régimen de entrega de subsidios a asociaciones independientes que portaban personería jurídica. Aparte de OIKOS que ya mencionamos, entre las más beneficiadas se encontraban la entidad Sistemas Educativos No Convencionales (SENOC) y la Fundación Argentina de Estudios Sociales (FADES)[19]. Ya en los prolegómenos de la fundación del organismo de investigación nacional en 1957, algunos investigadores habían manifestado opiniones coincidentes sobre la necesaria separación de los ámbitos de producción de ciencia de los de enseñanza. La dictadura aplicaría esta medida con el objeto de crear un ambiente para los investigadores aislado de los problemas sociales y políticos que repercutían o podían agitar las estructuras de educación superior.

Como expresamos, con el gobierno castrense toma cuerpo este modelo de ordenamiento al divorciar las actividades de docencia de las de investigación luego del convulsionado intervalo por el que habían atravesado las universidades públicas. Como ajustadamente opina Mario Albornoz[20], la estrategia era clara en cuanto a su fin autoritario: excluir en primer lugar la investigación y la ciencia de las universidades, creando ámbitos cerrados cercanos en sus creencias a las fuerzas armadas para excluir cualquier posibilidad de infiltración ideológica. El mismo Randle en sus notas sobre la universidad había manifestado estas ideas y desde sus convicciones prereformistas, conservadoras y anticomunistas proponía la fragmentación de las grandes casas de estudio y la prohibición de la actividad política estudiantil, mientras que cuestionaba el voto por mayorías del ordenamiento reformista. Sostenía que a partir de 1955 la Revolución Libertadora había entregado la universidad a la izquierda, que luego en 1966 había sido expulsada por la irrupción militar del General Juan Carlos Onganía. Sin embargo, para Randle este gobierno castrense había llevado a la universidad a la mediocridad que desembocaría en 1973 con el retorno de la izquierda y la guerrilla que tomarían el control de las altas casas de estudio (Beraza, 2005)[21].

Decíamos que Randle fue quien desde su posición en OIKOS tendió puentes hacia GAEA, ya que miembros de ambas instituciones y otras del CONICET organizaron en conjunción encuentros, simposios y publicaciones comunes. Asimismo, dichas instituciones emprendieron la difusión y exhibición de stands en conjunto en las exposiciones feriales y la solicitud de subsidios de burocracias como de la Secretaría de Estado de Ciencia y Tecnología a programas editoriales. Además, recurriendo a otras vías administrativas, la Sociedad tramitó y obtuvo apoyo de instituciones públicas como el Ministerio de Educación y Cultura[22] y organismos municipales para organizar regularmente las  Semanas de Geografía.

En 1981 Servando Ramón Dozo (1904-1988)[23] asumiría la presidencia de GAEA luego de un largo recorrido en la institución, reemplazando a Daus. Dozo se había  especializado en geografía económica y sobre esta rama había escrito un extenso tratado de uso común en las carreras de geografía[24] y en el área de planificación espacial, con un marcado acento en los intereses geoestratégicos. Graduado como profesor de Historia Argentina e Instrucción Cívica y de Historia y Geografía en UNLP, en 1947 empezó su carrera como docente de media en la Escuela Superior Carlos Pellegrini y en el Colegio Nacional Buenos Aires, ejerciendo como titular de la materia Geografía Económica en las universidades de La Plata (Facultad de Humanidades), Buenos Aires (Facultad de Filosofía y Letras) y El Salvador. Durante la década del 70 se desempeñó como docente en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, y varios institutos de enseñanza de las fuerzas armadas: la Fuerza Aérea Argentina, el Colegio Militar de la Nación (donde dictaba Sociogeografía  Argentina y Latinoamericana), la Escuela Superior Técnica del Ejército; y como facultativo en los Cursos de Inteligencia para oficiales de alta graduación.

Dozo había pronunciado numerosas conferencias en cuestiones de desarrollo infraestructural y estrategia, oficiando a partir de 1976 también como asesor técnico de la Dirección General de Ordenamiento Espacial (Secretaria de Planeamiento de la Presidencia de la Nación), y del CONICET para el otorgamiento y evaluación de becas y proyectos de investigación, siendo además integrante del consejo supervisor  del funcionamiento del centro de investigaciones UNIUR dependiente de dicho organismo. Un año antes de su asunción como presidente, en el discurso de apertura como vicepresidente de GAEA en la XLII  Semana de Geografía que se realizó durante 1980 sintetizaba en algunos de sus tramos lo que a su parecer debía ser el papel que los geógrafos estaban llamados a cumplir en las circunstancias que le tocaba atravesar al país:

“Desde el punto de vista nacional, los geógrafos por el conocimiento que poseen del patrimonio geográfico, tienen conciencia territorial y son celosos soldados de la causa de la Defensa de la Soberanía Nacional y abanderados de la creación de la conciencia ciudadana sobre los problemas que afectan al medio geográfico y advierten los riesgos de acciones irracionales en la explotación y uso o no uso de los recursos animales, vegetales, minerales, energéticos, edáficos, ambientales y, por supuesto, de los problemas antropogeográficos. Su prédica sin duda resulta de alto valor patriótico y humano"[25].

En su gestión, Dozo fue acompañado como vicepresidente por un breve tiempo por Horacio Difrieri (1920-1981); geógrafo experimentado en cargos de gestión pública quien fallece estando en la dirección de la vicepresidencia. Difrieri se había desempeñado como traductor, asesor de editoriales y codirector con F. de Aparicio de Argentina. Suma de Geografía. También se había orientado en estudios de Geografía Histórica (fue director del Atlas de Buenos Aires  publicado con motivo del IV Centenario del Fundación de Buenos Aires) y probablemente uno de los primeros geógrafos en la escuela local en reflexionar sobre la aplicación de la teoría de los sistemas y el estructuralismo aplicado a los problemas espaciales. En 1950 ingresó como docente de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) desempeñándose alternativamente al frente del instituto como director del departamento de la carrera de geografía y decano de la unidad académica en dos oportunidades (1968-1969 y 1976-1978).  

A esta altura conviene hacer un repaso de los temas tratados. En primer término hemos hecho una breve referencia histórica de la Sociedad poniendo énfasis en el crecimiento de su estructura y en el tipo de trabajos que sus encuentros convocaban durante la década del 70. En segundo término, hemos hecho una sucinta presentación de lo que hemos delimitado como su elite que desarrolló sus actividades en el período seleccionado y rubricó la tónica de la institución. En el título siguiente nos adentramos y exploramos los compromisos valorativos y posiciones públicas que asumieron GAEA y sus mentores en los trances políticos significativos que le tocó vivir a la Argentina en el recorte temporal bajo pesquisa.

La presencia de doctrinas tradicionales  en el pensamiento de los  geógrafos de la elite institucional: nacionalismo territorial, determinismo geográfico y seguridad nacional

En la segunda parte del decenio, y más precisamente, a partir de la instauración del gobierno del Proceso de Reorganización Nacional en 1976, la Sociedad a través de sus principales dirigentes fue paulatinamente desenvolviendo a la luz de los acontecimientos un programa académico que reafirmaría un rígido núcleo ideológico. Este núcleo estaba anclado en el pasado disciplinario y en las pautas axiológicas que habían sido el contenido sustantivo que supieron tener los textos señeros de referencia y formación en geografía y aquellos manuales escolares, cuyos destacados miembros a su vez habían sido autores canónicos (Escudé, 1989; Romero, 2004). Los valores ortodoxos de la ciencia anclaban en un nacionalismo enraizado con los orígenes mismos de la geografía como materia educativa y en el modelo político que llevó a la organización de la nación (Souto, 1995; Quinteros Palacios, 1995; Escolar, Quintero Palacios y Reboratti, 1994).

La selección de un marco referencial más o menos consciente que hace GAEA en el período bajo estudio, la llevó a reafirmar el ideario nacionalista que contaba con raigambre y legitimidad tradicional; empero esta decisión que se va a revelar como la elección más briosa, es la que la lleva a la mayor exposición pública en una línea de producción académica de geografía política aplicada. Como agente colectivo -o a través de sus más conspicuos agentes individuales- osciló según las eventualidades como think tank, simple grupo de opinión, factor de presión o agencia asesora de oficinas burocráticas del gobierno.

Como han pesquisado los autores antes mencionados en el párrafo inicial de esta sección, las ideas del nacionalismo territorial fueron una dosis primordial que afectó a toda la comunidad geográfica y orientó su producción, haciéndose más intensa esta adscripción durante los sucesos que afectaron la historia del país entre 1976 y 1983; como ya había ocurrido durante el último cuarto del siglo XIX, cuando se estaban negociando acuerdos de límites y la demarcación sobre la cordillera con la República de Chile[26]. Esta doctrina de tanto predicamento tiene su origen hacia finales del Siglo XIX  en las ideas del diplomático, político e historiador Vicente Ernesto Quesada, y se expresó a partir de 1880 en la revista que fundó junto a otros dirigentes connotados de la época. En la  Nueva Revista de Buenos Aires, donde escribían destacados personajes de la Generación del 80 tomó cuerpo este dogma a través de sus páginas (Cavaleri, 2004). En su base de creencias se recreó paulatinamente el mito -que a la postre cuajaría como influyente y perdurable- de que la Argentina había sido la principal perjudicada por el desmembramiento de la unidad territorial del  Virreinato del Río de la Plata. Este relato fundacional del nacionalismo territorial, colocaba a la Argentina (en un uso flexible del uti possidetis) como la heredera legítima de los territorios que comprendía el viejo virreinato español, apareciendo entonces como un país perdedor.

Esta doctrina nacionalista que ponía en situación de víctima a la Argentina por las supuestas pérdidas territoriales, se complementó con un sentimiento de fracaso y frustración, que tuvo además claramente individualizados al conjunto de responsables intelectuales que malograron tal legado. Entre ellos se denunciaban a las pretensiones de la Corona Británica y del Imperio del Brasil proclives a la balcanización de Latinoamérica; al círculo de poder de los unitarios porteños que se constituyeron en centro de decisiones luego de la independencia; y finalmente, a los diplomáticos argentinos por su pésima actuación histórica al punto tal de afirmarse que lo que resultaban ganancias territoriales como producto de victorias en las batallas, se malograban en los acuerdos diplomáticos. En razón de estas fuerzas coaligadas, la Argentina habría perdido los actuales espacios soberanos de Bolivia, Paraguay, Uruguay y porciones substantivas de Chile y Brasil. El mito contribuyó a un imaginario que se proyectó hacia el futuro, en una explícita fe en que la Argentina estaba llamada a ser un país poderoso a desempeñar un rol preponderante en la región y en el mundo. Esta especie de remozado destino manifiesto conllevó una inflexible animadversión hacia países limítrofes, que se volcó según las circunstancias hacia Chile o Brasil.

Escudé (1984) ha criticado esta concepción del nacionalismo territorial que se ha mostrado como “indiscutible”  al afirmar que las fronteras del virreinato eran ficticias. Asevera el autor que gran parte del territorio no se encontraba bajo su control, siendo por lo tanto ilusorio suponer que un espacio tan vasto, tan poco integrado y con intereses regionales contrapuestos, se iba a mantener compacto y unido ante una nueva realidad política y jurídica. Por otro parte, Escudé se opone a la idea de entender que la Argentina ha sido un país perdedor, muy por el contrario aporta pruebas para concluir que la estrategia de expansión de la Argentina ha sido bastante exitosa.

Cierto es que el nacionalismo territorial tuvo en los geógrafos –en el transcurso de los años que indagamos- una entonación sincrética en conjunción con el determinismo geopolítico, y en alguna medida con las visiones paranoicas de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN). Como apropiadamente señala Reboratti (1983), la geopolítica con sus leyes naturales y físicas para comprender el comportamiento de los Estados cuadró muy adecuadamente con el pensamiento y praxis militar; y desde sus orígenes como práctica y saber estuvo muy vinculada con distintas corrientes del nacionalismo europeo. En el caso de la Argentina, la materia desde la segunda posguerra se convirtió en punto de interés de grupos cercanos al nacionalismo conservador antiliberal o católico integrista (Beraza, 2005; Saborido, 2004, 2005).

En la segunda mitad del siglo XX, el pensamiento castrense se fue extendiendo en la Argentina a partir del poder que los uniformados como casta fueron ganando en el seno de la sociedad, estableciéndose como una presencia constante en las decisiones políticas cruciales, ya sea directamente al frente de gobiernos nacionales (a partir del golpe de estado en 1930), o bien, por su capacidad de imposición durante los débiles gobiernos civiles. Desde la década del 20, la corporación armada fue penetrada por las versiones más conservadoras y radicales del nacionalismo, e incluso aquéllas de simpatías francamente fascistas. Las lógicas castrenses no quedaron reducidas a las filas profesionales, sino que fueron emuladas por grupos de la civilidad dando lugar a lo que Miguens (1988) ha llamado la Argentina Militar. Esta perspectiva respondería a una idea jerárquica y disciplinaria del mundo propia del orden entre grados en los cuarteles, dando lugar a un sistema de dominación sancionado por sectores sociales que se veían a sí mismos como superiores, y que además, colocaban  al otro en condición de inferioridad mediante el extrañamiento.

A las lógicas militares antes explicitadas, el Proceso de Reorganización Nacional a partir de 1976 va dentro de sus políticas represivas a sumar como propios los componentes de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN). La DSN surgida en la segunda posguerra a raíz de la confrontación entre los Estados Unidos de América y la Unión Soviética, tuvo su origen en círculos de intelectuales y estrategas cercanos a los cenáculos anticomunistas más conservadores, teniendo a la postre en América Latina mucha influencia a través de la dictaduras vernáculas (Maira, 1990). Es así, que se adecuaron y profundizaron en su versión principios que invocaban los peligros que atentaban contra la seguridad nacional emergentes en el escenario mundial de la Guerra Fría. Esta doctrina situaba en las “fronteras interiores” las amenazas a la integridad nacional, tanto  a su cohesión social como territorial, de ahí que las corporaciones militares se empeñaban en identificar y aniquilar al “enemigo interno” que se lo distinguía tanto en términos militares como culturales  e ideológicos.

Una vez  que la dictadura militar liquidó los movimientos insurreccionales, anuló la oposición sin mediar contemplaciones humanas, y puso en la ilegalidad a los partidos políticos y otras organizaciones civiles, Vázquez Ocampo (1985) explica que el estado castrense implementó otro comportamiento hacia el exterior, novedoso y contradictorio con lo que habían sido las tradiciones diplomáticas. Las fuerzas armadas se proclamaron como defensoras de los auténticos valores cristianos y occidentales ante la amenaza del mundo comunista, convicción que las conduciría a intromisiones más o menos veladas en conflictos internos de naciones tanto en América Central como América del Sur. Estos despliegues –acordes con la DSN-  eran afines con las inclinaciones más arcaicas que sostenían fracciones muy significativas de la milicia, como era el caso de numerosos oficiales que adscribían al integrismo católico hispanista[27].

Vamos a ver que la convergencia  y combinación de las corrientes de pensamiento antes reseñadas consolidaron una estructura coherente y funcional, para dar lugar a claves de representación y descripción de la realidad como así también para la elaboración de arengas políticas. La geopolítica clásica de fines del siglo XIX, las metáforas biológicas más crudas del determinismo geográfico, la mentalidad militarista, los principios de la DSN y el nacionalismo corporativo se van a hacer notar en forma velada, sutil o bien en lenguaje llano en las manifestaciones, declaraciones y ponencias de los geógrafos.

Declaraciones públicas y definiciones básicas de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos  en relación a los conflictos territoriales

Como pudimos ver más arriba, durante buena parte de la década del 70 se mantuvieron en los encuentros y publicaciones de GAEA los temas y enfoques tradicionales de la geografía humana y física, teniendo realmente poca cabida las cuestiones que tomarían preeminencia en la segunda parte de la década y a principios de los 80, no tanto por su número sino por sus emisores jerarquizados. Así paulatinamente las cuestiones relacionadas con temas de geografía política tomarían un mayor grado de significación a través de conferencias magistrales, simposios y estudios destacados en el boletín societario.

Ocurriría que conforme el gobierno militar ponía en marcha sus hipótesis de conflicto y el tipo de política exterior al que hicimos referencia, los temas de soberanía argentina fueron constituyéndose en tópicos de interés y opinión popular. Planteada esta situación, destacados miembros de la Sociedad comenzaron a dar respuestas a esta demanda cada vez más intensa, tomando esta faena como un deber patriótico, reforzando así su atención a los problemas de fronteras, límites y relaciones exteriores. La coyuntura histórica se dio a partir de los conflictos limítrofes con la República de Chile por el Canal del Beagle, y con Brasil por la utilización de la Cuenca del Plata y el emplazamiento de emprendimientos hidroeléctricos. Por supuesto, otra situación superlativa que estimuló este campo de estudios, opiniones y proclamas fue la toma de las Islas Malvinas en 1982 por las fuerzas armadas que desencadenó la guerra con Gran Bretaña. GAEA participó afanosamente en oportunas declaraciones públicas con su nombre propio sumándose a las posiciones del gobierno o bien asumiendo los discursos más inflexibles en temas limítrofes, resaltando con su retórica nacionalista los temas que concitaban –por esa época-  la atención cotidiana, además de contribuir con elaboraciones intelectuales –por lo común estudios microregionales sobre las áreas en conflicto- convenientemente reformuladas.

La Comisión Directiva de GAEA –a diferencia de otras organizaciones similares[28]- tuvo palabras y mensajes muy explícitos en cada uno de estos problemas nacionales, haciendo extensivas sus expresiones a la adhesión de geógrafos concurrentes a los plenarios de las Semanas de Geografía. Estas temáticas transitarían hacia un primer plano a partir del gobierno militar, ya que su política exterior llevaría a plantear y estudiar en los servicios de inteligencia hipótesis de conflicto con los países limítrofes. La Sociedad expondría sus opiniones públicamente en el nombre de la geografía argentina, y  bajo la cobertura de que sus argumentos estaban firmemente anclados en la rigurosa aplicación de los términos de la ciencia geográfica.

El conflicto en torno del Canal del Beagle sería una oportunidad en la que la Sociedad presentaría posición con motivo de darse a conocer en 1977 el Laudo Arbitral de la Corona Británica en el litigio con la República de Chile. Esta discrepancia había hallado un cauce de acuerdo cuando en 1971 los presidentes de Chile y Argentina habían acordado el arbitraje de la Corona Británica sobre un viejo diferendo en torno al Canal del Beagle y sus islas aledañas. Luego de un largo proceso el veredicto se dio a conocer en 1977, donde el fallo de lo que había en disputa superficial resultó más favorable a Chile.

Durante ese mismo año GAEA encontraba la oportunidad para exhibir el valor de su saber específico y tomando la voz de la comunidad de geógrafos argentinos reclamaba la necesidad de abordar las cuestiones de soberanía con una “sólida y eficaz base geográfica”, tal cual rezaba la declaración de la portada de su boletín. Con antelación a las declaraciones oficiales, la Sociedad había designado una comisión encargada de estudiar el laudo arbitral tutelada por Federico Daus[29], cuyos resultados se convertirían en el cimiento erudito de las sucesivas comunicaciones oficiales. Los trabajos y posiciones notarias de la comisión directiva de GAEA no dejaban lugar a dudas de la orientación institucional y de su resolución con respecto del arbitraje:

“Que el Laudo de la Corona Británica ha otorgado a la República de Chile las islas del Triángulo Atlántico que se hallan al este del Canal de Beagle, no obstante su indiscutible posición Oceánica Atlántica, evidente a todas luces, en cuanto respecta a la isla Nueva, e igualmente cierta en lo referente a las islas Picton y Lennox;… Que el laudo y sus fundamentos se hace caso omiso de las circunstancias geográficas concernientes a la extensión y límites del Canal de Beagle, sin atender a que la definición, calificación y delimitación del Canal son cuestiones esencialmente geográficas y constituyen el nudo del diferendo sometido al Arbitraje y Laudo;... En consecuencia, los geógrafos argentinos, reunidos en la XXXIX Semana de geografía declaran: Que el fallo de la Corona Británica sobre el litigio del Canal Beagle, es palmariamente injusto, viciado de inexactitud geográfica y lesivo para la República Argentina"[30].

A partir de la Semana de Geografía que se efectúa en Buenos Aires en 1977 se va a comenzar a ejercer una modalidad que se va a repetir en otros encuentros: los dirigentes van a buscar en los asociados el apoyo a su toma de partido en cuestiones de relaciones exteriores del país apostando a su capital social[31]. Con la opción de esta modalidad las afirmaciones no quedaban circunscriptas a los gestores, sino que comprometían a los congregados a las Semanas, quienes anualmente daban aprobación por aclamación en las asambleas de cierre.

En enero de 1978 ocurre algo inédito en la política exterior argentina, ya que el gobierno militar rechaza el laudo arrastrando las relaciones entre los dos países a una fase de tensión y deterioro creciente. En ambos países bajo dictaduras militares, y en particular en la Argentina, los sectores influyentes más duros fueron paulatinamente ganado terreno en la opinión pública[32]. Así comenzó a ambos lados de la cordillera un predominio de los halcones en las fuerzas armadas que desataron una compra frenética de logística y pertrechos para la guerra. La Junta Directiva de GAEA en la sesión ordinaria de fines de diciembre de 1978, cuando se estaba en el momento más álgido del enfrentamiento con Chile y al borde de la guerra, emitió un comunicado donde se disipaba cualquier tipo de vacilación y se precisaban definiciones:

“1° El Canal de Beagle termina por el Este, por fundamentos morfológicos y oceanográficos, en la línea definida por el meridiano de Punta Navarro… En consecuencia, las islas adyacentes en ese espacio atlántico no se hallan en el canal Beagle, ni al Sur del canal de Beagle, sino en el Océano Atlántico…2° El límite entre los Océanos Atlántico y Pacífico se considera definido por razones geográficas, geológicas y oceanográficas y antecedentes históricos, por el meridiano de la isla de Cabo de Hornos y no tiene, por lo tanto, ningún asidero la tesis, alguna vez invocada con visos de fundamentación científica, de que el Océano Pacífico se extiende al Este de dicha alocación por el mar de Scotia, y cualquier otra pretensión de análoga factura. Con lo cual, aceptada la repartición contractual: Argentina en el Atlántico y Chile en el Pacífico, la delimitación de soberanías en el espacio marino continental e insular austral se clarifica en forma justa, equitativa y definitiva…"[33].

Estas aclaraciones y declaraciones se publicarían en el boletín ese mismo año, no sin antes traer a la memoria el hecho que “Los geógrafos argentinos siempre han estado atentos a las cuestiones atinentes a la soberanía territorial[34].” A éstas se sumaban contribuciones  de distintos geógrafos versadas sobre el Canal de Beagle con el objeto de contribuir a la posición de parte argentina. Sus aportes al momento político eran de dos tipos: trabajos de descripción microregional y definiciones conceptuales de accidentes geomorfológicos.

Las viejas ediciones de geografía física y humana sobre el sitio se reformulaban en función de argumentar sobre los límites entre los dos océanos y la extensión del Canal de Beagle. Se reseñaba el descubrimiento, la formación geológica, accidentes fisiográficos y el poblamiento primitivo, concluyéndose sobre los puntos de valor jurídico en la controversia haciendo alusión al Canal de Beagle en su extensión como límite en la determinación de su confín oriental (Daus, 1978b). Otra cuestión que los geógrafos consideraban en sus colaboraciones era la definición clara de la división entre los océanos Pacífico y Atlántico, con la idea de contribuir a la tesis argentina y al principio sostenido en las discusiones que se esgrimían: “Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico”, principio que convertido en eslogan había sido muy publicitado en los medios de comunicación argentinos. La extensión del Canal de Beagle y la cuestión de pertenencia oceánica se consideraban centrales en razón de los acuerdos históricos con Chile, ya que los pactos hacían mención a estos dos asuntos para designar tierras en disputa entre los dos países (Daus, 1978a).

El alcance que los geógrafos daban a sus contribuciones está reflejado en las opiniones de Daus, quien de alguna manera sobredimensionaba las secuelas negativas de no valerse de definiciones siempre adecuadas para bautizar a los accidentes físicos en las relaciones internacionales, exigiendo más  rigor científico a quienes trataban el tema. La totalidad de los artículos del boletín subrayaban como una cuestión vital para la nación la resolución soberana sobre las pequeñas tres islas, resultado que estimaban que tendría consecuencias sobre la pertenencia de los territorios lindantes, por lo que se prescribía la necesidad estratégica de una “marcha hacia el sur”, considerando que el Cabo de Hornos ineludiblemente debía erigirse como el punto más extremo de la República Argentina (Rey Balmaceda, 1978).

Estas tomas de posición constituyeron las primeras exposiciones públicas de la institución, pero vamos a ver que esta modalidad se reiteraría en otras ocasiones. Es que en el interior de la organización se habían empezado a procesar problemas de geopolítica vía expertos, lo que llevaría a definiciones tajantes en otros temas similares. Este fue el caso de la construcción de represas hídricas que culminarían en distintos acuerdos con los países con quienes Argentina tiene redes hidrográficas en condominio, materia que los peritos de la Sociedad pusieron bajo su particular óptica geopolítica[35].

En varias ocasiones el tema de las cuencas compartidas había sido objeto de preocupación en los encuentros y publicaciones de GAEA, incluso en el congreso al que hacemos referencia en el título siguiente,  sobre todo a través de disertaciones del Ingeniero Mario Fuschini Mejía. El autor había sido el creador de la tesis de “la singularidad geográfica” del tramo de la cuenca que comprende el Río Paraná entre los emplazamientos de Corpus e Itaipú. A su momento había argumentado sobre la existencia de una geomorfología hídrica que operaba como un fenómeno físico de escurrimiento indivisible. En base a estos estudios explicaba que era necesario y conveniente económicamente planear conjuntamente la construcción de ambas represas, sobre todo en lo que hacía a sus cotas de coronamiento, lo que redundaría en beneficios para la generación eléctrica y la navegación aguas abajo. La influencia de la escuela geopolítica se hizo sentir en las reflexiones que también sobre este punto se trataban en el seno de GAEA, que en nombre de la XLII Semana de Geografía (1980) llegó a manifestar públicamente su inquietud  por el acuerdo con Brasil y Paraguay para la construcción de las represas de Corpus e Itaipú con una cota de coronamiento de 105 msnm. a la que consideraban inconveniente. Exhortaba esa declaración –con cierta dosis de ingenuidad- a una renegociación que tenga en cuenta un nuevo emplazamiento de Corpus con otra cota, afligiéndose por las probables perturbaciones al medio natural y los riesgos estratégicos militares que a futuro entrañaba la decisión.

Las cuestiones limítrofes con Chile, el problema de las cuencas hidrográficas compartidas con otras naciones, y aún el tema de las Islas Malvinas van a volver a ser tratados por GAEA junto a otros centros e intelectuales, en un encuentro cuyo eje va a ser de un talante más explícitamente político con el propósito de despertar la conciencia territorial, o más concretamente de advertir a las autoridades superiores sobre su déficit.

Congresos, recomendaciones  y encuentros para despertar la conciencia territorial

Hacia fines del año 1978 en el trance más crítico del conflicto con Chile, OIKOS editó un libro patrocinado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación bajo el título: “La conciencia territorial y el déficit en la Argentina actual”. En él se reproducían las ponencias de una reunión efectuada ese mismo año que habían animado reconocidos militantes del nacionalismo y miembros destacados de GAEA[36] enrolados o cercanos por su ideario a esa corriente. En el exordio del libro, su compilador, Randle, hacía notarias las inquietudes y el interés que alentaban los invitados:

“El tema de la conciencia territorial despierta en la actualidad un desusado interés en los ambientes cultos de la Argentina. No en vano se advierte por doquier que el país necesita madurar esa conciencia si pretende seguir su camino de grandeza… En primer lugar, el tomar conciencia del espacio que nos rodea, de nuestro entorno, del territorio que, en cierto sentido, nos “pertenece”, es una operación de la inteligencia humana que merece ser examinada. Se puede arrancar con conceptos básicos de teoría del conocimiento, pasar por cuestiones de psicología (como analizar la noción instintiva de “territorio” en los animales) y hallar el trasfondo ético de la idea de patria o tierra de nuestros padres" (Randle, 1978, p. 9).

Randle abogaba por un plan de concientización territorial, detallando los factores culturales que habían atentado contra la constitución de esta conciencia, entre los que contaba algunos de los ya mencionados por las retóricas nacionalistas y otros muy propios de los que llevaban a la ofuscación del espíritu más conservador de la Argentina. Nombraba entre ellos: el desarraigo que prohíja las formas de vida urbana que debilitan el sentido nacional por una visión cosmopolita; y una incorrecta y deficiente enseñanza que atenta contra “el sentido de pertenencia” por el desconocimiento de los recursos naturales y de las obras infraestructurales en el territorio. Resultan un tanto sorprendentes las prevenciones y la distancia que Randle (1978) tomaba en su ponencia con respecto a la geopolítica, afirmando su desprestigio y vinculación activa con el belicismo que se había desencadenado en la primera mitad del siglo XX. Se mostraba muy ilustrado y crítico sobre la trayectoria de este saber que deslindaba de la Geografía Política, para el autor, la Geopolítica era una “doctrina mental propia” al igual que la Radical Geography, ambas creadas para la actuación. Randle procuraba en sus dichos despejar sospechas y suspicacias para situar al simposio discursivamente en un terreno estrictamente científico.

Este encuentro en pos de la concientización estaba basado en ciertas ideas comunes que animaban a los concurrentes, que podrían sintetizarse en las siguientes: una reafirmación de los valores del conservadorismo y de cierta épica guerrera, la exaltación del esencialismo de la nación, la interpretación de la historia del país en función de prácticas operativas para la ocasión y en busca de un supuesto destino de grandeza, la defensa corporativa de la disciplina por parte de los geógrafos, la crítica a los contenidos blandos en la educación de los más jóvenes, y la necesidad de alertar sobre las amenazas que percibían los congregados sobre las fronteras interiores y exteriores. Entre los geógrafos más reconocidos, a parte de Randle principal convocante, se encontraban entre los presentes Federico Daus, Raúl Rey Balmaceda y Ricardo Dozo.

La conciencia territorial para los participantes se constituía en un objeto legítimo de estudio y reflexión válido, a la vez que un valor y conducta posible de ser inculcada en el seno de las sociedades que carecían de este vital sustento para el mantenimiento del territorio nacional. Lejos de entenderla en la ampliación de las facultades de cognición o razonamiento, se precisaba que se trataba de un sentimiento esencial que se acrecentaba en los pueblos por convergencia de elementos geográficos e históricos. En el caso argentino, se lamentaba Daus (1978), ese sentimiento emergió muy tardíamente. Desde un franco determinismo natural, vinculaba en forma inversamente proporcional el nacimiento de esa conciencia con las dimensiones del Estado, reseñando y marcando los hitos históricos en el incremento de ese sentimiento en la Argentina. Entre esos hitos incluía hechos políticos del Estado y obras culturales entre los que destacaba: el dominio del territorio por parte de la nación, la determinación clara de las fronteras interiores, los relatos y cronicones de viajeros, y  las grandes obras geográficas enciclopédicas sobre el espacio argentino.

La maduración de la conciencia territorial tenía para Daus una “fecha cierta” entre los años 1875 y 1879, rescatando en este lapso –entre otros- la labor de los “geógrafos militantes”, exploradores e intelectuales como Estanislao Zeballos y Francisco P. Moreno. Destacaba también los “movimientos patrióticos” llamados a oponerse a “acuerdos lesivos” a la integridad territorial. La demostración de que había surgido tal conciencia, a su entender,  se daba a partir del rechazo del acuerdo Fierro-Sarratea (celebrado con Chile en 1878)  por un núcleo de influyentes que llevaron una sostenida campaña[37] contra el pacto, tramando y creando un clima adverso para conseguir finalmente que el Congreso Nacional no lo refrendara. De esta forma se ponía coto, decía Daus, a “una típica operación de ventajeo, característica de nuestros vecinos”. Anexaba un párrafo a manera de enunciación de principios morales, donde no se resistía a los ánimos belicistas que parecían recorrer la sociedad argentina por entonces,  recurriendo a cierta épica combativa, y parece ser, a un destino manifiesto que el país estaba llamado a cumplir:

“Con tales requisitos se afirma un sentido claro y recto de la soberanía nacional en todo el ámbito pertinente, que se hace carne en el ciudadano  y por esto se siente impelido, llegada la ocasión, a asumir actitudes activas para sostenerla y defenderla en todo terreno, dentro del espacio que fijan los límites políticos y fuera de ellos si cuadra, como en el caso de los ríos internacionales descendentes. Con aquellos atributos que pueden nacer, si las circunstancias lo hacen propicio, la idea de la Gran Nación, como en el caso del dominio antártico" (Daus, 1978, p. 182).

Como expresamos anteriormente, particular atención en este encuentro se daba a los contenidos que debían guiar la enseñanza, haciéndolos responsables de lo poco que habían contribuido a germinar la conciencia territorial y por el contrario habían arrastrado a los jóvenes a prácticas iconoclastas lamentables. Los consejos destinados a maestros y profesores sugerían otros contenidos en la enseñanza de la historia y otros instrumentos cartográficos con el fin de a hacer conocer la verdadera grandeza territorial[38]. Los cuestionamientos llevaban a aristas tan agudas que se alegaba que algunos textos que se utilizaban en la escuela estaban tan plagados de errores y disparates en lo referente al territorio que –al atizado veredicto de uno de los autores- configuraban delitos de lesa patria (Rey Balmaceda, 1978). El mismo geógrafo calificaba como conducta pública ejemplar la actitud inflexible tomada por el gobierno militar en la Cuestión del Beagle, que brindaba un apoyo inestimable a los alumnos en su aprendizaje de la conciencia territorial. A los capítulos de la historia argentina que debían ser aprendidos con el fin de coadyuvar a la maduración de la conciencia territorial que apuntaba Daus, Rey Balmaceda agregaba otros hechos positivos más próximos enmarcándolos en un segmento temporal extendido que se originaba en las resistencias coloniales a las invasiones lusitanas, para llegar a los acontecimientos que convenía que sean realzados, como:

“…el ataque –velado o franco, según las circunstancias- del marxismo apátrida internacional, que debe ser conocido por el alumnado en toda su magnitud. Todos estos hechos, y otros que han quedado en el tintero en mérito a la brevedad, deben ser enseñados en forma tal que sean útiles para combatir el descreimiento que afecta a muchos jóvenes, descreimiento que puede desembocar en un nihilismo desintegrador y subversivo, que se erige en la falaz excusa para la consumación de distintas fechorías" (Rey Balmaceda, 1978, p. 267).

La encrucijada política, era para los geógrafos asistentes al encuentro una inmejorable oportunidad para resaltar lo vital que era la geografía en los programas escolares, argumentando que para su revalorización como materia integrante de la “triple muralla” (junto con la Historia y la Educación Cívica) era el vehículo para conservar y resguardar valores básicos e irrenunciables. En el lenguaje de Rey Balmaceda, las urgencias políticas eran propicias para reiterar viejos y emotivos reclamos corporativos; la geografía estaba llamada a asumir mayores responsabilidades:

“Como es sabido, nuestro país debe enfrentar varias cuestiones de jurisdicción territorial sin resolver, comenzando por la cuestión relacionada con el canal de Beagle y continuando con los problemas de las Islas Malvinas, de la plataforma continental, del mar epicontinental, el sector antártico y finalmente cabe incluir por su trascendencia la cuestión suscitada en el Alto Paraná. Estas cuestiones no son triviales ni baladíes: hacen al decoro y la futuro del país y su abordaje idóneo y con adecuada profundidad y detalle compete a la vieja ciencia estraboniana, que de este modo adquiere una relevancia que no siempre es suficientemente reconocida" (Rey Balmaceda, 1978, p. 269).

Otros autores hacían hincapié en sus exposiciones juzgando que la conciencia territorial alcanzaba su punto más eminente en el examen y apreciación del potencial territorial, más específicamente se referían a los recursos naturales del país. Se reiteraban las creencias del nacionalismo territorial achacando a la conducción política la falta de conciencia de estos problemas. El desencuentro que suponían entre la población argentina y sus recursos lo cifraban en las pérdidas territoriales que el país había experimentado a partir del “desmembramiento del Virreinato” lo que había provocado un desarrollo inarmónico, incluso Dozo (1978) ponía números concretos a esas pérdidas en kilómetros cuadrados. El mismo autor aprovechaba el encuentro para atribuir el déficit de conciencia al descuido de organismos públicos, por lo que planteaba la necesidad de un mayor presupuesto y atención a los entes de “conocimiento territorial” como el Instituto Geográfico Militar (IGM) y el Servicio Meteorológico Nacional (SMN). Advertía además sobre la peligrosidad para los intereses soberanos de los “espacios vacíos”. Esta metáfora efectista instaba a recapacitar tanto sobre la escasa presencia de fuerzas de seguridad en el control de las zonas de fronteras como en su débil desarrollo poblacional. A criterio de Dozo esos espacios exhibían una vulnerabilidad extrema con “índices insoportables” que se registraban sobre todo en las comarcas contiguas a los límites internacionales de la  Mesopotamia Argentina.

La misma preocupación que los ponentes mostraban casi obsesivamente por las fronteras y límites externos de la Argentina, tan presente en Daus y Rey Balmaceda, en el caso de Dozo se dirigía no sólo a las fronteras exteriores, sino más específicamente a las fronteras interiores, vinculando las anomalías de la distribución de la población y los problemas de seguridad, trayendo a colación la figura del “enemigo interno” y machaconamente representaciones biológicas repulsivas. El modelo de poblamiento, aquejado por el macrocefalismo y las áreas escasamente ocupadas confluían a un “país mal poblado” que derivaba en riesgos soberanos. Así afirmaba categóricamente que el malsano crecimiento urbano había causado un sector terciario con desocupación disfrazada con “géneros parasitarios de vida”  (a través de seudoservicios, delincuencia y prostitución), generando lo que el autor llamaba residencias subhumanas. Aludía en este último caso a las villas de emergencia y asentamientos precarios como focos de “agresividad social” y campo propenso para el asentamiento de “elementos captables para la subversión”. La pobreza, lejos de verla como un déficit del tejido social o un fenómeno propio del patrón de producción económica, le intranquilizaba sólo en términos de seguridad interior. En forma admonitoria interpretando dramáticamente la situación política como una instancia de supervivencia nacional, concluía:

“Si lo que hemos dicho con la máxima preocupación por exponer la realidad tal cual es, es el trasunto de hechos que se producen en la Argentina, pareciera ser evidente que si no rectificamos nuestra conducta el país afrontará tremendas dificultades para subsistir… Si lo que se analiza en este simposio, trasciende a la conciencia de los habitantes honrados del país, que sin duda son la mayoría, habremos puesto en marcha un proceso positivo. Dios así nos lo conceda" (Dozo, 1978, p. 302).

Las ideas que evocaban una y otra vez las metáforas biológicas teñidas de darwinismo social y posiciones deterministas, eran la base incluso para recrear la imagen del territorio nacional con tintes anatómicos y fisiológicos. Más aún, se utilizaban para confirmar su carencia de salud o presencia de enfermedad:

“… consecuentemente, tener una nación conciencia de su territorio es tenerla de sí misma. Una nación que no sintiera su territorio como su carne, que no reaccionase a sus fronteras, como todo ser consciente o meramente vivo cuando es tocado en su piel, sería una nación psicopática o tan sólo nominalmente la nación" (Paz, 1978, p. 186).

Este mismo autor tan orgánico para definir el Estado, encontraba en el tema de las Islas Malvinas incentivo para redoblar la apuesta en su relato. La antigua y sentida reivindicación de raigambre tan popular, le daba una inmejorable oportunidad de sacudir de su abulia a los ciudadanos y convocarlos a la acción mediante una oración en la que destellaba toda una epopeya guerrera:

“Las Malvinas son nuestra tierra irredenta. En siglo y medio, sin embargo, no se ha derramado por ellas ni una gota de sangre argentina. … Mas a partir de la última guerra, y en el ocaso del poder imperial, sólo una pareja declinación argentina explica esta inercia nacional,  apenas removida por pausadas negociaciones, a la sombra del pabellón de las Naciones Unidas, sobre unas islas que ha rato están llamando al sacrificio o a la gloria" (Paz, 1978, p. 187).

Muy poco después de este encuentro dedicado a deliberar sobre la conciencia territorial, el clima de tirantez con Chile se fue acentuando. Todo parecía señalar que se había llegado a un punto extremo sobre el cual a ambos lados de la cordillera se creía imposible poder volver sobre los pasos. No obstante, una rápida intervención y mediación de un estado extranjero posibilitó un pacto que aliviaría la tensión y evitaría finalmente la recurrencia a las armas. Sin embargo, el gobierno militar empuñaría este recurso bajo otras circunstancias.

Distensión  del conflicto por el Canal de Beagle vía mediación papal y estallido de la guerra de Las Malvinas

Al empantanarse hacia fines de 1978 las negociaciones en la comisión mixta chileno-argentina dedicada a analizar la aplicación del laudo arbitral, y  ante una marcha que parecía inexorablemente desembocar en un enfrentamiento armado, ambos países pensaron en la búsqueda de un mediador. Esta variante fue muy mal recibida por los sectores más duros de las fuerzas armadas y sus círculos cercanos de intelectuales y periodistas. En enero de 1979 Argentina y Chile firman en Uruguay el Acta de Montevideo donde se acepta y establece el mecanismo de mediación. La oportuna intervención del Estado Vaticano a través de su enviado postergaría los preparativos belicistas y despejaría definitivamente la posibilidad de un enfrentamiento, al menos con Chile.

Para 1981 conocidos los términos de la mediación papal, GAEA volvería a pronunciarse por el rechazo y la inaceptabilidad de su resultado que había trascendido en uno de los medios más intransigentes que jugaba en la interna del gobierno militar: el diario La Prensa (Díaz y otros, s-d). La Sociedad sostenía que no se respetaba el principio bioceánico (Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico) ya que la extensión del Canal de Beagle en su confín oriental  llegaba según la “doctrina geográfica” hasta el meridiano de Punta Navarro. Además, cuestionaba por improcedente jurídicamente la nueva figura de “Mar de la Paz”, espacio que la mediación reservaba como de soberanía compartida entre ambos países. En este punto era donde se mostraba más intransigente y levantaba sospechas sobre el comportamiento futuro del país trasandino:

“Desde el punto de vista de la experiencia real que se tiene acerca de la convivencia limítrofe con Chile, sería altamente riesgoso dejar una espacio marítimo de soberanía compartida con el vecino de tras de los Andes… Pero no creemos que en las circunstancias actuales puedan recogerse, algún día, frutos gratificantes de una experiencia de coparticipación territorial con nuestro vecino de allende los Andes. La aparente solución ofrecida por la Mediación Papal, a lo que se sabe, empeora la situación al introducir nuevos sacrificios territoriales, inadmisibles para los argentinos, como si nuestro país debiera pagar un tributo territorial por el logro de paz"[39].

Nuevamente la Sociedad cerraba su declaración argumentando que sus apreciaciones encontraban fundamento en la ciencia geográfica. Esta afirmación lejos estaba de dar lugar a la sospecha de que las armas de las definiciones básicas servían, en tal caso,  para abonar una postura en un conflicto jurídico internacional. GAEA operaba con toda espontaneidad como perito de parte dando la impresión de no ser consciente de este papel, para finalmente extremar sus cuidados al dejar en claro que el rechazo a la mediación papal de ninguna manera significaba poner en tela de juicio la fe religiosa de sus asociados.

El mecanismo de mediación llevó a distender la relación entre los dos países, pero otro nuevo conflicto externo se avecinaba. Para cuando trascendió la propuesta papal ya habían transcurrido tres presidentes militares en la Argentina y una crisis financiera y económica que se había profundizado a principios de 1981 y se haría persistente. En tal incierto contexto los ánimos guerreros al interior de la Argentina Militar llevarían el 2 de abril de 1982 a la movilización de tropas y ocupación de las Islas Malvinas. Esto fue motivo para que la dictadura militar alicaída ganase respaldo popular en un pleito que siempre se había vivido como una causa nacional. De esta manera el gobierno apelaba a un imaginario común, a un símbolo movilizador que aunaba no sólo a una pluralidad de agentes sociales, sino también a heterogéneos segmentos ideológicos a menudo confrontados (Guber, 2001).

GAEA en esta oportunidad efectuó una declaración pública y envió notas al presidente y ministro de educación respaldando la decisión, en un marco de euforia multitudinaria que la mayoría de las instituciones sociales incentivaban alborozadas[40]. En un boletín posterior a la derrota de las fuerzas argentinas se recogían una serie de artículos alusivos a las Islas Malvinas, revista que había comenzado a elaborarse antes de la finalización de la guerra como contribución al reclamo soberano. Tomando la voz de la corporación, Roccatagliata (1982)[41] editorializaba que la Sociedad había apoyado “la gesta” en base a argumentos geográficos e históricos que largamente se habían meditado. A pesar de la derrota, el geógrafo hacía un balance un tanto esperanzador reafirmando en nombre de GAEA la declaración reivindicatoria de la toma de las islas.

Ante tanta congoja, aflicción y desconcierto que vivía la sociedad en los días posteriores a la rendición, Roccatagliata expresaba que “más allá de pensar y criticar, debemos sí afirmarnos sobre lo positivo”. Lo positivo era el hecho que el país había “redescubierto” sus aliados en América Latina y retomaba la creencia de que las fuerzas militares propias habían logrado “desmantelar parte substancial de la flota marina y aérea invasora”, creencia que los medios de prensa habían generosamente difundido durante la conflagración. Asimismo, el geógrafo echaba mano de algunos términos políticos recobrados en el lenguaje oficial como el de “colonialismo” –que Daus desarrollaría en su contribución en el mismo boletín-  y subyugado por la inercia de las emociones que la guerra, las pérdidas y la capitulación habían contribuido a crear, alegaría:

“La Argentina ha sufrido un revés en un combate, nada más que eso. Pero ello le ocurrió por ser un PAIS DIGNO, que quiso ejercitar SUS DERECHOS SOBERANOS, defendiendo los verdaderos PRINCIPIOS DEL MUNDO OCCIDENTAL, la dignidad y la libertad de los pueblos, oponiéndose valientemente a los designios de los poderosos" (Roccatagliata, 1982, p. 2)[42].

La publicación se completaba con un suplemento con trabajos que volvían sobre aspectos tratados en términos más generales en el encuentro organizado por OIKOS, siendo en esta oportunidad la intención de los geógrafos llevar al conocimiento general: las características regionales de las islas, una fuerte proclama anticolonialista, la explicación de la posición geoestratégica de Las Malvinas y sus recursos naturales y  la necesidad de una integración económica del archipiélago desde presupuestos neoliberales. Todos estos tópicos se van a desarrollar bajo una mirada muy prejuiciosa sobre los malvinenses, y un discurso insistente sobre la necesidad de replantear la gráfica y las dimensiones de la representación del territorio argentino bajo soberanía.

En cuanto a las características regionales, se reeditaba  sobre el archipiélago una antigua monografía regional de Daus (1978) con un estilo de reseña geográfica clásica que se había publicado originalmente en 1955. En esta edición se le agregaba un apéndice privativo, donde se enfatizaba el giro en el discurso hacia un examen sobre el colonialismo en el cual el autor efectuaba una básica y genérica clasificación bipolar entre colonias de poblamiento y colonias de explotación. En las primeras, las potencias trasladan  a “sus hijos”, su cultura, los “brotes de la civilización” y la fe evangelizadora, dando paso con el tiempo al simiente de las futuras naciones. Por el contrario, en las colonias de explotación se expolian los recursos naturales y se pone a la población en condición servil o esclavista, despertando en los nativos sentimientos de odio, rencor y discordia. El autor ejemplificaba con casos históricos de enclaves africanos bajo control imperial, y colocaba a las Malvinas y a sus “incautos pobladores” en este improbable tipo, a juzgar por “los deseos” de sus pobladores y el tipo de economía que se desarrollaba en las islas. En este sentido se denunciaba con una reencontrada terminología propia de la soflama anticolonialista de los 60[43] a The Falklands Company, cuyas acciones estaban en manos de políticos conservadores, como la herencia moral de la colonización de una  economía retrógrada basada en latifundios, reprobando el “oprobioso episodio del declinante imperio británico”. Su prédica remataba vinculando a un mismo sentimiento patriótico la línea histórica ideológica que recorría el conflicto de las Malvinas con las guerras de independencia hispanoamericanas:

“Esta política conservadora ha impuesto una guerra brutal y absurda, y no pretende otra cosa que conservar para sus intereses el status financiero y económico retrógrado. La lucha entablada es la de los pueblos libres latinoamericanos contra el sistema colonial, frente al que empeñaron sus armas San Martín y Bolívar, la guerra de emancipación americana hace 180 años" (Daus, 1982, p. 23).

Otras dos contribuciones (Dozo, 1982; Cuevas Acevedo, 1982) abordaban a las islas a través de una descripción clásica de la geografía económica regional y desarrollaban un relevamiento de las potencialidades y debilidades económicas de  sus recursos naturales. Cuevas Acevedo reeditataba –en un trabajo que se había comenzado a redactar antes de la finalización de la guerra- parte de un libro que había tenido reciente publicación por GAEA: Patagonia. Panorama dinámico de la Geografía Regional bastante más neutro en las cuestiones jurisdiccionales y políticas de las islas. En el posterior escrito reveía algunos conceptos que se adaptaban a la nueva situación de hecho que la toma había originado. El perfil del trabajo de este geógrafo, asignaba a la  geografía regional prospectiva una función terapéutica ante las patologías que mostraban las islas en su economía, expresando una intranquilidad inusual en los geógrafos pero no en los economistas cercanos al poder[44], grupo de profesionales que había inspirado al primer ciclo de gobierno militar y la instauración del modelo aperturista. Específicamente, advertía que no se debía caer en situaciones del pasado que arrastraban “viejas fórmula perimidas” de “gigantescos aparatos estatizantes” que engendraban un  “déficit crónico en nuestro erario”. Luego de propuestas genéricas con respecto a los puntos de actuación sobre la estructura económica, no podía dejar de manifestar un imperativo ético conclusivo al momento:

“Mientras nuestro soldados luchan, no es justo que nosotros, los soldados sin uniforme, estemos ociosos. Llegó la hora de la actividad creativa y fecunda. Un país renovado no necesariamente requiere nuevos hombres, sino objetivos precisos y una determinación madura y responsable" (Cuevas Acevedo, 1982, p. 43).

Dozo, por su parte, linealmente recorría una descripción que partía de la geografía física, continuaba en la descripción de la población y culminaba en los rubros de la economía. Analizaba desde una geografía política clásica la posición del archipiélago en relación a los puntos cardinales, las características geomorfológicas y el emplazamiento en relación al territorio argentino y las vías de tránsito marino. Creemos que en este artículo de Dozo hay en especial dos aspectos a destacar. En primer lugar, luego de una narración estática afirmaba que el espacio isleño jugaba un rol fundamental como base de operaciones para explotar los potenciales recursos de la plataforma submarina, al estar localizado en la intersección de vinculaciones interoceánicas (pasajes y estrechos) y próximo a la Antártida. A su parecer este último valor es el que había llevado a Gran Bretaña a procurar su ocupación en el siglo XVII. Para el geógrafo, los cambios políticos, técnicos y económicos que se habían desencadenado por el paso de los siglos en nada habían transformado estas condiciones estratégicas.

En segundo lugar, Dozo llevaba adelante una crítica cultural bajo el tema “Aspectos de la vida y perspectivas para la población bajo la administración colonialista británica”. Cargaba las tintas en el desprecio del sistema colonial sobre los pobladores y hacía responsable al imperio del aislamiento que sufrían los isleños, algunos aspectos que -de existir- los pobladores parecían no percatarse. Enfatizaba sobre “cuestiones coloniales”  sobre la moneda-vale que se canjeaba en los almacenes de la empresa monopólica, y con tintes etnocéntricos opinaba sobre su vida monótona, su escapismo hacia el alcohol y enigmáticamente hacía mención a las “frecuentes situaciones negativas” de las personas y las familias. No perdía oportunidad para hacer una fuerte insinuación a la “hipocresía colonialista” en un tema que desvelaba al gobierno militar achacando a Inglaterra ser parte de la campaña armada por una conspiración internacional contra la Argentina[45]:

“Existía una cortina imperial, mal disimulada y no tan sutil, tan reprochable como otras cortinas publicitarias por la “democracia británica”, que enrostraban a otras realidades los atropellos contra los derechos humanos, al no permitir la libre y fluida vinculación e intercambio entre comunidades humanas. Era una palpable vivencia de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio" (Dozo, 1982, p. 36).

En conclusión, este conjunto de estudios de las islas parecían reencontrarse con toda una terminología crítica anticolonialista que no había sido común en la reflexión de estos autores. Es más resultaba remodelada y acondicionada ad hoc para reseñar las peculiaridades de un enclave subdesarrollado por el imperio. Al respecto, unos años antes en el encuentro organizado por OIKOS -que tuvimos oportunidad de examinar en el punto II.4- el tratamiento de la cuestión de Las Malvinas había escapado a este tipo de encuadre político.

Finalmente la preocupación por la educación cartográfica de los argentinos volvía hacerse presente abogando por una representación ajustada a los intereses, reclamos y anhelos de país (Rey Balmaceda, 1982; Siragusa, 1982). El viejo empeño de los geógrafos nacionalistas por dar con una “cartografía adecuada a los intereses soberanos” había llevado a la publicación de un mapa que comprendía “todos los espacios argentinos”. Este gráfico se reproducía a página completa utilizando la misma escala en la totalidad de la plancha y con continuidad de los territorios; con la indicación del proyectista que “aunque aún no están reconocidos algunos a nivel internacional, no es suficiente razón para no considerarlos en la representación cartográfica”, integrando en la “extensión bajo control nacional” unos 15.884.174 km2 (Siragusa, 1982). Reiterándose las convicciones del nacionalismo territorial que ya habían sido motivo de inquietud en el encuentro organizado por OIKOS, se lamentaba  la desinformación en la que se encontraban los educandos ante la verdadera extensión y ubicación de los espacios argentinos, agregando de manera grandilocuente que éstos comprendían dos continentes y parte del océano, correspondiéndole al país porciones de  Sudamérica, la Antártida y el Atlántico Sur (Rey Balmaceda, 1982).

De esta forma los sueños de grandeza llevaban a cometer un traspié muy usual en los geógrafos de reclamaciones nacionalistas, que incluso el IGM apañaba legalmente[46]: consistía en poner bajo el mismo diseño y estatus áreas reconocidas, no reconocidas y otras de improbable reconocimiento internacional; todas englobadas bajo el ambiguo concepto de "control"[47]. El geógrafo cerraba sus comentarios con una proclama soberana dirigida a otras naciones, ya que aludiendo a las superficies totalizadas expresaba que “la República Argentina asume frente a la comunidad internacional la responsabilidad de su manejo y control”, en virtud de que: 

“La madurez que ha alcanzado nuestro país indica que ya no tienen los argentinos ninguna excusa para no asumir estas responsabilidades, los argentinos miran al mar y ya no le temen; forma parte de nuestro espacio nacional y así lo entienden todos sus habitantes, de allí la necesidad de divulgarlo y expresarlo cartográficamente y con claras denominaciones para que desde niños conozcan los habitantes de este gran país cuál es el espacio que les concierne" (Siragusa, 1982, p. 46).           

Consideraciones finales e interrogantes abiertos

GAEA, por las características que asumió desde su fundación, se mostró similar en sus prácticas y modalidades a las entidades científicas que se habían originado durante el siglo XIX, es decir, como una organización reservada a un minúsculo círculo de sabios poseedores de un conocimiento que les era propio. Sin embargo, ese formato inicial de academia tradicional evolucionó hacia otros fines más ligados a la labor pedagógica de una institución que se había propuesto la difusión de la ciencia geográfica. Tempranamente participó en los programas educativos asesorando a las reparticiones públicas ligadas a la educación, y lo que es más importante, la Sociedad a pocos años de fundada realizó convocatorias específicamente orientadas a los profesores y maestros sumándolos como asociados. Si bien mantuvo los ritos de una institución tradicional, paulatinamente asumió aspectos de una corporación moderna, sintiéndose señalada a representar los intereses de sus asociados que habían superado masivamente a sus doce miembros precursores. A través de convocatorias anuales a la Semana de Geografía y la creación de filiales regionales en distintas ciudades del país, fue constituyendo un relativo monopolio cultural y científico, hegemonía que se extendió durante muchos años en el campo de la geografía argentina.

En diálogo con distintos autores hemos examinado a la Sociedad en su desarrollo histórico, notando que desde sus primeros años sus prácticas y expresiones estuvieron entretejidos con fines, valores y puntos de vista enmarcados en el proyecto de nación que por entonces se consolidaba, siendo las ideas de un nacionalismo tendientes a la cohesión social el vehículo privilegiado a la hora de armar su agenda con los temas para la ciencia y los contenidos de la educación. Sin embargo, en el período que hemos estudiado este nacionalismo contraería otras aristas y variantes de un tono más agresivo. El viejo connubio entre nacionalismo y geografía se reaviva, conforme ganan la opinión pública cuestiones de política exterior que impone la dictadura militar a través de sus hipótesis de conflicto. Viejas doctrinas que desde hacía tiempo se habían hecho parte de los textos principales de geografía surcan el campo disciplinario, y en sincretismo con otros dogmas más recientes encuentran la ocasión propicia para extremarse. Las chispas que avivan el resurgir ideológico provienen de las demandas del momento portadoras de vectores incitados desde el campo político -ya por esa época devenido en aparato totalitario de concentración y despliegue de poder- y de los medios de prensa que se encontraban  también en relación de subordinación y escasa autonomía.           

El programa de los geógrafos que gestionaron a la Sociedad desde su ortodoxia resultaba coherente y con posibilidades de encontrar buen eco: primero, porque se ancló firmemente en la tradición que atesoraba un regionalismo esencialista, un nacionalismo territorial de viejo cuño y un determinismo reencontrado que le servía de lazos legitimadores; y segundo, porque escribió una agenda y emitió una voz que le garantizaba un público de legos en las mejores condiciones para escuchar y aceptar sus puntos de vista. La Sociedad sin cortapisas tomó partido explícito en los conflictos territoriales, a su tiempo sobre el Canal de Beagle, los problemas de aprovechamiento en la Cuenca del Plata y la guerra en las Islas Malvinas, aferrándose persistentemente –aún una vez caída la dictadura- a las posturas más duras e intransigentes. Ciertamente GAEA laboró a favor del sentido común de la época en un terreno de creencias previamente abonado por sentimientos nacionalistas y por una intensa propaganda oficial.

La opción de GAEA por un nacionalismo sincrético tuvo que ver principalmente con su dirigencia que asumió durante el período un papel activo. Muchos de ellos estaban localizados en el campo político claramente en sitios de gobierno, ya sea en reparticiones civiles o bien en organizaciones militares de educación y formación, y como observamos, sus personalidades desde antaño se habían desempeñado como profesionales en la asesoría de cuestiones de límites en el servicio exterior. Durante los prolegómenos y los eventos más álgidos de los conflictos internacionales o incluso al desatarse la guerra de las Malvinas ordenaron sus tópicos, cuestiones y congresos para dar respuestas a estos problemas, contribuyendo a definirlos y orientarlos en sus aristas más filosas. Se comportaron como el grupo hegemónico en un campo dependiente de las políticas de Estado respondiendo en defensa de las tesis argentinas, pero no ya en la mesa de negociaciones, sino en la difusión y adoctrinamiento de la comunidad. La elite forjó un microcosmos de encierro blindado según se desprende de la lectura de los documentos, cuyo análisis nos brinda una imagen de la existencia de una competencia para exigirse a ver quien defendía mejor los intereses corporativos, a la vez que llevaba sus deberes patrióticos más prolijamente y el ideario nacionalista hacia la cumbre de  la apoteosis.

Los geógrafos de GAEA exhibieron argumentos y procedieron como peritos de parte, si esta actuación se hubiese instalado en un escenario constituido exclusivamente por una mesa de negociaciones en donde cada país aportaba sus pruebas en apoyo de sus tesis, era jugar dentro de las reglas de la lógica del litigio jurídico. Empero, la postura -supuestamente basada en demostraciones históricas y geográficas irrebatibles- expuesta a la opinión pública sin exhibir los argumentos de la contraparte, significó la unificación de una perspectiva intransigente en pos de la conflagración en un contexto social generalizado de extorsión patriótica. Al dirigirse a su auditorio con su voz de especialistas, al colocarse en una tarima como peritos profesionales dentro de un ambiente político unánime, pusieron a sus escuchas a una distancia difícil de reducir, a la manera de un paciente que oye en el consultorio su diagnóstico de boca de un médico prestigioso.

Aún más, en las condiciones detalladas el discurso operó como una extraordinaria racionalización de los motivos para el enfrentamiento, y en una preparación espiritual para afrontar la posible confrontación con Chile o la guerra que finalmente se desató con Gran Bretaña. En suma: confundir la posición de parte sostenida por la Argentina en una  controversia con la falacia de que había inapelables argumentos aportados por la ciencia geográfica que le daba la razón sin dobleces al país; inventar al otro allende los límites como personaje siempre en acechanza y moralmente detestable; restarle importancia a los medios empleados para defender a ultranza intereses propios o directamente ennoblecer esos medios; y en definitiva, legitimar el recurso al uso de la fuerza resultó a la postre dramático y catastrófico.

Los geógrafos de GAEA creyeron a pie juntillas en la defensa de la soberanía y en las convicciones del nacionalismo, actuando como productores e intermediarios de ideas y pasiones entusiasmaron a su público y respondieron a sus expectativas calmando sus incertidumbres, al menos en forma pasajera. Se percataron que estaban siendo interpelados y en consecuencia contestaron en los mismos acordes y similares notas que antes habían emitido quienes los querían escuchar y requerían, para lo que hicieron uso de su posición en GAEA contando con la aclamación de los educadores que frecuentaban los encuentros multitudinarios. Ante tanto acuerdo, consenso y unanimidad no parecía existir error, equivocación o ensoñación alguna. Por una vez más la geografía se convertía en un arma para la guerra.

 

Notas

* Agradezco a los colegas de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) que se prestaron a las consultas y entrevistas, a todos aquéllos que desinteresadamente aportaron  fuentes significativas y a Silvina Pereyra por la lectura y comentario del presente artículo.

[1] Utilizamos el concepto de campo siguiendo la teoría de Bourdieu (1997, 2002) teniendo en cuenta que más allá de su capacidad interpretativa, fue producida en otro contexto social e histórico diferente al que nosotros tomamos como referencia. La relación entre campos y la comprensión de la manera cómo el campo de la geografía respondió a las demandas de otros campos fue sugerida de la lectura de Bourdieu (2000), en especial de: “Los usos sociales de la ciencia. Por una sociología clínica del campo científico” conferencia y posterior discusión de los concurrentes con el autor en el Institut Nacional del Recherche Agronomique (INRA).

[2] En el campo de la geografía argentina esta corriente obtuvo sus primeros resultados hacia finales de la década del 80 mediante el desarrollo del programa de Historia Social de la Geografía (Instituto de Geografía – Facultad de Filosofía y Letras - UBA). Este programa entre otras vertientes contaba con una fuerte influencia bibliográfica de las escuelas críticas angloamericanas y los aportes que provenían de la revista española Geocrítica (fundada en 1976) bajo la dirección de Horacio Capel. Tanto en el programa como en sus fuentes bibliográficas fueron medulares las pesquisas sobre las vinculaciones entre nacionalismo y geografía. Refiriéndose a la geografía angloamericana, Glick (1994b) afirma que hasta mediados de los 80 no existía capacidad de autoanálisis, sólo se abrió camino una historiografía realista con una lógica mordaz con respecto a las líneas tradicionales cuando se plantó una mirada desmitificadora. Vesuri (1993a) examinando la trayectoria intelectual de Capel expresa que su proyecto asumió como agenda general de la revista la vinculación entre factores sociales y desarrollo científico, creando una identidad cognitiva y profesional diferenciada y con una posición poskuhniana crítica de la tradición que lo llevó a instalarse en la naciente corriente de los estudios sociales de la ciencia. Geocrítica surgida luego de la muerte de Franco y durante la transición democrática, fue muy resistida por buena parte del cuerpo docente, no así entre los estudiantes quienes le dieron una recepción entusiasta (García Ramón, 2005).

[3] Los escritos, libros, ponencias, ensayos y artículos de opinión de los geógrafos pertenecientes a GAEA  que son objeto específico de análisis se han listado en el apartado correspondiente a las fuentes junto con otros documentos consultados, registrándolos según la institución que los publicó. Las referencias a las manifestaciones y declaraciones públicas de GAEA como agente colectivo se consignan en las notas finales.

[4] Existe una serie de investigaciones sobre el origen de la  institución, sus dirigentes, la difusión de paradigmas en la disciplina y en la educación. Entre éstas se puede consultar: Zusman (1997, 2001) sobre el origen de la institución; Quintero Palacios (1995, 1999, 2002) sobre la decodificación del discurso nacionalista y regional que fue característico en la escuela geográfica local  y  Souto (1996) sobre el rol de sus dirigentes en la institucionalización universitaria de la Geografía.

[5] El geógrafo Gaignard (1968) -por entonces residente en la Universidad Nacional de Cuyo- en un artículo examinaba el estado de la Geografía Aplicada en la Argentina en la década del 60, señalando en qué tareas profesionales se empleaban los geógrafos.

[6] Usamos en forma indiferenciada las acepciones de Geografía Política y Geopolítica. Mientras la primera ha sido definida como una ciencia que explica o describe las relaciones entre los factores geográficos y la política, a la segunda se la entiende como un saber aplicado al servicio de las políticas estatales. No es que negamos la posibilidad de existencia de una Geografía Política como rama disciplinaria, empero, lo cierto es que bajo ambos rótulos en nuestro examen histórico aparecen numerosos trabajos donde la tónica parece estar más centrada en un  deber ser y en recomendaciones apoyadas en principios políticos de actuación. Para un análisis sobre el impacto de este saber tan adaptable a los principios del nacionalismo y al pensamiento de los círculos militares en América Latina y Argentina, puede verse a Reboratti (1983) y Child (1990) que entienden a la Geopolítica como producción ideológica que reacciona ante las presuntas amenazas a la integridad territorial. Sobre las posibilidades de un Geopolítica Crítica  y una Geografía Política que supere las descripciones estáticas puede leerse la reciente recensión de  Castro (2006).

[7] Ardissone (1891-1961) geógrafo nacido en Italia, ejerció como docente e investigador en la UBA y la Universidad Nacional de la Plata (UNLP), fue miembro de la Sociedad  Científica Argentina, la Sociedad Argentina de Antropología y de GAEA. Fue impulsor de los estudios de Geografía Humana con marcada influencia del posibilismo francés y las enseñanzas del geógrafo italiano Roberto Almagià  (GAEA, 1973).

[8] Ricardo Paz se desempeñaba en 1978 como Subsecretario de Estado del gobierno militar argentino.

[9] GAEA. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos. Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos. Tomo XVII. Homenaje al Dr.Federico Daus. Buenos Aires, 1979.

[10] Pickenhayn, Jorge.  Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA). Homenaje al Doctor Raúl Rey Balmaceda. Buenos Aires, 2001. 1997-2001. 

[11] Entre ellas fue asesor geográfico de la colección  Mi país la Argentina (Buenos Aires: Clarín, 1995) y partícipe en Raíces Argentinas. Tiempo y Espacio (Buenos Aires: Editorial Córdoba Argentina, 1982).

[12] Curto, Susana Isabel. Homenaje al Doctor Raúl Rey Balmaceda. Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA), Buenos Aires, 2001. Vol. 1997-2001. P. 14-16.

[13] Echeverría, María Julia y Capuz, Silvia María. Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA). Homenaje al Doctor Raúl Rey Balmaceda. Tomos 21-22 (1997-2001). Buenos Aires, 2001. P. 35-37.

[14] Discurso pronunciado por el Senador por la Provincia de San Juan Alfredo Avelín. Homenaje a Raúl Rey Balmaceda. Sesión del 4-5-1998. Libro de Actas de Sesiones. Honorable Cámara de Senadores de la República Argentina.

[15]  Entre los textos sobre la universidad se pueden citar: Hacia una nueva universidad (Buenos Aires: Eudeba, 1968);  La universidad en ruinas (Buenos Aires: Almena, 1974) y Educación para tiempos de crisis (Buenos Aires: Cruz y Fierro, 1984).

[16] Cabildo era uno de las pocas revistas políticas que circularon durante la dictadura y que además alcanzaron un muy buen nivel de ventas durante esa etapa. Se trataba de un medio de prensa muy influyente entre los militares y que conservaba una fuerte orientación nacionalista católica y de línea editorial antisemita. Entre sus habituales colaboradores se encontraban funcionarios del gobierno y el líder de la hispánica Fuerza Nueva Blas Piñar. Para mayor información se puede leer las investigaciones de Beraza (2004) y Saborido (2004, 2005).

[17] Fuentes: Fundación Konex. Diploma al mérito científico y académico 1987 Profesor Patricio Randle.  [http://www.fundacionkonex.com.ar/premios/ curriculum.asp?ID=553 (22 de Mayo de 2005).

[18] Para fines del gobierno castrense en 1983 el Consejo contaba con 112 institutos y 7 centros regionales que se habían fundado en función de una política de descentralización territorial de la investigación. La idea de contar con un organismo exclusivamente de distribución de fondos había estado en la idea de algunos científicos que alentaron la fundación del CONICET en 1957.

[19] En 1984 los responsables institucionales fueron sumariados e incriminados judicialmente en el Fuero Contencioso Administrativo, posteriormente los incriminados resultaron en 1990 sobreseídos por la Cámara Federal en lo Contencioso Administrativo (Saguier,  2003; CONICET, 1989).

[20] Entrevista a Albornoz Mario. “Acá se investiga de todo y eso es un error”. En Nuñez, Sergio y Orione, Julio (1995. P. 167-181).

[21] La intervención militar de las universidades nacionales en 1966 con el objeto declamado de expulsar la política de los claustros, trajo muy por el contrario una mayor radicalización de las praxis militantes y las formas de demanda. Ya durante el gobierno constitucional, Randle apoyó desde la revista Cabildo la puesta en orden mediante la designación de Alberto Ottalagano al frente de la UBA (medida que dispuso el gobierno peronista en un viraje ideológico brusco). Con la intervención de las universidades nacionales por parte del peronismo de izquierda, Randle había sido excluido del claustro docente, pasando a desempeñarse en universidades confesionales. El nuevo rector Ottalagano fue acompañado en su gabinete por conocidos nacionalistas, sus nombramientos fueron bien recibidos por los peronistas ortodoxos, liberales y conservadores; mientras que varios partidos políticos -y en especial- en el seno de la Unión Cívica Radical su nominación produjo alarma y un rechazo generalizado por sus inclinaciones fascistas.

[22] GAEA recibió entre 1977 y 1981 apoyo y subsidios oficiales para efectuar los encuentros académicos, desarrollar su plan de publicaciones y difusión de libros del CONICET, la Secretaría de Ciencia y Técnica y el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación, según consta en las memorias de la Junta Directiva de cada uno de los ejercicios anuales. 

[23] GAEA. El nuevo presidente. Algunos Antecedentes Académicos del Profesor Servando R.M. Dozo. N°100. Buenos Aires, 1981. Nº 100. P. 26-27.

[24] DOZO, Servando Ramón  y GARCÍA FIRBEDA, Ricardo. Tratado de Geografía Económica. Buenos Aires: Ediciones Macchi, 1972.

[25] GAEA. Discurso del Presidente Servando Ramón  Dozo. Disertación inaugural de la XLII Semana de la Geografía. 13 al 19 de Octubre de 1980. Buenos Aires, 1981. N°100. P. 34-36.

[26] Zamorano (1992) estudia cómo evolucionaron los dominios relativos de la Geografía en los artículos publicados en el boletín del Instituto Geográfico Argentino en el período 1881-1910, observando que la Geografía Política descolló mientras se mantuvieron los problemas de delimitación, pero con los sucesivos pactos que se fueron firmando con países limítrofes otras temas se impusieron y estas cuestiones  pasaron a un plano muy menor.

[27] El pensamiento nacionalista de Bruno Genta fue uno de los más influyentes en  las fuerzas armadas argentinas en los 60 y 70. Docente de institutos militares, recomendaba abstenerse del profesionalismo prescindente que postulaba para los militares la no intromisión en la política nacional. En contraste, Genta sostenía que se debían preparar para la guerra contrarrevolucionaria que estaba en ciernes, entre sus principios adscribía a una defensa a ultranza de la familia cristiana, la propiedad privada, la educación religiosa y se mostraba en sus obras antiliberal, antimarxista y contrario a lo que había significado la reforma protestante y el “credo” positivista en la ciencia (Clementi, 1988).

[28] En un clima dado donde la propaganda de guerra se enseñoreaba en los medios de difusión, algunas instituciones científicas cumplieron un papel manifiesto, como fue el caso de la Academia Nacional de Historia y la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos, ambas con distintas estrategias de difusión. La Academia Nacional de Historia, si bien tuvo la precaución de no emitir dictámenes oficiales, sus miembros numerarios y la mesa ejecutiva de la institución se convirtieron en el corpus oficioso de la opinión de la Academia. A juicio de Lacoste (2004) se dispusieron no a laborar sobre la verdad histórica sino a brindar según lo que creían era su deber patriótico. Entre los miembros importantes no hubo mayores debates, se abonaron directamente las tesis antichilenas de Estanislao Zeballos sin crítica alguna, al punto tal que dominaron sus enfoques; su jerarquía de doctos ejerció un fuerte poder legitimador y contribuyeron a crear opinión e inclinar la balanza en la sociedad en contra del laudo arbitral.

[29] La integraban Servando Ramón Dozo, Mario Grondona, Carlos Levene, Rogelio López, Paulina Quarleri, Alfredo Siragusa y Luis T. de Villalobos. Para ese entonces, Daus participaba del “Movimiento Pro-impugnación del Laudo Arbitral del Beagle”, integrado entre otros por Isaac Francisco Rojas, Julio Irazusta, Ernesto Sanmartino, Domingo Sabaté Lichstchein, Alfredo Rizzo Romano, Adolfo María Holmberg  y Ernesto J. Fitte. Asimismo, en el número de febrero de la revista Cabildo, Daus escribió junto a otros nacionalistas (Federico Ibarguren y  Alberto Asseff)  avalando la posición adoptada por los militares  (Saborido, 2005).

[30] Declaración de los geógrafos argentinos sobre el laudo de la Corona Británica en el litigio del Beagle con la República de Chile (Aprobada en la Sesión Plenaria de Clausura de la XXXIX Semana de Geografía, Buenos Aires, 29 de Octubre de 1977). GAEA. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos. Buenos Aires, 1976-77. Nº 96. Portada.

[31] El reglamento preveía sesiones especiales de apertura, mesas redondas, sesiones plenarias y de clausura. La sesión plenaria estaba destinada para la discusión de temas y ponencias resultado de las actividades de la Semana, siendo reservadas para los socios activos con voz y voto. Reglamento de las Semanas de Geografía. XL Semana de Geografía. Salta, 22-28 de Octubre de 1978.

[32] Entre los periódicos más duros se encontraban La Prensa y Convicción, éste último bajo el control del comandante en jefe de la marina Almirante Emilio Eduardo Massera y  la mencionada revista Cabildo. Por el contrario, el  mensuario católico Criterio dirigido por Mario Amadeo abogaba por la paz y la aceptación de la mediación papal como salida al enfrentamiento, conciliación que finalmente se impuso para desconcierto de los belicistas (Novaro y Palermo, 2003).

[33] GAEA. Declaración de la Junta Directiva de nuestra sociedad aprobada en sesión ordinaria del día 27 de Diciembre de 1978. Buenos Aires, 1978. N°97. P. 29-30.

[34] Encuadre geográfico de la cuestión de la soberanía argentina en la zona austral. GAEA. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos.  Buenos Aires, 1978. N° 97. Portada.

[35] La Sociedad recibía la influencia del pensamiento de un grupo importante en cancillería que congregaba a nacionalistas de derecha que pugnaban por las posturas más rígidas y exigencias máximas en la negociación con Brasil. Estos ideólogos estaban próximos a la escuela geopolítica liderada por el General Juan Guglialmelli (director del Instituto Argentino de Estudios Estratégicos y Relaciones Internacionales) y a los militares y civiles que publicaban en la revista Estrategia. Estos tratadistas mantenían una visión confinada a la subregión con abstracción y desconocimiento del sistema internacional, asumiendo actitudes reactivas y defensivas ante Brasil, nación a la que pusieron en el centro de sus elucubraciones (Vazquez Ocampo, 1989).  

[36] En las conclusiones plenarias de la Semana de Geografía de 1978 en la provincia de Salta, GAEA ya había hecho recomendaciones con respecto a los contenidos de la educación que se debían priorizar, todos ellos tendientes a la formación de la conciencia nacional. Incluso se exponía la preocupación por la creación de un área social que quite a la Geografía como asignatura independiente en los programas. Como defensa corporativa se argumentaba que su autonomía como materia resultaba más eficiente a la formación de la conciencia territorial y a la difusión de conocimientos del patrimonio territorial. Asimismo, se expresaba que se debía enseñar en todos los cursos escolares la composición del patrimonio territorial incluyendo  los territorios reivindicados (espacios marítimos, Islas Malvinas y Antártica),  como los principios fundamentales que deberían guiar los acuerdos a llegar con países con los que se poseían cuencas hidrográficas en común (GAEA. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos. Conclusiones de la XL Semana de Geografía.  N°98. Buenos Aires, 1979. Pág. 21). En una convocatoria efectuada dos años después de la Semana mencionada que organizaron OIKOS; FECIC, SENOC y el INSTITUTO ZINNY bajo la coordinación de Randle, Rey Balmaceda y  Bodhziewicz  se presentaron varias exposiciones donde se reafirmaba el valor educativo de la Geografía y  la Historia en la difusión de ritos y contenidos del nacionalismo; como también diagnósticos y propuestas de cambios curriculares para cumplir con dichos objetivos. Las ponencias se pueden consultar en Randle (1981).

[37] Entre ellos se encontraban Félix Frías, Santiago de Estrada, Rafael Hernández y Franciso P. Moreno.

[38] La revisión del pasado con otro cariz debía complementarse con una cartografía pertinente. Rey Balmaceda proponía sustituir los mapamundis más usuales en las escuelas basados en la proyección Mercator. El territorio argentino al localizarse en la imagen en el Sur quedaba representada en el sector inferior del mapa: “allá abajo”. Esta colocación “allá abajo” era el germen de una recepción que llevaba a sentimientos de inferioridad, por lo que el geógrafo advertía sobre la necesidad de emplear planisferios de proyección Cenital, de manera de situar en el foco central del mapa a la Argentina. En ese terreno también se preocupaba  por la representación menor del recuadro del Sector Antártico Argentino, proponiendo nuevas proyecciones y una “determinación precisa” y de “sentido amplio” del territorio argentino incluyendo lo que “legítimamente nos pertenece” pero que no es reconocido. Como vamos a ver esta intención cartográfica vuelva a plantearse con motivo de las publicaciones de la Sociedad durante la conflagración por las Islas Malvinas.

[39] GAEA. Posición de la Sociedad de Estudios Geográficos GAEA con relación a los términos conocidos de la propuesta de la Mediación Papal, sobre el Litigio limítrofe con Chile. Buenos Aires, 1981. N°100. P. 39-40.

[40]  El sentimiento de apoyo a esta vieja reivindicación llegó en algunos casos –más allá de los reparos y denuncias hacia los abusos del gobierno de las fuerzas armadas- a dirigentes de los partidos políticos por entonces proscriptos. El desembarco militar y ocupación de Las Malvinas contó con copiosas manifestaciones favorables de la sociedad como las corporaciones empresariales, sindicales y entidades sociales de distinto origen. Incluso el entusiasmo por  la “recuperación” llegó a expresarse de parte de organizaciones de ciudadanos que habían sido objeto de persecución por la dictadura y se encontraban exiliados en el extranjero (Rozitchner, 1985).

[41] El geógrafo era uno de los miembros más jóvenes de GAEA, habiéndose desempeñado como vocal y secretario de la Junta Directiva, activo editor de libros y director del boletín societario. Su línea de investigación -bastante más pragmática en relación con la de los viejos dirigentes- se especializaba en las áreas de Geografía Económica, Geografía de los Transportes y Ordenamiento Territorial. Para entonces ejercía como profesional en la Secretaría de Planeamiento dependiente de Presidencia de la Nación.

[42] El uso de las mayúsculas figura en el original.

[43] La dictadura militar se había alejado del Movimiento de Países No Alineados, el Grupo de los 77 y de determinados espacios en la ONU y la UNESCO con definiciones ideológicas y prácticas contundentes en política exterior. Pretendía ubicar a la Argentina dentro de los países del “Primer Mundo” en nada vinculado al “Tercer Mundo”. La dictadura se consideraba parte del  mundo que definía como occidental y cristiano, siendo miembro activo de la alianza anticomunista. Ante las urgencias de la guerra y la alineación de EUA con Gran Bretaña como del repudio de la mayoría del grupo de países al que decía pertenecer, volvió a participar en foros internacionales y a establecer comunicación con naciones a las que había despreciado. Por otra parte, el discurso antiimperialista o anticolonial propio de los nacionalismos populares o de izquierda se había desacreditado y puesto en el terreno de la sospecha desde el gobierno y círculos oficiales; y por otro lado, se encontraba  censurado y prohibido como expresión cultural y política en el país.

[44] Los dictaduras en América Latina en los 70, particularmente en Chile, Uruguay, Bolivia y Argentina establecieron  un orden donde las políticas y medidas económicas quedaron en manos de seguidores de la Escuela Neoclásica de Chicago. Estos especialistas identificaban al estatismo con el comunismo y fueron los que impusieron modelos neoliberales que viabilizaron la reducción del Estado mediante las privatizaciones de sectores productivos, la apertura externa y el endeudamiento con organismos internacionales.

[45] El gobierno militar había sido denunciado en varios foros internacionales por las reiteradas violaciones a los derechos humanos. El gobierno estadounidense del demócrata J. Carter había sancionado a la dictadura por estas violaciones en base a una política exterior activa en este tema y que con la llegada de la administración conservadora de R. Reagan se revertiría. Como resultado las relaciones bilaterales entrarían en otra etapa mucho más favorable.

[46] El decreto ley 8944-46 puso en manos del IGM el monopolio de la fiscalización y las pautas  de representación cartográfica que se debe seguir para reproducir el territorio nacional. En 1983 se emite la Ley 22.963 -antes de la institucionalización de la democracia- por medio de la cual se deroga el decreto ley 8944-46 pero conservando el Instituto las facultades descriptas.

[47] El autor no utilizaba una definición jurídica clara en relación al término empleado, ya que “control” nos remite a distintos sinónimos que cargan una imprecisión en términos legales: inspección, vigilancia, intervención, dominio, gobierno, preponderancia, autoridad,  etc.

 

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© Copyright Guillermo Gustavo Cicalese, 2009.
© Copyright Scripta Nova, 2009.

 

Ficha bibliográfica:

CICALESE, Guillermo Gustavo. Geografía, guerra y nacionalismo. La Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) en las encrucijadas patrióticas del gobierno militar, 1976-1983. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias sociales. [En línea]. Barcelona: Universidad de Barcelona, 20 de diciembre de 2009, vol. XIII, nº 308. <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-308.htm>. [ISSN: 1138-9788].


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